Parecía mentira que PP y PSOE
pudieran llegar a ponerse de acuerdo en algo, tras las gravísimas acusaciones que han
venido vertiendo uno sobre otro a lo largo de casi dos legislaturas pero ha
bastado la entrada en escena de un enorme enemigo común, que amenaza con romper
la bonanza de su alternancia en el Poder y en el Control de las Instituciones,
para que los españoles hayamos tenido la oportunidad de contemplar otra de esas
fotos que con toda seguridad quedará grabada en la memoria, como ejemplo de lo
que podríamos llamar un golpe de efecto.
Ver a Rajoy y a Pedro
Sánchez sentados a la misma mesa, firmando con circunspección lo que ellos han
dado en llamar un pacto contra el yihadismo y empezar a escuchar opiniones de
mutuo agradecimiento e incluso empalagosas alabanzas lanzadas de parte a parte
con la delicadeza que lo harían dos amigos, ha sido todo un hallazgo que por
inusual, no consigue de los ciudadanos más que la sensación de estar siendo
nuevamente engañados por uno de esos subterfugios que tan comunes son en el
campo de la política, pero a los que uno nunca termina de acostumbrarse.
No obstante, el tiempo y el sufrimiento nos han enseñado que
aquí nadie da puntada sin hilo y el
hecho de ser este un año electoral de importancia en el que todas las encuestas
no anuncian precisamente buenos resultados para ninguno de los firmantes de
este pacto, hace que la sospecha de que este inesperado acuerdo esconda en su
interior alguna pretensión de aunar fuerzas frente a la ascensión de Podemos,
ha empezado a crecer en la mente de los ciudadanos, prácticamente desde el
mismo momento en que se anunció esta componenda que además, trae consigo una
serie de recortes civiles que se pretenden ocultar bajo la excusa de la
urgencia de combatir un terrorismo que poco o nada cambiará en sus
planteamientos, sólo con la amenaza de aplicar una especie de cadena perpetua
encubierta.
Puede que al PP, el pacto le venga estupendamente para
remediar la imagen de absolutismo que ha venido blandiendo desde el mismo
momento en que llegó al poder y que de repente haya encontrado en Pedro Sánchez
un valedor del buen funcionamiento de sus políticas, pero al PSOE, que ha
estado queriendo convencernos durante varios meses de que su nueva directiva
rompía con los esquemas adquiridos durante la etapa de Zapatero, para acercarse
a un pueblo del que fue un error alejarse, este pacto termina de hundirle en
una ciénaga de pura inmundicia de la que ya no podrá salir y serán los votos de
los españoles, los que se encargarán de probárselo.
Quizá lo próximo sea acudir al manido argumento de la extrema
necesidad, para justificar una futura unión frente al torrente imparable de
Podemos, al que ni los insultos, ni las acusaciones ni los ataques
sincronizados que se han venido lanzando estos últimos días han conseguido
frenar, como si cada una de las ideas propuestas por PP y PSOE, no consiguieran
más que aumentar el número de votos que esperan conseguir en todos y cada uno
de los próximos comicios.
La gota que ha colmado el vaso ha debido ser sin duda la
participación multitudinaria en la convocatoria de La Marcha por el Cambio y ha
faltado tiempo para poner en práctica esta especie de matrimonio exprés que
refleja la foto de la firma, en un intento desesperado de convencer a los
españoles que son ellos, PP y PSOE, los únicos capaces de ofrecer un sustento
de seriedad, frente a la algarabía de las coletas, las cazadoras y los vaqueros
raídos de estos recién llegados, con ínfulas de gobierno.
Pero las posibilidades reales son las que son y la historia
vivida recientemente deja meridianamente claro que algunas fotos no hacen sino
perjudicar para siempre y sin posibilidad de perdón, a los que aparecen en
ellas.
Ya ocurrió con aquella
de Las Azores y el mundo siempre recordará a Bush, Bair y Áznar por lo que significó
realmente aquel desastre, en contra de las aspiraciones de gloria que los tres
líderes tenían, cuando alguien inmortalizó
el momento.

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