En cualquier País de tradición democrática, en el que los
políticos conservaran aún un mínimo de decencia, un escándalo de la índole del
que han levantado los pápeles de Bárcenas, hubiera dado lugar
irremediablemente, a una serie de dimisiones en cadena y, por ende, a la caída
inmediata del Gobierno, al encontrarse su propio Presidente implicado, en los
hechos de que se habla.
Pero esto es España y desde hace algún tiempo, los
innumerables casos de corrupción que se han ido descubriendo, se han encargado de
dar una idea de la catadura moral que lucen quienes en la actualidad, se están
dedicando a la política, sobre todo cuando pertenecen a uno de los dos Partidos
mayoritarios que han ido protagonizando la alternancia en el poder y para los
que la palabra dimisión, no parece estar incluida en el diccionario.
La rectitud que debiera caracterizar a quienes se dedican a
este oficio, que tendría primar obligatoriamente, siendo su carencia un
hándicap insalvable para poder acceder a cualquier cargo de carácter público,
ha quedado relegada a un gesto testimonial al que uno se refiere de manera
anecdótica, pero que dista mucho de ser real, en cuanto se hurga un poco bajo
la imagen superficial que ofrecen nuestros representantes y se entra en
detalles que tengan que ver con beneficios económicos, obtenidos de mil y una
maneras, al margen de lo que establece la Ley.
Uno se pregunta qué más tiene que pasar para que los
dirigentes del PP y quién, para rubor nuestro, es hoy nuestro Presidente,
admitan por fin que recibieron sobresueldos en negro, procedentes de una
extorsión tácita practicada sobre un sinfín de empresarios españoles, que
fueron obligados a contribuir generosamente, en forma de donativos, para tener
posibilidad de que sus negocios pudieran ser elegidos para realizar servicios u
obras para las administraciones centrales o locales, en una o varias ocasiones
y siempre, previo pago que garantizara la certeza de estos favores.
La gravedad de los hechos no puede ser mayor y aunque la
estrategia de los populares ha venido siendo, por norma, negar la mayor y
apiñarse en torno a las figuras de los dirigentes que aparecen en los papeles
que guarda celosamente el ex tesorero Bárcenas, a medida que va pasando el
tiempo y se van teniendo certezas innegables de que todo ocurrió como publicó
el Diario El País en su momento, cada vez se hace menos creíble la inocencia
que intentan defender y más clara la
culpabilidad de todos y cada uno de los mencionados en los documentos, sin que apenas queden
argumentos para zafarse de ser llamados por la justicia.
Por mucho menos, han caído en otras partes, Presidentes y
Ministros, que ha tenido que abandonar la política, apenas por la insistencia
de determinados rumores, pero aquí, el
deseo de permanecer en el poder y los más que demostrados beneficios que eso
parece conllevar, hace que los ilustres protagonistas de estas sucias
historias, intenten desesperadamente aferrase a los cargos que ocupan, sin que
parezca importar demasiado conservar un mínimo de honorabilidad o decencia.
La gran patraña de la política nacional y la orquestación
vodevilesca que la ha convertido en una esperpéntica representación de una
pseudo democracia, se ha convertido en una rutina con la que los ciudadanos nos
vemos obligados a convivir, sin la menor posibilidad de poder cambiar una sola
coma de un guión convenientemente establecido y que nos deja como única arma, la eventualidad de poder cambiar nuestros
votos una vez cada cuatro años, teniendo que soportar estoicamente la presencia
de indeseables, en cuanto algún Partido obtiene la mayoría absoluta en el
Parlamento, incluso cuando se da, como es el caso, un claro incumplimiento de
promesas electorales, o se intuye a las claras, que sus miembros han podido
cometer un delito.
Y no es ya que el Sistema adolezca de graves carencias o que
la crisis actual aconseje una regeneración inmediata del mismo, sino que el
blindaje que para los políticos se ha construido desde las Instituciones del
Estado, convierte a los mismos en seres intocables, salvaguardados de toda
injerencia externa, que pueda socavar cualquiera de sus acciones.
No obstante, no podrán imponernos el silencio y aún nos queda
la libertad de expresión para poder al menos, decir, que nuestra voluntad
reclama esa cadena de dimisiones que exige el momento. Que Rajoy debe irse y
con él, todos y cada uno de los que se han lucrado ilícitamente por medio de
las extorsiones. Para que la justicia pueda hacer lo demás, colocando en el
lugar que merecen a cada uno de ellos, con el beneplácito por aclamación, de
este pueblo español que tiene la desgracia de haberlos tenido que sufrir,
durante demasiado tiempo.

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