jueves, 25 de julio de 2013

Tragedia


Con el recuerdo de los atentados de Madrid grabado a fuego en la retina, el accidente ferroviario ocurrido ayer en Santiago de Compostela, que ya se ha cobrado setenta y nueve muertos y más de ciento treinta heridos, sacude la sensibilidad de los españoles y cae como un mazazo quitando importancia a cualquier otra noticia y trayendo el luto al corazón, a punto de comenzar las vacaciones.
Una curva peligrosa y un aparente exceso de velocidad parecen, a primera vista, haber sido las causas del suceso, aunque algunos testigos presenciales hablaban ayer de un ruido ensordecedor, justo antes de producirse el descarrilamiento.
Este tipo de cosas, que prueban fehacientemente la fugacidad de  la vida, nos hacen recapacitar sobre la manera que tenemos de priorizar los problemas y nos llevan inexorablemente, al razonamiento de que todo carece del peso suficiente para crisparnos y que lo verdaderamente fundamental para todos es conservar intactas la salud y la suerte de seguir existiendo.
Para los familiares de los fallecidos ya nada importarán las explicaciones que Rajoy ofrezca el día 1 ante el Congreso, ni si finalmente se decide a abandonar su cargo agobiado por las acusaciones que pesan sobre él y su partido. Lo que han perdido en esta tragedia es absolutamente irremplazable y la política, al fin y al cabo, queda reducida a una simple anécdota de aves de paso que van y vienen, rigiendo nuestros destinos durante cierto tiempo, pero sin poder cambiar ni una sola coma de lo que el futuro nos ofrecerá o no, según las reglas del azar y sin lógica aparente.
Hay una identificación profunda de todos y cada uno de nosotros en esta clase de sucesos, puesto que quienes viajaban en el tren era gente del pueblo, sin privilegios ni prebendas, que se desplazaban en un transporte relativamente barato, sin que sus nombres tuvieran ninguna posibilidad de ser relevantes o de aparecer en la prensa, de no ser por un motivo luctuoso, como éste.
Ya nos pasó en Madrid, en 2004 y la semejanza de la tragedia, nos evoca un escalofrío difícil de encauzar y un regusto amargo de que estas cosas no puedan evitarse con el perfeccionamiento de las técnicas o con un esfuerzo mayor de los que construyen y señalan los caminos, para garantizar la seguridad de quien se decide por utilizar los transportes públicos.
Se irán depurando responsabilidades y es de esperar, que  todo pueda clarificarse, a medida que pase el tiempo, pero nuestra sensación de ahora es, simplemente, la de haber sufrido una terrible pérdida de la que nos costará recuperarnos y que viene a sumarse a  las graves preocupaciones que ya teníamos y que han ido minando nuestro ánimo, hasta dejarnos exhaustos para el duelo.




   

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