jueves, 1 de noviembre de 2012

Un Haloween sangriento



La manía de importar costumbres propias de otros países, como esta fiesta de Haloween, que se ha instalado entre nuestros jóvenes con inusitada fuerza, acaba por convertir en tradiciones algo que siempre nos ha sido ajeno y que nada tiene que ver con nuestra idiosincrasia como pueblo, por mucho que quieran imponérnoslo como si fuera propio.
Estas fiestas multitudinarias, que en el fondo no son más que una excusa para pasar fuera de casa una noche loca de alcohol y diversión, que normalmente les son vedadas a la mayoría de los adolescentes, suelen responder a la idea de algún comerciante avispado, que ve en ellas una vía para aumentar considerablemente sus ingresos y la promociona a base de publicidad, bombardeando a los jóvenes, hasta conseguir hacerse con su voluntad, para contar con ellos como clientes.
Anoche, el tono lúdico de la celebración se cobraba tres víctimas mortales, que perdían la vida en una avalancha humana, surgida en una de esas macrofiestas, en las que las medidas de seguridad son puramente testimoniales y cuya finalidad es la de conseguir atraer a cantidades ingentes de público, estén o no preparados los lugares en que se celebran, para acogerlos sin que peligre la integridad personal de los que allí se encuentran.
La situación, que sobrepasa todos los límites de la decencia y convierte en ganado a los que apuestan por este tipo de eventos, nunca es controlada por nadie hasta que no se produce una tragedia y pone en tela de juicio el funcionamiento de unas leyes del todo inoperantes, contra esta especie de desalmados, que comercian sin freno con los que aún no han dejado de ser niños, aunque jueguen a ser personas mayores, ayudados por la benevolencia de sus progenitores.
A pesar de que muchos Partidos han llevado en sus programas electorales la intención de acabar fulminantemente con cualquier tipo de celebración que congregue a una masa incontrolable, como las botellonas o las fiestas universitarias de la primavera y otras similares, la verdad es que, como bien puede comprobarse, nadie ha conseguido siquiera minimizar sus efectos y las calles de las ciudades siguen siendo tomadas habitualmente por los jóvenes, por lo que resulta bastante extraño que tragedias como la de ayer, no hayan sucedido antes, dado el panorama que se puede observar, en cada una de estas celebraciones.
Este Haloween sangriento, que no es más que la punta del iceberg de un gran problema con el que convivimos, sin prestarle la atención que su gravedad merece, viene a corroborar la preocupación de muchos padres cada vez que sus hijos salen de casa y la indignación de muchos ciudadanos, que se ven obligados a convivir con la barbarie y el descontrol que producen estas multitudes, presas del alcohol y las drogas, como todos sabemos.
Tal vez ahora, que nadie puede devolver la vida a estas adolescentes, los juristas se empleen a fondo en buscar una solución al conflicto, persiguiendo con contundencia a quienes especulan para obtener beneficios, con la salud mental y física de los jóvenes, imponiéndoles sanciones de carácter económico, que terminen de raíz con un negocio, moralmente ilegítimo.
Si pusieran el mismo empeño en identificar y multar a los incontrolados, que ponen en cada una de las manifestaciones de los indignados, por ejemplo, seguramente, no estaríamos hablando hoy de esta triste noticia, ni se habría dado pie a llegar hasta aquí, para perjuicio de todos nosotros.

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