No bastan los gestos testimoniales para remediar el dolor de unos padres que acaban de perder a sus hijos por una serie de negligencias.
Está muy bien que los políticos acudan a los entierros cuando se produce una desgracia, pero si lo ocurrido se debe a su mala gestión para prevenir el suceso, su presencia puede convertirse en un elemento de crispación que desboque los sentimientos de los que allí se encuentran, sobre todo si no se es capaz de ofrecer una explicación que deje en claro que los fallecimientos han sido fruto de una mera casualidad.
La señora Ana Botella, como Alcaldesa de Madrid y esposa de un ex Presidente de Gobierno, debería saberlo, sobre todo cuando la responsabilidad de un evento recae directamente sobre su espalda, al ser su Ayuntamiento el encargado de tramitar los permisos pertinentes y de vigilar que se cumplan todas las normas de seguridad que garanticen la integridad de los asistentes, que no tienen la obligación de ejercer ningún tipo de control, sobre cuestiones de organización o vigilancia.
La muerte de las adolescentes en la noche de Haloween, ya lo decíamos, viene a poner de manifiesto la incompetencia de los munícipes para controlar este tipo de festejos y que lo verdaderamente importante en estos casos, está directamente relacionado con el afán recaudatorio y nada con lo que pueda suceder, una vez que se han tramitado los permisos y comienza la fiesta.
Poco o nada importa ya si se persona el Ayuntamiento al completo para presentar sus condolencias o si se ofrece a los familiares ayuda psicológica gratuita para sobrellevar su desgracia. Las vidas perdidas por falta de previsión son ahora irrecuperables y lo único que podría consolar en cierto modo a los afectados, sería que se establecieran con claridad las responsabilidades que han hecho posible la tragedia, y que cada cual pague, en la medida en que su culpabilidad lo requiera.
No basta con prohibir a partir de ahora. Tenía que haberse prohibido antes, ya que la celebración contaba con todos los ingredientes necesarios para que se produjera un desastre.
Pero este tipo de información no está nunca en manos de los ciudadanos, aunque debiera estar obligatoriamente en manos de los políticos que ahora achacan todos los errores a los organizadores, lavándose las manos con inaudito descaro, sin admitir que no se investigó en modo alguno, la dinámica de la fiesta.
¿Por qué no sabía el Ayuntamiento que se había duplicado el aforo? ¿Por qué no exigió, antes de emitir el permiso, una vigilancia estrecha de los objetos que el público podía introducir en la fiesta? ¿Por qué los agentes municipales no e3staban en los alrededores, como debiera ser forzoso, en casos de aglomeraciones como ésta?
Estas preguntas, que flotan naturalmente en el ambiente y que debieran haber sido respondidas por la señora Botella, como cabeza visible del Ayuntamiento de Madrid, han quedado incomprensiblemente sin respuesta y todo hace pensar que una vez pasada la indignación de los primeros días, desaparecerán en el tiempo, sin que nadie ofrezca una explicación a los ciudadanos, ni asuma lo sucedido la fatídica noche de Haloween.
Ahora que se aproxima la Navidad, los padres de los jóvenes de este país volverán a tener el corazón en un puño mientras sus hijos no vuelvan a casa, tras las celebraciones de Año Nuevo.
Visto lo visto, no se puede esperar más ayuda que la que les brinde el azar, porque está claro que a los políticos sólo les verán si se produce una nueva tragedia.

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