Se despide este Octubre lluvioso y demoledor, con una espesa niebla que comparo a la sensación de incertidumbre, que se ha instalado en el corazón de todos los españoles.
Busca mi pueblo desesperadamente un lazarillo que lo guíe, a través de esta nebulosa vestida de crisis que no somos capaces de atravesar, sin faro de guía que nos indique un camino para escapar del naufragio.
La indescriptible situación de los desempleados, choca de frente con el inexplicable optimismo de la Ministra de Trabajo, que presta su imagen y su voz a la mentira del optimismo, mientras los ciudadanos no saben dónde acudir para remediar su desamparo y el Presidente anda enfrascado en historias que sólo él entiende, alimentando a los ciudadanos con sus vaivenes de dudas, sin ofrecerles ninguna explicación, ni preocuparse por resolver ni uno solo de sus problemas.
Caminan las personas y los políticos en direcciones distintas y viven realidades contrapuestas, sin encontrar un punto en común por el que luchar, como si toda la racionalidad que distingue a los seres humanos de las bestias, hubiera muerto repentinamente, dejando paso a una lucha feroz, a muerte, contra un gigante invencible, todopoderoso y dañino, para cuya destrucción no se ha inventado aún arma capaz y de insaciable voracidad, en su afán de engullir cuanto encuentra a su paso.
La fortaleza de los humildes, mermada por el inexorable paso del tiempo, va dejando el brío de los primeros momentos, como tributo, detrás de cada esquina, al tropezar una y otra vez con los mismos muros de piedra, sin conseguir atravesarlos.
Y el lenguaje, que siempre ha sido una vía de comunicación, va reduciéndose a términos macroeconómicos, hasta ahora desconocidos, que se van instalando en las conversaciones de forma habitual, aunque la mayoría de nosotros desconocemos su verdadero significado y en otro momento distinto, ni siquiera les hubiéramos prestado atención, por entender que en nada podrían afectar a nuestras vidas.
Todo se ha transformado empujándonos a una carrera de fondo, para la que no estábamos preparados en absoluto y exigiéndonos un esfuerzo insuperable, que ya no somos capaces de dar, por no creer en que pueda reportar ninguna mejoría, a este estado de desolación, que nos ha robado la tranquilidad y la sonrisa.
Estremecidos, aguardamos el paso de los días, rogando cada cuál a lo que cree, que no empeore el panorama que nos rodea y que, al menos, nos dejen conservar una dosis pequeña de dignidad, con la que poder caminar con la cabeza erguida, sin caer presas de la esclavitud que se nos ofrece como única forma de trabajo.
Y esperamos, como los niños, despertar de esta pesadilla que nos corroe las entrañas, con el consuelo de una mano amiga que nos ofrezca, al menos, una caricia reconfortante, que alivie nuestra angustia y nos devuelva la ilusión por retomar una vida, ahora abandonada al miedo y el desasosiego de no saber siquiera si tenemos futuro.
Huimos desaforadamente de las mentiras con las que tratan de confundirnos, como si aún anduviéramos a gatas y el uso de la razón nos fuera totalmente ajeno y deseamos un poco de luz para poder mirar aquello que nos envuelve, con la lucidez necesaria para afrontarlo, por fuerte que sea la visión que aparezca ante nuestros ojos, que no están preparados para luchar a ciegas.
Está a punto de amanecer Noviembre y habrá que hacer acopio de fuerzas para recibirlo, dejando los brazos caer el día catorce, para que también la otra parte, la poderosa, empieza a saber lo que es la inquietud, y lo mal que se vive con ella pegada a la espalda, como una sombra enemiga, de la que no puedes deshacerte.
Si es verdad que hay justicia, también el reparto de la incertidumbre debiera ser, como todo, más equitativo, para los habitantes de este planeta.

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