domingo, 13 de mayo de 2012

Resurrección

Una marea humana de ciudadanos indignados vuelve a tomar las calles del país en el aniversario del 15M, demostrando que todas las medidas adoptadas a lo largo de este año, no han hecho otra cosa que empeorar la grave situación que atravesábamos cuando se produjo el estallido social que dio lugar a este movimiento.
Se han unido a la protesta nuevos grupos, como los afectados por la inversión en participaciones bancarias, que han visto la imposibilidad de disponer de sus ahorros de toda una vida, confiados a la codicia de una banca sin corazón, dispuesta a llevar la ruina a más de un millón de hogares, con la confiscación del capital de sus clientes, sin que el gobierno haya hecho nada por corregir este atropello sin precedentes.
A pesar del empeño del Partido Popular en negar la masiva participación de la gente en estas manifestaciones y de su afán por prohibir o reprimir cualquier iniciativa que demuestre el descontento real de la ciudadanía y desafiando la teoría que aseguraba la muerte de esta corriente de participación, la evidencia de la presencia humana llenando los espacios públicos más emblemáticos de todas las ciudades de la nación, no puede ser ocultada por más tiempo, ni por supuesto atribuida a la influencia de un Partido Socialista, que fue el primero en sufrir, durante su antiguo mandato, el nacimiento de estas protestas.
El hartazgo generalizado que ya sufría la ciudadanía se ha visto incrementado por la creciente pérdida de sus derechos, a manos de los conservadores que nos gobiernan y por los múltiples casos de corrupción que se han dado a lo largo de este año, sin que se haya visto en ninguno de ellos, una actuación de la justicia que haya llevado a los culpables a las cárceles, ni exigido el pago de lo sustraído directamente de las Arcas del Estado.
La falta consciente de liderazgo en el movimiento, puede sin embargo haber frenado su divulgación dando la impresión de que se había diluido con el paso del tiempo, pero las personas de bien simplemente aguardaban la llamada para volver a demostrar su indignación con la clase política y más aún cuando durante este tiempo se han seguido sucediendo tropelías que en lugar de arreglar la frustrante situación que nos lleva directamente a la esclavitud laboral y al abismo social, han otorgado más poder a las clases altas, e incluso perdonado delitos fiscales de gravedad a los que desviaron caudales públicos a paraísos fiscales, mientras se permite que los trabajadores sigan pagando el montante de sus hipotecas, después incluso, de haber sido desahuciados de sus viviendas.
Con un cincuenta por ciento de la juventud en paro y una Sanidad y una Educación que caminan directamente hacia la privatización, la masa humana que fue pionera en el mundo el Mayo del pasado año, no tiene motivos para callar, ni está dispuesta a renunciar a su derecho de manifestación, a pesar de las constantes amenazas que auguran un futuro de dura represión, si desaparecen del panorama político el derecho a la huelga o a la protesta, como pretende el Partido Popular, apoyado por los empresarios y la Iglesia.
Pero hemos llegado a un punto en que ya no se tiene nada que perder y cuando se da esta circunstancia, el miedo desaparece como por arte de magia. Nos han hecho caer tan bajo y se han ido alejando tanto de las auténticas necesidades de los pueblos, que no ha de extrañarles que a partir de ahora, las personas de bien estén dispuestas a correr todos los riesgos necesarios en defensa de su propia supervivencia.
Harían bien en mirar los ejemplos de los pueblos árabes y sentarse a recapacitar sobre lo que puede sobrevenir, si persisten en una actitud de desapego, que no contempla siquiera la auténtica realidad en la que se ve obligada a malvivir el total de la ciudadanía.
Deberían sopesar que el pacifismo adoptado hasta ahora por los manifestantes, podría romperse en algún momento, si las expectativas políticas que se les ofrecen continúan sin representar sus auténticos intereses y se sigue negando la existencia real de movimientos como éste, en un alarde de altanería inadmisible, apoyado en la mayoría absoluta parlamentaria que obtuvieron, basada en un programa que se viene incumpliendo desde que asumieron el poder, el pasado Noviembre.
Argumentar que estar contra el sistema es, en principio, un síntoma de anarquía, constituye un error de base cuando es el propio sistema el que está fallando al bienestar de la inmensa mayoría.
No queda otro remedio que estar contra un sistema destructor que trata desesperadamente de engullir cualquier iniciativa de mejora para los pueblos y que se basa en el poder tiránico de la economía sobre los hombres, que constituyen el soporte de las naciones y que generan el grueso de sus riquezas.
Esta resurrección afortunada de los movimientos ciudadanos, son el único soplo de aire fresco que invade el desolador panorama político que nos ha tocado soportar y su crecimiento, la única esperanza que nos queda para volver a recuperar la dignidad que nos arrebatan a diario nuestros supuestos representantes, que sólo nos exigen más y más sacrificios, sin ofrecer a cambio nada más que la desolación y el silencio que nos anulan como seres humanos.


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