Leemos con estupor que muchas de las multimillonarias que
aparecen en la lista Falciani, provenientes de colectivos profesionales muy
diversos, figuran sin embargo en las acotaciones del propio Banco, como simples
amas de casa, sin que sepamos, al menos los muy poco versados en materia
económica, si pertenecer a este sector continuamente denostado por la sociedad,
produce en el caso de tratar de ocultar un capital en Suiza, algún tipo de
beneficio.
Continuamente, al menos en nuestro país, las amas de casa
vienen siendo tratadas por los políticos de turno como un sector de la
población invisible, al que nadie presta atención si no es para criticar
duramente la decisión personalísima de asumir como prioridad el cuidado de los
hijos y al que ni siquiera se considera importante a la hora de recaudar votos,
seguramente por considerar que su nivel cultural no le permite siquiera decidir
con libertad, la opción política que quieren que gobierne.
Y sin embargo, este país, en el momento actual, debe a las
maltratadas amas de casa la valentía de acoger bajo su manto a cientos de miles
de hijos arrojados por el sistema a la miseria, al haber quedado sin empleo y
podría decirse que el sacrificio extremo de asumir su manutención y la de sus
familias podría ser la clave que ha evitado un estallido social de
incalculables consecuencias.
Frecuentemente
vilipendiadas, calificadas despectivamente como “Maris” sin aspiraciones y
puestas como ejemplo de consumidoras voraces de programas de televisión de baja
calidad e incalificable contenido, las amas de casa tendrían hoy sin embargo,
el incalculable mérito de hacer auténticas maravillas con una economía de
miseria y de lograr sacar adelante, no sin muchos desvelos, a una gran parte de
esos seis millones de afectados por los males sobrevenidos con la crisis, como
el paro o los desahucios y sin haber hecho ningún tipo de master, que les
permita organizar de manera exitosa el día a día de unos hogares en continua
situación de riesgo.
Pueda que para algunos esta labor de permanente sacrificio no
tenga ningún valor y menos aún para estas castas políticas a las que no
preocupa en absoluto si la gente vive o no de una manera digna, pero la
brillante actuación de nuestras amas de casa, su valor al afrontar los
problemas de los suyos como si de propios se tratara y el arrojo de atravesar todos los límites de
la lógica no permitiendo que sus familias caigan en un bucle de desesperación y
angustia personal del que sin su ayuda no podrían recuperarse nunca, constituye
el mejor ejemplo de cómo aquello con lo que se cuenta puede ser mucho mejor
repartido y evita, con toda seguridad, que los conflictos deriven hacia una
espiral de violencia, que de otro modo podían haber convertido el escenario del
país, en una batalla campal parecida a las que vemos en otros lugares, cada día.
Es por eso que la utilización de esta profesión no
remunerada, por parte de muchas mujeres
que aparecen en la lista Falciani, podría considerarse como un imperdonable insulto
que mancharía en sí mismo, la limpieza de actuación que el colectivo está
teniendo en el desarrollo fatal de esta crisis.
Puede que estas multimillonarias evasoras de capitales,
superen en riqueza material a las amas de casa españolas, pero personalmente,
en la intimidad, en ese espacio en el que lo único que cuenta son los
sentimientos y los valores más profundos, permítanme que les diga, estarían
obligadas a besar el suelo que pisan.
Porque mientras ellas delinquen en la oscuridad, negando a
sus países el desarrollo social que podrían haber conseguido con los impuestos
que evaden, nuestras madres y abuelas están siendo capaces de solventar,
incluso sin perder la alegría, toda una suerte de adversidades indescriptibles
ante las que cualquiera se habría rendido sin condiciones, de haber tenido que
verse en la piel de este puñado de valientes.
He ahí la diferencia que existe entre ellas. Unas son una
auténtica vergüenza para la raza humana y las otras, un tesoro a cuidar, con
mimo, por el ejemplo que ofrecen a diario de lo que debe ser la solidaridad,
sin percibir por ello, afirmo, ningún tipo de beneficio.

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