lunes, 19 de noviembre de 2012

La guerra eterna




Todo indica que nunca se encontrará una solución para el conflicto árabe- israelí y que por muchos intentos que se hagan a nivel local o internacional, las diferencias que separan a estos dos pueblos, parecen ser del todo insuperables.
La lucha por la tierra, que probablemente sea el motivo más viejo de enfrentamientos entre la humanidad, no parece en este caso, encontrar una vía de solución y se perpetúa sine die, aflorando de vez en cuando, con mayor virulencia.
Pero la beligerancia no sólo se produce por motivos territoriales y lleva añadida una carga de sentimientos encontrados, con un trasfondo religioso, siempre presente aquí, como si los años no hubieran pasado y la tolerancia no representara más que un concepto abstracto del que poco o nada se entiende y que se acompaña, además, de un modo de vida absolutamente distinto para ambos contendientes, que conlleva una mentalidad diametralmente opuesta, casi imposible de concordar.
La prepotencia israelí, que a menudo hace alarde de su fuerza frente a la pobreza de los palestinos, demuestra clarísimamente que la historia no siempre enseña a quienes la sufren a no cometer los mismos errores que propiciaron su sufrimiento y que, llegado el caso, son capaces de hacer con los otros, algo aún peor que lo que les deparó la vida en otro momento, a manos de algún enemigo, que casi consigue su desaparición de la faz de la tierra.
Tampoco los grupos terroristas árabes aportan otra cosa más que violencia, apoyados en un hartazgo que no justifica el abandono de las vías diplomáticas para la consecución de la paz y a menudo, fanatizan la situación, lanzando a los más humildes a una clase de lucha suicida, que ellos cumplen a rajatabla, aniquilados por su propia ignorancia.
Uno ha de ponerse siempre del lado de las víctimas y comprender la enorme dificultad que representa vivir permanentemente amenazado por la guerra, como si cualquier posibilidad de alcanzar un acuerdo duradero no se planteara siquiera en ninguna de las reuniones políticas y hubiera que resignarse a una especie de hado maléfico que marca la existencia de estos dos pueblos, sin que exista para ellos otra esperanza de futuro, si no es el de las armas.
No faltan voces que se declaran abiertamente a favor de uno u otro, pero la implicación de la comunidad internacional siempre termina por quedarse corta, sin habilitar una solución que termine por establecer unas bases inamovibles, con las que los contendientes hayan de conformarse, siempre que resulten ser justas para ambos.
Y mientras tanto, periódicamente, nos despertamos con la crudeza de estos ataques mutuos que vuelven a desestabilizar la poca rutina que les es permitida a los civiles en estos territorios y la lucha vuelve a empezar, convencidas ambas partes de su razón en esta historia, cada vez más enquistada en el corazón de la gente.
Ningún árbitro, hasta ahora, ha sido capaz de erradicar esta semilla de odio que florece en el corazón de unos y de otros, convirtiéndoles en enemigos irreconciliables y haciendo de su guerra un hábito al que se han acostumbrado, por su duración en el tiempo.
Al fin y al cabo, no son más que hombres, movidos fundamentalmente por el miedo y el miedo, ya se sabe, es el peor de los consejeros a la hora de afrontar cualquier realidad que se nos presente.





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