Cuando el pueblo de Túnez se echó a la calle, reclamando
libertad y Democracia en aquella revolución de los jazmines, todo Occidente se
tambaleó avergonzándose de que fuera precisamente un país árabe, el que
protagonizara un estallido social al que no se habían atrevido, quizá por
miedo, los ciudadanos de la vieja Europa.
Aquellas primeras imágenes, la valentía de un colectivo de
personas, tradicionalmente obligado a vivir bajo los designios dictatoriales de
unos políticos eternos, no sólo nos hizo vibrar, sino también sonrojarnos, por
no haber sido nosotros, tan machacados por los efectos de la crisis, los que
dieran el paso de declarar en las plazas públicas, nuestro descontento
generalizado, con los acontecimientos que estábamos viviendo.
Tuvimos entonces, esperanza
en que fueran capaces de
encontrar su propio camino, sin influencias extremistas, en un viaje en el que
la paz y la concordia presidieran, como reclamaban sus gentes, el nacimiento de
una Primavera política que convirtiera a los Estados en libres de cualquier
yugo indigno.
De todas las revoluciones que acontecieron después, la de
Túnez nos pareció desde la lejanía, la más sensata y auténtica y por ello, nos
alegramos inmensamente cuando por fin se celebraron allí las primeras
elecciones democráticas y los tunecinos pudieron elegir la opción que en
conciencia decidieron.
Pero desgraciadamente, nada es perfecto y la buena voluntad
de las mayorías, no suelen bastar para desterrar de nuestras calles y ciudades
el fantasma devastador de una violencia que suelen imponer sin piedad, minorías
empeñadas en hacer de la razón de la fuerza, un ideario con el que aplastar el
pensamiento de todos los demás, a los que quizá consideran, un obstáculo para
el avance de su fanatismo hasta las posiciones del poder.
Estos golpes de incomprensible terrorismo, que azotan cada
cierto tiempo la vida de las personas de bien demostrando que aún hay seres
humanos incapaces de entender las ventajas del respeto en la convivencia,
suelen llegar, nosotros bien lo sabemos, inesperadamente y a traición, dejando
tras de sí, un rastro de sangre inocente, que marca para siempre la marcha de
la historia de los pueblos.
Ayer, uno de estos ataques, truncó los maravillosos jazmines
de Túnez y tal como pasó en Madrid, aquel 11 de marzo, dibujó un panorama
terrorífico en las avenidas de la paz, reclamando no se sabe muy bien qué
exigencias, pero asaltando implícitamente la voluntad soberana de los
ciudadanos de Túnez y abriendo una herida incurable que probablemente
permanecerá en la memoria de todos,
mientras vivan y por un momento, todo el presente que ha costado tanto esfuerzo
y trabajo construir, volvió a recordar los años oscuros de un pasado reciente
en el que la presencia de una intolerancia feroz, representaba la odiosa
cotidianidad de una Sociedad que creyó haberse librado de los dictadores para
siempre.
Afortunadamente, Túnez volverá a la normalidad, igual que lo
hicimos nosotros, enterrará a sus muertos y después de llorarlos, procurará
encontrar un camino de justicia con el que resarcir a los que perdieron a
alguien, castigando a los autores de los hechos. Y aunque eso no bastará, no
quedará otro remedio que mirar al futuro y comprender que hasta de los peores
momentos, se obtienen lecciones que pueden resultar importantes para no cometer
el error de equipararse nunca, pero nunca, a los que no conciben la vida, si no
es abusando indiscriminadamente de la violencia.

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