miércoles, 11 de febrero de 2015

Viento de tormenta


Desde tiempos inmemoriales, la Federación Socialista Madrileña siempre ha sido un nido de víboras en el que ha costado trabajo sobrevivir y que no ha hecho otra cosa que perjudicar los intereses de su propio partido, por mucho que se empeñen los que pertenecen a ella, en considerarse como un cuerpo de élite mejor preparado que todos los demás que forman o formaban la extensa familia  que creara hace más de cien años, Pablo Iglesias.
Traiciones, puñaladas por la espalda y un afán increíble por escalar puestos de poder, incluso teniendo que pasar por encima de los propios compañeros, han sido y son algo natural entre los militantes adscritos a este ámbito territorial y no hay más que tirar de hemeroteca para comprobarlo.
Ayer, Pedro Sánchez cesó fulminantemente a Tomás Gómez, por considerar que le rozaba de manera evidente la trama de corrupción denominada como Púnica y que como todos sabemos, ha llevado a prisión a varios ediles del PP y el PSOE y al que fuera mano derecha de Esperanza Aguirre, Francisco Granados.
Tomás Gómez, que siempre ha sido considerado por sus compañeros como perteneciente a la corriente más progresista del Partido y que antaño fue el alcalde más votado proporcionalmente en España, es ahora destituido al recaer sobre él la sospecha de que la construcción del tranvía de Parla, localidad que gobernó, presenta una sobrevaloración de cuarenta y cinco millones, sin que de momento, nadie pueda explicar en qué se empleó esta cantidad o si fue a parar directamente a los bolsillos de algunos políticos.
Sin embargo, la trayectoria de Tomás Gómez, nada tiene que ver con la de Pedro Sánchez y de todos es sabido que sus posturas han estado siempre más allá de la moderación extrema que caracteriza al nuevo líder del PSOE, por lo que su destitución bien pudiera tener que ver con que existan entre ellos ciertas diferencias insalvables, que más que favorecer el ascenso de Sánchez en la intención de voto de los españoles, bien podría conseguir el efecto contrario, si los votantes se paran a pensar cuál de los dos se encuentra más cerca del sentir popular, comprendiendo que el recién llegado a la cúpula de Ferraz, no representa en ningún caso, una ruptura con el pasado.
Si Tomás Gómez se lucró o no con la construcción del tranvía, ya se verá, pero el argumento de que la mera sospecha es suficiente para destituir a cualquiera que ocupe un cargo, no cuadra en absoluto con la posición adoptada en otros casos de mucha mayor relevancia, como podría ser el de la más que probable imputación de Chávez y Griñán, en los ERES de Andalucía.
Muchos de los compañeros de Gómez, incluido el candidato a la alcaldía de Madrid, Antonio Miguel Carmona, han manifestado públicamente su solidaridad incondicional con el ahora cesado, lo que abre una profunda brecha, a tan sólo dos meses de las elecciones, en la Federación Socialista Madrileña, cuestionando seriamente  la autoridad de ese  líder al que todos dicen apoyar, pero que de manera evidente no parece contar con tantos seguidores como presume, lo que hace tambalearse su continuidad, como Secretario general del Partido y futuro candidato a la Presidencia del Gobierno.
Sumido en su propia miseria, el PSOE camina indefectiblemente hacia una fragmentación que podría general para él un grave retroceso en los resultados de cualquier tipo de elecciones, tal y como era de esperar, tras la clara renuncia que durante los últimos años ha venido haciendo, de lo que se consideraban sus principios ideológicos, sobre todo en los temas sociales.
Cuando Pedro Sánchez accedió a la Secretaría General, ya  decíamos que más que una renovación, el PSOE necesitaba una revolución y estas luchas internas, totalmente de espaldas a los problemas reales del país, no hacen más que demostrar la indiscutible existencia de su fracaso.
Mientras seis millones de parados se debaten diariamente con los estragos que ha traído a sus vidas la llegada de la pobreza, un PSOE altanero, soberbio y sin corazón, sólo se preocupa de que nadie haga sombra al que eligieron con la única intención de recuperar el poder.
Si este es el ideario del socialismo, la lucha de miles de personas agrupadas durante años bajo estas siglas, no habrá tenido ningún sentido y mancilla gravemente el honor de todos los que defendieron sinceramente  aquellos principios de igualdad en que creyeron quienes crearon este centenario Partido.
  


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