No sé qué tienen las Campañas electorales, que convierten a
los partidos políticos, con sus líderes, en una especie de entidades desmemoriadas que
jamás miran al pasado para reconocer y tratar de enmendar sus errores y
afrontan el futuro como una plataforma para mantenerse erguidos en el poder,
considerando erróneamente que quiénes escuchamos las nuevas promesas que
ofrecen en sus dilatados discursos, hemos sucumbido también a la grave
enfermedad de la amnesia.
Menos de tres minutos ha dedicado Rajoy en el Debate del Estado
de la Nación al tema de la corrupción, que a pesar de haber emponzoñado
embarazosamente el panorama político español durante estos últimos años y muy
especialmente la imagen del Partido al que pertenece el Presidente, no parece
merecer más consideración por su parte, que pasar de puntillas y a ser posible
sin levantar ruido sobre él, no sea que frustre aún más las ansias de conservar
los pocos muebles que le quedan, de cara a los múltiples comicios que sobrevendrán
a lo largo del año.
Como si ninguno de los asuntos que pesan como una espada de
Damocles sobre la cabeza del PP hubieran existido y pensando que los ciudadanos
aún podemos creer que cada uno de los imputados conservadores en los
innumerables casos de corrupción, incluido Bárcenas, hubieran actuado
exclusivamente a título personal, el empecinamiento del Presidente en no hablar
de todo aquello que no convenga a sus intereses, se vuelve a hacer patente,
esta vez desde la tribuna de un Parlamento del que se burla sin pudor, despreciando que
quiénes se sientan en él son los representantes electos por todos los
españoles.
Pero la sombra de los delitos no va a desaparecer tras su
pertinaz silencio y más bien, habrá de
perseguirle sin tregua durante el tiempo que queda de legislatura, pues como
todos sabemos, uno termina por convertirse en esclavo de sus acciones y el
pasado siempre acaba volviendo a removerlo todo, especialmente, cuando uno ya
pensaba que podía respirar tranquilo y que había conseguido escapar impune, de
la acción directa de la justicia.
En los casi cuatro años que lleva en el poder, Mariano Rajoy
no se ha enfrentado directamente a ninguno de sus variopintos problemas y mal
asesorado por los encargados de defender su imagen, ha optado una y otra vez
por ocultar las dificultades que han ido surgiendo de manera torrencial en
torno a sí mismo y a su Partido, bajo una alfombra de ocultismo, que muchas
veces ha rozado la categoría de esperpéntico.
Sin embargo, que Rajoy no mencione la Gúrtel, los papeles de
Bárcenas o el asunto de los sobres en negro o que sustituya su presencia física
ante los medios por una intervención a través de una pantalla de plasma, no
significa en modo alguno que la justicia no siga su curso, ni que no vaya a
llegar el momento en que no le quede otro remedio que enfrentarse a la
realidad, por mucho que consiga dilatarlo en el tiempo.
Esta sociedad a la que se permite ningunear escondiéndose
tras la estrategia de su mutismo, no es, que quede claro, una masa sin alma a
la que se pueda manejar a voluntad, ignorando qué causa su indignación y
sometiéndola a la insoportable tortura de una tiranía sin precedentes en un
Estado supuestamente democrático, sino que reclama cada vez con más fuerza, el
derecho a conocer la verdad, hasta sus últimas consecuencias.
Y es por eso, que cuando llegue el momento de votar, de
expresar con plena libertad, cada cual, la contundencia de su pensamiento, no
habrá sitio en el que se pueda encubrir
todo aquello que deliberadamente se hurtó a los ojos de la ciudadanía y cada
cual pagará, a modo de estrepitoso fracaso, la culpa que se le presumiere y que
en el caso del Partido Popular, no cabe la menor duda, que es mucha.

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