jueves, 19 de marzo de 2015

Jazmines truncados


Cuando el pueblo de Túnez se echó a la calle, reclamando libertad y Democracia en aquella revolución de los jazmines, todo Occidente se tambaleó avergonzándose de que fuera precisamente un país árabe, el que protagonizara un estallido social al que no se habían atrevido, quizá por miedo, los ciudadanos de la vieja Europa.
Aquellas primeras imágenes, la valentía de un colectivo de personas, tradicionalmente obligado a vivir bajo los designios dictatoriales de unos políticos eternos, no sólo nos hizo vibrar, sino también sonrojarnos, por no haber sido nosotros, tan machacados por los efectos de la crisis, los que dieran el paso de declarar en las plazas públicas, nuestro descontento generalizado, con los acontecimientos que estábamos viviendo.
Tuvimos entonces, esperanza  en que  fueran capaces de encontrar su propio camino, sin influencias extremistas, en un viaje en el que la paz y la concordia presidieran, como reclamaban sus gentes, el nacimiento de una Primavera política que convirtiera a los Estados en libres de cualquier yugo indigno.
De todas las revoluciones que acontecieron después, la de Túnez nos pareció desde la lejanía, la más sensata y auténtica y por ello, nos alegramos inmensamente cuando por fin se celebraron allí las primeras elecciones democráticas y los tunecinos pudieron elegir la opción que en conciencia decidieron.
Pero desgraciadamente, nada es perfecto y la buena voluntad de las mayorías, no suelen bastar para desterrar de nuestras calles y ciudades el fantasma devastador de una violencia que suelen imponer sin piedad, minorías empeñadas en hacer de la razón de la fuerza, un ideario con el que aplastar el pensamiento de todos los demás, a los que quizá consideran, un obstáculo para el avance de su fanatismo hasta las posiciones del poder.
Estos golpes de incomprensible terrorismo, que azotan cada cierto tiempo la vida de las personas de bien demostrando que aún hay seres humanos incapaces de entender las ventajas del respeto en la convivencia, suelen llegar, nosotros bien lo sabemos, inesperadamente y a traición, dejando tras de sí, un rastro de sangre inocente, que marca para siempre la marcha de la historia de los pueblos.
Ayer, uno de estos ataques, truncó los maravillosos jazmines de Túnez y tal como pasó en Madrid, aquel 11 de marzo, dibujó un panorama terrorífico en las avenidas de la paz, reclamando no se sabe muy bien qué exigencias, pero asaltando implícitamente la voluntad soberana de los ciudadanos de Túnez y abriendo una herida incurable que probablemente permanecerá  en la memoria de todos, mientras vivan y por un momento, todo el presente que ha costado tanto esfuerzo y trabajo construir, volvió a recordar los años oscuros de un pasado reciente en el que la presencia de una intolerancia feroz, representaba la odiosa cotidianidad de una Sociedad que creyó haberse librado de los dictadores para siempre.
Afortunadamente, Túnez volverá a la normalidad, igual que lo hicimos nosotros, enterrará a sus muertos y después de llorarlos, procurará encontrar un camino de justicia con el que resarcir a los que perdieron a alguien, castigando a los autores de los hechos. Y aunque eso no bastará, no quedará otro remedio que mirar al futuro y comprender que hasta de los peores momentos, se obtienen lecciones que pueden resultar importantes para no cometer el error de equipararse nunca, pero nunca, a los que no conciben la vida, si no es abusando indiscriminadamente de la violencia.


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