lunes, 5 de noviembre de 2012

Rectificar a tiempo




Como era de esperar, Octubre arroja un nuevo jarro de agua fría a las ya heladas narices del PP, con un descomunal aumento de la cifra del paro, que vuelve a poner en evidencia el rotundo fracaso de la Reforma Laboral propiciada por los conservadores y que no está aportando siquiera, una leve mejoría a la desesperación de los que no encuentran empleo.
Cualquier persona medianamente inteligente no esperaría más y retiraría de inmediato el decreto, en vista del resultado obtenido tras varios meses de aplicación, pero los políticos, muy a nuestro pesar, suelen adolecer de una cabezonería machacona y no les gusta nada reconocer sus errores, por muy garrafales que sean, como es el caso.
No crean que nuestro invisible Presidente ha corrido a ofrecer una mínima explicación de los hechos para, al menos, tratar de contener la furia de la ciudadanía contra las medidas que viene adoptando. Más bien, aún amenaza con practicar nuevos recortes, sin que se sepa de qué partida piensa hacerlo y hasta parece orgulloso del panorama que presenta el país desde que desgraciadamente, cayó en sus manos, a pesar de que su gestión y la de su equipo, no ha podido ser más nefasta para todos nosotros.
Supongo, que al no conocer la sensación que se experimenta cuando uno va a trabajar sin estar seguro de si lo hará por última vez, por cierre de la empresa, gozará de una tranquilidad de espíritu, que por sistema nos niega al resto de los habitantes de la Nación, al habernos colocado en las manos de unos empresarios sin escrúpulos, a los que ha otorgado todo el poder para hacer y deshacer a su antojo y que hace tiempo decidieron que les resultaba más rentable privarnos a todos de nuestros derechos.
Pero es que además, ni baja la prima de riesgo, ni se arregla el problema de la Bolsa, ni ha conseguido quitarnos de encima la sombra de un rescate inminente, ni ha dado con ningún tipo de solución para que remonte la economía, incluso después de tiranizar las relaciones laborales, exigiéndonos un esfuerzo que, en muchos casos, ya resulta imposible de cumplir.
Como tampoco ha bebido nunca el trago amargo de tener que hacer cola delante de una oficina del INEM, suplicando cualquier tipo de ocupación, a cambio de un sueldo de miseria, es de suponer que no entiende la magnitud de la ruina que nos azota y que, por tanto, jamás será capaz de atajarla, como es su obligación, desde que decidió presentarse a unas elecciones, para ocupar el puesto que ostenta.
El problema, hace ya tiempo que dejó de ser meramente político, para convertirse en una cuestión de humanidad y clama al cielo que entre todos los cargos que se sientan en el Parlamento español, no sean capaces de encontrar un camino por el que sacarnos de un atolladero al que nos ha llevado, directamente, su antiguo delirio de grandeza.
Nada es factible, desde luego, desde el momento en que el gobierno y el pueblo contemplan dos realidades distintas de una misma cosa y los encargados de dirigir nuestro destino se desentienden de la ciudadanía, como si en vez de ser los electores que los colocaron donde están, fueran una pesada carga de la que están deseando liberarse, a base de reprimir sus derechos y hacerlos cada vez más pequeños, en la escala de los seres humanos.
Porque si se ha cometido un error, lo lógico sería subsanarlo a la mayor brevedad posible, en lugar de abundar en el mismo camino, hasta hacerlo todo irreparable.
Nada hay peor que la soberbia de creernos infalibles, esgrimiendo razones que nada tienen que ver con la verdad, para salvarnos de la crítica feroz de los que, en este caso, están sufriendo las consecuencias de nuestra cadena de fracasos.
Así no se da una imagen de credibilidad, ni a los ojos de Europa, ni a los de nadie que posea una cierta capacidad de raciocinio.
Así, se hace el ridículo y se adquiere una fama de trapacería, que embadurna todo lo que tocamos, hasta cuando decimos la verdad, colgándonos una etiqueta de manifiesta inutilidad, de la que nos será prácticamente imposible deshacernos.
De sabios es dar marcha atrás y comenzar de nuevo, ensayando otras vías, experimentando otros retos quizá menos cruentos, e incluso desdiciéndonos de cuanto dijimos, con la ilusión de alcanzar un buen fin.
Claro que la sabiduría, parece haberle sido negada a este gobierno.

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