miércoles, 4 de febrero de 2015

Un golpe de efecto


Parecía mentira que PP y PSOE  pudieran llegar a ponerse de acuerdo en algo,  tras las gravísimas acusaciones que han venido vertiendo uno sobre otro a lo largo de casi dos legislaturas pero ha bastado la entrada en escena de un enorme enemigo común, que amenaza con romper la bonanza de su alternancia en el Poder y en el Control de las Instituciones, para que los españoles hayamos tenido la oportunidad de contemplar otra de esas fotos que con toda seguridad quedará grabada en la memoria, como ejemplo de lo que podríamos llamar un golpe de efecto.
Ver a  Rajoy y a Pedro Sánchez sentados a la misma mesa, firmando con circunspección lo que ellos han dado en llamar un pacto contra el yihadismo y empezar a escuchar opiniones de mutuo agradecimiento e incluso empalagosas alabanzas lanzadas de parte a parte con la delicadeza que lo harían dos amigos, ha sido todo un hallazgo que por inusual, no consigue de los ciudadanos más que la sensación de estar siendo nuevamente engañados por uno de esos subterfugios que tan comunes son en el campo de la política, pero a los que uno nunca termina de acostumbrarse.
No obstante, el tiempo y el sufrimiento nos han enseñado que aquí nadie da  puntada sin hilo y el hecho de ser este un año electoral de importancia en el que todas las encuestas no anuncian precisamente buenos resultados para ninguno de los firmantes de este pacto, hace que la sospecha de que este inesperado acuerdo esconda en su interior alguna pretensión de aunar fuerzas frente a la ascensión de Podemos, ha empezado a crecer en la mente de los ciudadanos, prácticamente desde el mismo momento en que se anunció esta componenda que además, trae consigo una serie de recortes civiles que se pretenden ocultar bajo la excusa de la urgencia de combatir un terrorismo que poco o nada cambiará en sus planteamientos, sólo con la amenaza de aplicar una especie de cadena perpetua encubierta.
Puede que al PP, el pacto le venga estupendamente para remediar la imagen de absolutismo que ha venido blandiendo desde el mismo momento en que llegó al poder y que de repente haya encontrado en Pedro Sánchez un valedor del buen funcionamiento de sus políticas, pero al PSOE, que ha estado queriendo convencernos durante varios meses de que su nueva directiva rompía con los esquemas adquiridos durante la etapa de Zapatero, para acercarse a un pueblo del que fue un error alejarse, este pacto termina de hundirle en una ciénaga de pura inmundicia de la que ya no podrá salir y serán los votos de los españoles, los que se encargarán de probárselo.
Quizá lo próximo sea acudir al manido argumento de la extrema necesidad, para justificar una futura unión frente al torrente imparable de Podemos, al que ni los insultos, ni las acusaciones ni los ataques sincronizados que se han venido lanzando estos últimos días han conseguido frenar, como si cada una de las ideas propuestas por PP y PSOE, no consiguieran más que aumentar el número de votos que esperan conseguir en todos y cada uno de los próximos comicios.
La gota que ha colmado el vaso ha debido ser sin duda la participación multitudinaria en la convocatoria de La Marcha por el Cambio y ha faltado tiempo para poner en práctica esta especie de matrimonio exprés que refleja la foto de la firma, en un intento desesperado de convencer a los españoles que son ellos, PP y PSOE, los únicos capaces de ofrecer un sustento de seriedad, frente a la algarabía de las coletas, las cazadoras y los vaqueros raídos de estos recién llegados, con ínfulas de gobierno.
Pero las posibilidades reales son las que son y la historia vivida recientemente deja meridianamente claro que algunas fotos no hacen sino perjudicar para siempre y sin posibilidad de perdón, a los que aparecen en ellas.
Ya ocurrió con  aquella de Las Azores y el mundo siempre recordará a Bush, Bair y Áznar por lo que significó realmente aquel desastre, en contra de las aspiraciones de gloria que los tres líderes tenían, cuando alguien inmortalizó  el momento.




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