Ahora que parecen desvanecerse todas las previsiones económicas que Rajoy había hecho para el año que viene y el único fruto que han dado la Reforma Laboral y los recortes aplicados sobre los bolsillos de los humildes ciudadanos, es elevar la cifra de desempleados por encima del 25%, puede que haya llegado la hora de exigir a nuestro esquivo Presidente, una explicación que justifique la cadena de errores que sigue empeñado en cometer y que atenta directamente, sobre los cimientos de toda la sociedad española.
Quiso demostrarnos que con sus políticas cercanas a los planteamientos de Merkel, la crisis acabaría por ceder, en cuanto se cambiaran los cimientos de un modelo económico que, según su criterio, había quedado del todo obsoleto y procuró convencernos que su reformismo neocapitalista sería la panacea que curaría todos nuestros males, sacando a España del agujero negro en que la había sumido la deuda de la Banca, potenciando una flexibilidad laboral que permitiría, a corto plazo, una mejora del consumo de las familias.
Pero ha pasado un año y el discurso de la herencia recibida de Zapatero ya no da más de sí, ahora que toda la responsabilidad de gobierno recae como una losa únicamente sobre su espalda y no ha conseguido dar una sola alternativa de futuro, a este pueblo cansado de esperar que alguno de sus gobiernos, se tome en serio cubrir sus necesidades más primarias y haga algo de utilidad, que mejore las perspectivas de un futuro, que por ahora, no puede ser más desesperanzador e incierto.
Ya no queda colectivo o individuo que no esté en desacuerdo con la marcha de los acontecimientos y las excusas que a diario nos vemos obligados a oír de boca de los Ministros, suenan cada vez más a un discurso aprendido de carrerilla en alguna reunión de Moncloa, pero cuyo fondo vacío no hace otra cosa que aumentar el desasosiego que nos corroe, mermando la poca confianza que aún pudiera quedar, en algunos de aquellos votantes a los que se engañó con la teoría del cambio.
Enfermo de una especie de vanidad incomprensible, el Presidente no es capaz de reconocer ni uno solo de los muchos errores que ha cometido durante su primer año de mandato y permanece obcecado por una idea fija, que a todas luces, empeora cada minuto la situación por la que atravesamos, como consecuencia de todas y cada una de las medidas aplicadas con mano de hierro, por un gobierno claramente fracasado.
El pulso que la sociedad está echando en las calles a Rajoy, sería insoportable para cualquier persona en su sano juicio, ya que el número de indignados que manifiesta su protesta, de manera individual o colectivamente, alcanza una aplastante mayoría en el país y tiene visos de incrementarse por momentos, si no se da marcha atrás en lo que hasta ahora se ha venido haciendo y se centra el esfuerzo en la prioridad de crear empleo y, por supuesto, en mantener los ya existentes, no permitiendo a las empresas el despido masivo de trabajadores que se está llevando a cabo, de manera indiscriminada, en los últimos tiempos.
Y sin embargo, al Presidente no parece afectarle el estallido social que moviliza a diario a millones de ciudadanos, ni importarle el desacuerdo total que provoca su política entre la ciudadanía y que de seguir así, terminará por radicalizarse hasta extremos imprevisibles, sobre todo por el cansancio que provoca la sensación de no sentirse representados, precisamente por quienes nos gobiernan.
El problema más grave es que llegados a este punto, la gente ya no tiene nada que perder y desesperada por la imposibilidad de encontrar un empleo que le permita solucionar las carencias familiares, cada vez más cruentas, probablemente llegará a la conclusión de que la fuerza de su presión tendrá que ser mayor, si es que se quiere conseguir parar de algún modo esta locura, al menos para conservar lo poco que les queda, tras los sacrificios impuestos a golpe de decreto, por un gobierno sin corazón, que no acierta nunca, cuando se trata de mejorar la desgracia de los que más sufren en este país nuestro.
Y aunque no hay peor sordo que quien no quiere oír, el clamor popular está a punto de alcanzar un nivel de volumen que ya de ningún modo, podrá seguir siendo ignorado, aunque seguramente, cuando se quiera retroceder en este modo salvaje de dirigir la nación, ya sea demasiado tarde para muchísimos de nosotros y, desde luego, lo será de manera vitalicia para estos conservadores, que no volverán a ganar unas elecciones, en mucho, mucho, tiempo.

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