Tras conocer los resultados de las elecciones catalanas y a la espera de que Artur Mas decida finalmente por qué alianzas se decide para formar su nuevo gobierno, no hay más remedio que volver a fijar los ojos en Egipto, ahora que su Presidente ha decidido blindarse en la posición de poder que le otorgó la dura lucha de su pueblo, concediéndose una infalibilidad total en cualquier asunto jurídico, con un golpe de timón que apunta directamente a los recién creados cimientos democráticos, detonándolos con una explosión de tiranía, muy similar a la que provocaba su derrocado antecesor. Mubarak.
Ya advertíamos sobre los peligros que podría acarrear la instauración en Egipto de una república islamista, como contrapunto a los que podría traer la elección de un Presidente demasiado occidentalizado, que siguiera a rajatabla los dictados de los países de mayor desarrollo económico.
Deseábamos entonces, que el pueblo que había conseguido romper con la eterna tiranía de Mubarak, fuera capaz de discernir en total libertad sobre su futuro más próximo y que lo hiciera sin influencias de ningún tipo, que fanatizaran el proceso.
La importancia de que Egipto lograra encontrar su propia identidad, por encima de otras tendencias, resultaba imprescindible para comenzar un nuevo camino político, que propiciara la igualdad entre todos los ciudadanos de la nación, eliminando las enormes diferencias existentes en esta sociedad, prácticamente anclada aún en el feudalismo.
Lo deseábamos por el bien de una mayoría que, a pesar de su incultura, había tenido la valentía de enfrentarse a un destino fatal hasta cambiarlo con la perseverancia pacifista de los concentrados en la Plaza Tarhir, que soportaron estoicamente todos los contratiempos que sobrevinieron entonces, sin dar un paso atrás, en su ilusión por procurar un futuro mejor para los suyos.
Pero quizá a los concentrados les faltó ofrecer una mayor información de lo que realmente se buscaba, teniendo en cuenta la tremenda ignorancia que el pueblo egipcio tenía sobre asuntos políticos y su candidez se ha visto ahora sorprendida por este golpe duro y seco, de quien se alzó con el triunfo en las urnas, aprovechando un momento demasiado tocado por la emoción, pero sin ninguna previsión para atar unos principios democráticos, imposibles de violar por los gobernantes electos.
Y sin embargo, la inocencia de este pueblo no merece un final de tan desastrosas consecuencias, ni el sufrimiento de una nueva tiranía que corte de raíz todos los sueños de libertad que asombraron al mundo con la grandiosidad de aquel gesto y la comunidad internacional, que con tanta tibieza juzgó entonces la importancia extrema del sacrificio de los egipcios, debe ahora resarcir a la gente de los errores cometidos, implicándose de manera inmediata, hasta la médula, en cercenar de raíz el intento de tiranización que daría fin a la revolución de los jazmines, de la manera más burda y tenebrosa posible.
Deben pues, Europa y América, pronunciarse inmediatamente en contra de quien pretende convertirse en dictador, procurando una solución contundente que sólo desde las instancias de auténtico poder puede arbitrarse, e intentar desterrar para siempre de la mente de cualquiera que pueda gobernar en Egipto, ahora o en el futuro, toda idea que se aparte de un régimen que permita la convivencia en libertad de todas las tendencias, reprimiendo a los opositores, como ya ha empezado a hacerse, en las calles de El Cairo.
Todos tenemos un compromiso con estos hombres y mujeres que ofreciéndonos una lección de soberanía, se aventuraron a una lucha que parecía perdida de antemano, por la consecución de sus derechos y todos debemos, ahora, manifestar también nuestra oposición a las intenciones de su recién estrenado Presidente.
No es misión de las urnas otorgar poder absoluto a quien resulta vencedor en unos comicios, ni convertirse en una garantía vitalicia que perpetué el disfrute del poder para ninguno de los candidatos. Las urnas son, una mera orientación de las apetencias populares y la periodicidad de las elecciones se ideó como un mecanismo por el que esa opinión pudiera ser revisada cada cierto tiempo.
Esto también lo saben los valientes que regresan a las calles de Egipto para denunciar lo que consideran una estafa amparada en un resultado electoral, que vuelve a dejar a los ciudadanos en una terrible orfandad de derechos, como si su revolución hubiera sido un sueño, del que hubieran despertado sin haber salido de su terrible miseria.

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