Con unos cuantos años de retraso, la incertidumbre se apodera
de Andorra en forma de gran escándalo bancario, poniendo al pequeño país casi
hermano que durante décadas ejerció de paraíso fiscal para tantos evasores de impuestos,
en la misma situación que ya padecimos con anterioridad en España y viniendo a
demostrar que cuando se empieza a hablar
de crisis, sólo es una la causa de todos los males.
La Banca, esa institución que se supone fue creada para que
los pequeños ahorradores guardaran de modo seguro el escaso montante que les
quedaba después de haber sufragado los gastos de primera necesidad, hace ya
tiempo que decidió posicionarse, sin corazón, al lado de las grandes
fortunas e ignorar descaradamente los
límites marcados por la legalidad, dedicando todos sus esfuerzos y recursos a
la única intención de engrosar los pingues beneficios de sus ya
multimillonarios dueños.
En estos últimos años, ya habíamos conocido flagrantes casos
de evasión de capitales que indefectiblemente terminaban relacionados con
Andorra, como los de la familia Pujol o en menor medida, el de Moserrat
Caballé, por ejemplo, aunque siempre han existido fundadas sospechas de que
para los ricos españoles, el país vecino era un destino que por su cercanía se
consideraba perfecto, si se trataba de ocultar fortunas de cierta envergadura,
a los ojos inquisidores de Hacienda.
Pero últimamente la Banca no ha sido precisamente un ejemplo
del buen funcionamiento empresarial y como hemos podido ver y conocer en el
caso de nuestro país, muchas de ellas han tenido que ser intervenidas o restacadas
por gestiones que incluso han llegado a poner en peligro la economía nacional,
aunque a toda costa se haya intentado maquillar u ocultar los datos que
demostraban el riesgo de quiebra.
La intervención de la Banca Privada Andorrana y la inmediata
investigación de su filial en España, el banco de Madrid, han hecho saltar
todas las alarmas la semana pasada, con el agravante de que al ser Andorra una
nación de una extensión muy limitada, el problema podría hacer tambalearse
fulminantemente la estabilidad económica del Principado, que hasta ahora había
conseguido escapar brillantemente de los efectos más negativos de la crisis.
Para sus habitantes, seguramente bien enterados de lo mal que
han ido las cosas en España en los últimos tiempos, la sola posibilidad de que
el terrible ejemplo pudiera cundir dentro de sus fronteras, ha de ser
necesariamente un grave motivo de preocupación, ya que la banca ha de
constituir sin duda alguna, su fuente más importante de ingresos.
Tanto es así, que el mismo Presidente decidió intervenir en
televisión para tranquilizar, en principio, a los ciudadanos, aunque
precisamente esa intervención podría dar idea de que la situación es mucho más
grave de lo que hasta el día de hoy se podría haber creído.
Porque si el prestigio
de la Banca en Andorra termina por deteriorarse y los dueños de las grandes
fortunas allí depositadas comienzan a pensar
que su dinero ya no está seguro en el Principado, pronto habrá una huída
masiva de estos capitales hacia otros destinos supuestamente más solventes y a
la pequeña Andorra sólo le quedarán los ingresos que pueda obtener por medio
del turismo de nieve o el comercio.
La historia vuelve a repetirse y tal como ocurriera aquí hace
unos años, nada bueno puede derivarse de la inestabilidad de un sector que se
considera fundamental para el desarrollo de la economía de cualquier país, en
este mundo globalizado y capitalista en que vivimos.
A los ciudadanos de Andorra, les ha llegado el turno de
conocer en carne propia los efectos devastadores del paro y la miseria. Y qué
casualidad, sus penurias empiezan, exactamente en el mismo lugar en que
comenzaron las nuestras.

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