Sin poder escapar a comparecer ante la prensa, tras su
reunión con el primer Ministro polaco, Mariano Rajoy optó ayer por esquivar las
preguntas que sobre las declaraciones de Bárcenas se le hacían, refugiándose en
un patrioterismo barato que intentaba desviar de su persona toda la atención
que reclamaban las últimas noticias aparecidas en el diario El Mundo y que el
ex tesorero dio ayer ante el juez, como ciertas.
Queriendo hacer ver a la población que se intentaba
chantajear al País, a pesar de que los mensajes de texto y las acusaciones
vertidas por Bárcenas apuntaban única y exclusivamente a él y a miembros muy
relevantes de la cúpula de su Partido, Rajoy presumió sin ningún pudor de que
las Instituciones a las que ahora representan, no habían cedido ni cederían
nunca al chantaje, pero calló conscientemente hasta qué punto se encuentran él
y los suyos implicados en la trama de corrupción que el Juez Ruz baraja y que,
de probarse, podría suponerles, tener que abandonar el poder de manera
precipitada y en deuda con la justicia.
No es al Ente
gubernativo a quien Bárcenas acusa de haber recibido sobresueldos, ni a las
instituciones públicas como tales, de haberse financiado ilegalmente. Es a Rajoy
y Cospedal y a otros muchos nombres de relevancia en el PP y a este Partido en
concreto, a quienes apunta el ex tesorero como perceptores de grandes capitales
procedentes de la extorsión a múltiples empresarios de este País y de haber
llevado una contabilidad B durante casi treinta años, a espaldas de la Hacienda
pública.
Es por tanto, independiente, el cargo que ocupe cada uno de
los implicados en este momento en la formación conservadora, o en las
instituciones del Estado, aunque el hecho de ser en el caso de Rajoy,
Presidente de la Nación, agrave aún más la amoralidad de lo acontecido y haga
que la mayor parte de los españoles desee encarecidamente que abandone cuanto
antes las labores de gobierno, al entender que las sospechas de corrupción que
se ciernen sobre su persona, hacen
imposible su continuidad en el puesto que ocupa, e incluso su permanencia en la
carrera política.
Pero el ataque del ex tesorero no va dirigido en absoluto
hacia la estabilidad de España, sino que se centra exclusivamente en temas
personales que cree tener pendientes con
el que hasta hace poco fue el partido en el que militaba y que implica
directamente a todos los mencionados en los papeles cuya autoría, por fin
admitió ayer y que podrían convertirse en un salvoconducto para conseguir
cierto trato de favor, en la causa que tiene abierta, aunque para ello, en
palabras de Álvarez Cascos, tenga que arrastrar en su caída a toda una
generación de políticos del PP, empezando por Mariano Rajoy y Cospedal, por
ejemplo.
Entretanto, Rubalcaba trata de conseguir un consenso para
presentar la Moción de Censura que obligue al Presidente a comparecer en el
Congreso, no como cesión a un chantaje protagonizado por Bárcenas, sino como
respuesta a la demanda que le hace el pueblo español, deseoso de llegar hasta
el fondo de esta tortuosa trama de corrupción y en su derecho de exigir de boca
de Rajoy, todas las explicaciones precisas para establecer una verdad limpia,
por cruda y terrible que sea, y cueste lo que cueste, a todos y cada uno de los
supuestos implicados en esta historia de cariz mafioso que estamos viviendo.
Si Rajoy compareció o no con anterioridad, si se mantiene o
no en sus declaraciones, resulta del todo irrelevante en estos momentos.
Ser presidente de Gobierno no lleva implícito actuar según
las apetencias personales de cada cual, sino siempre en función de las
exigencias puntuales que reclamen los pueblos, que al fin y al cabo, son los
que otorgan y quitan el poder, a través de las urnas.
Y ser Patriota no es, en modo alguno, escudarse tras las
instituciones públicas, convirtiéndolas en parapeto de todo aquello que zahiere
nuestro prestigio, sino defender el bien de las mayorías con honradez y decencia
probada por la limpieza total de nuestros actos y en función de las exigencias
requeridas por los ciudadanos en cada momento.
En este de ahora, hurtar ese derecho a la ciudadanía, no hace
más que multiplicar las sospechas de que todo sea cierto y la cobardía de
Rajoy, al negarse a ofrecer explicaciones sobre lo ocurrido, finalmente, créanme, acabará costándole el puesto

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