martes, 24 de febrero de 2015

Menos de tres minutos


No sé qué tienen las Campañas electorales, que convierten a los partidos políticos, con sus líderes,  en una especie de entidades desmemoriadas que jamás miran al pasado para reconocer y tratar de enmendar sus errores y afrontan el futuro como una plataforma para mantenerse erguidos en el poder, considerando erróneamente que quiénes escuchamos las nuevas promesas que ofrecen en sus dilatados discursos, hemos sucumbido también a la grave enfermedad de la amnesia.
Menos de tres minutos ha dedicado Rajoy en el Debate del Estado de la Nación al tema de la corrupción, que a pesar de haber emponzoñado embarazosamente el panorama político español durante estos últimos años y muy especialmente la imagen del Partido al que pertenece el Presidente, no parece merecer más consideración por su parte, que pasar de puntillas y a ser posible sin levantar ruido sobre él, no sea que frustre aún más las ansias de conservar los pocos muebles que le quedan, de cara a los múltiples comicios que sobrevendrán a lo largo del año.
Como si ninguno de los asuntos que pesan como una espada de Damocles sobre la cabeza del PP hubieran existido y pensando que los ciudadanos aún podemos creer que cada uno de los imputados conservadores en los innumerables casos de corrupción, incluido Bárcenas, hubieran actuado exclusivamente a título personal, el empecinamiento del Presidente en no hablar de todo aquello que no convenga a sus intereses, se vuelve a hacer patente, esta vez desde la tribuna de un Parlamento del  que se burla sin pudor, despreciando que quiénes se sientan en él son los representantes electos por todos los españoles.
Pero la sombra de los delitos no va a desaparecer tras su pertinaz silencio y más bien,  habrá de perseguirle sin tregua durante el tiempo que queda de legislatura, pues como todos sabemos, uno termina por convertirse en esclavo de sus acciones y el pasado siempre acaba volviendo a removerlo todo, especialmente, cuando uno ya pensaba que podía respirar tranquilo y que había conseguido escapar impune, de la acción directa de la justicia.
En los casi cuatro años que lleva en el poder, Mariano Rajoy no se ha enfrentado directamente a ninguno de sus variopintos problemas y mal asesorado por los encargados de defender su imagen, ha optado una y otra vez por ocultar las dificultades que han ido surgiendo de manera torrencial en torno a sí mismo y a su Partido, bajo una alfombra de ocultismo, que muchas veces ha rozado la categoría de esperpéntico.
Sin embargo, que Rajoy no mencione la Gúrtel, los papeles de Bárcenas o el asunto de los sobres en negro o que sustituya su presencia física ante los medios por una intervención a través de una pantalla de plasma, no significa en modo alguno que la justicia no siga su curso, ni que no vaya a llegar el momento en que no le quede otro remedio que enfrentarse a la realidad, por mucho que consiga dilatarlo en el tiempo.
Esta sociedad a la que se permite ningunear escondiéndose tras la estrategia de su mutismo, no es, que quede claro, una masa sin alma a la que se pueda manejar a voluntad, ignorando qué causa su indignación y sometiéndola a la insoportable tortura de una tiranía sin precedentes en un Estado supuestamente democrático, sino que reclama cada vez con más fuerza, el derecho a conocer la verdad, hasta sus últimas consecuencias.
Y es por eso, que cuando llegue el momento de votar, de expresar con plena libertad, cada cual, la contundencia de su pensamiento, no habrá sitio  en el que se pueda encubrir todo aquello que deliberadamente se hurtó a los ojos de la ciudadanía y cada cual pagará, a modo de estrepitoso fracaso, la culpa que se le presumiere y que en el caso del Partido Popular, no cabe la menor duda, que es mucha.


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