Con ilusiones renovadas por el éxito de la Huelga, España aguarda algún gesto de reconocimiento por parte de su gobierno, esperanzada en que la voz del pueblo sea al fin, escuchada por la clase política.
La inmensa multitud que recorrió ayer las calles de todo el país, reclamando la derogación inmediata de la Reforma Laboral y la restitución de los derechos robados a la educación y la sanidad públicas, demostró con creces que no está dispuesta a conformarse con la incertidumbre que le depara el futuro y que no habrá rendición incondicional, como esperaba Rajoy, ante las medidas de recortes que se vienen poniendo en práctica, ni con las que se pensaran imponer, por decreto, en los próximos meses.
En las manifestaciones, llamaba especialmente la atención la afluencia de jóvenes, hasta hace poco absolutamente desinteresados por las cuestiones políticas, y ahora implicados hasta el cuello en defender un modo de vida distinto, a este que nos tratan de imponer los magnates del capital y la banca y que tan poco tiene que ver con las personas y tanto con las cifras.
El orgullo de haberlos educado bien fue una de las sensaciones que se palpaban en el ambiente, muy lejano de toda esa violencia que tratan de ofrecernos desde las cadenas gubernamentales, aunque bastante docto en los temas de actualidad, que nuestros hijos han tenido que aprender a marchas forzadas y con dolor en carne propia, pero que han asimilado a la perfección, llegando a ser capaces de pensar por sí mismos lo que quieren, sin dejarse avasallar por ninguna tendencia.
Contrariamente a lo que se nos cuenta, nuestros jóvenes no son una guerrilla urbana entrenada en el vandalismo, sino en su mayoría, personas de bien sin ninguna perspectiva de futuro, que se niegan a dar por perdida su generación por las malas gestiones de unos cuantos, para los que lo más importante es conservar de la forma que sea, el poder en las manos y que viven una realidad distorsionada, que nada tiene que ver con la desgracia que aquí se padece.
Muchos de ellos rinden homenaje con su presencia en estos actos, a la durísima lucha que sus padres protagonizaron para poder ofrecerles esos mismos derechos que ahora se tambalean empujados por la espantosa gestión de este ejecutivo y habiendo aprovechado, hasta el día de hoy, la oportunidad de la educación universal que se les ha ofrecido, afortunadamente, nada tienen que ver con las masas ignorantes que creen que el mundo sólo puede cambiarse a través de la violencia.
No están en contra del sistema, sino de este sistema que los ahoga, que no les permite acceder libremente a la formación necesaria para ser lo que quieran, si no es a base de dinero, de este sistema que los empuja fuera de su lugar de nacimiento, como única salida para poder encontrar un trabajo y que además, reprime su pensamiento a golpe de porra, en cuanto se atreven a discrepar de lo establecido.
El odio ancestral que estos jóvenes tienen a los políticos no es una casualidad ni un capricho propio de la edad que se pasa con el tiempo, sino el fruto de la reiterativa incidencia que las medidas de recorte ejercen, principalmente, sobre ellos y que los anula como personas, insensibles a su capacidad intelectual o a sus ganas de labrarse un porvenir, si no cuentan con una economía familiar saneada o no quieren caer en manos de prestamistas que adelanten los gastos de su educación.
A nuestros jóvenes, la desilusión les ha venido servida en bandeja, en los mejores años de la vida y naturalmente, la desesperación ha de ser respondida con la rebeldía innata que se despierta en el individuo, cuando le arrebatan un sueño.
Confundir esa rebeldía con el barbarismo, difamando conscientemente a todo aquel que expresa libremente su discrepancia es una actitud que, desgraciadamente, se ha puesto muy de moda entre las filas conservadoras, que preferirían un grado mucho mayor de sumisión en la juventud y que, por norma, acuden con demasiada frecuencia al insulto para desviar la atención del foco de la verdad, sobre todo cuando es desfavorable para sus intereses.
Y aunque está demostrado que la represión termina por provocar un efecto contrario al que persigue, los que gobiernan suelen caer una vez y otra en este error, quizá esperando que los golpes terminen por aniquilar las ideas.
Está claro que no lo conseguirán. Lo sabemos muy bien los que durante toda la vida hemos sido rebeldes y hoy más que nunca seguimos intentando, que el mundo se convierta en un lugar mucho mejor que el que nos ofrecen ahora Rajoy y los suyos.

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