A nadie escapa que de un tiempo a esta parte, el mundo de la información ha perdido una gran parte de la credibilidad de que gozaba, para caer de lleno en manos de una manipulación tácita, que desvirtúa considerablemente la veracidad de las noticias.
El acelerado ritmo de vida que llevamos y el descubrimiento por parte de los políticos de que los medios de comunicación son un gran vehículo para promocionarse, han terminado por convertir a los periódicos en una enorme correa de transmisión, a través de la cuál difundir machaconamente los mensajes que se intentan hacer calar en la población y en la mejor propaganda que pudiera encontrarse, para la obtención segura de votos.
A menudo nos pasa, estando como estamos, absolutamente interesados en el desarrollo de los acontecimientos diarios, que procuramos estar frente a la pantalla de la televisión, por ejemplo, a la hora en que se dan los noticiarios, e inmediatamente asociamos la verdad de los hechos a cuanto por este medio se difunde, sin dudar ni por un momento que cuánto nos están relatando es una descripción minuciosa de la verdad, confiando en que los antiguos principios del periodismo son mantenidos, sin excepción, por los profesionales que tenemos delante.
Pero bastaría con hacer un recorrido en profundidad , para descubrir instantáneamente que el mismo suceso podría ser interpretado de manera diametralmente opuesta, según a qué corriente política pertenezca la cadena que hemos decidido elegir y qué ideología tenga el profesional que está en uso de la palabra.
Y esto, que en cierta medida podría enriquecer al espectador, dándole la oportunidad de posicionarse en aquella versión que sea más cercana a su propio pensamiento, suele sin embargo causar una profunda confusión, dado que lo que se persigue fundamentalmente cuando se nos transmite una noticia, es simplemente, conocer la verdad.
Pero,¿es la verdad la misma para todos los seres humanos o está también en el mundo moderno condicionada y manipulada, consciente o inconscientemente, por la postura del interlocutor? ¿Existe en los medios la voluntad inapelable de contrastar exhaustivamente las noticias, profundizando en ellas hasta el último extremo, para satisfacer la necesidad de veracidad que exigimos quienes las recibimos, o se cree por el contrario que es preciso tutelar los contenidos, dudando así de la capacidad de comprensión de los receptores?
En vista de lo que sucede a nuestro alrededor, habrá que pensar que el concepto de verdad ha quedado relegado, en la inmensa mayoría de los casos, a un plano imperceptible y que ha perdido importancia el hecho de considerarla como primer objetivo del informador, para dar paso a una interpretación personal de los hechos, casi siempre relacionada con alguna línea editorial, que favorezca los intereses de algún grupo concreto y, por tanto, que ayude a la manipulación consciente de los receptores, con el fin de hacerlos adeptos al pensamiento que se pregona como cierto.
Podría decirse que la independencia informativa, la imparcialidad que tanto agrada a quienes se acercan a los medios de comunicación con el ánimo de ser informados, se ha perdido para dar paso a un tipo de periodismo en el que el receptor ha de leer necesariamente entre líneas, buscando el equilibrio entre lo que se le ofrece y lo que él piensa, decidiendo en cada momento si creer o no creer en la noticia que se le ofrece y atribuyéndole la dosis de verdad que considere oportuna, tras un análisis exhaustivo del contenido de la misma.
Y aunque es cierto que nadie es verdaderamente independiente, pues todos somos esclavos de nuestras propias creencias y nos colocamos en el sitio que preferimos, en todos y cada uno de nuestros actos, quizá lo mejor que podrían hacer los profesionales de la información es hablar siempre en primera persona y asumir en todo momento que ofrecen noticias de opinión personal y no una narración imparcial de los hechos, como aún se pretende hacer creer cuando erróneamente se defiende la neutralidad de los comunicadores.
Creer o no creer, es pues, una decisión que cada cuál adoptará a solas consigo mismo y que podrá después, por derecho, defender ante los demás, si es que ha llegado al convencimiento de que merece la pena hacerlo.
El acelerado ritmo de vida que llevamos y el descubrimiento por parte de los políticos de que los medios de comunicación son un gran vehículo para promocionarse, han terminado por convertir a los periódicos en una enorme correa de transmisión, a través de la cuál difundir machaconamente los mensajes que se intentan hacer calar en la población y en la mejor propaganda que pudiera encontrarse, para la obtención segura de votos.
A menudo nos pasa, estando como estamos, absolutamente interesados en el desarrollo de los acontecimientos diarios, que procuramos estar frente a la pantalla de la televisión, por ejemplo, a la hora en que se dan los noticiarios, e inmediatamente asociamos la verdad de los hechos a cuanto por este medio se difunde, sin dudar ni por un momento que cuánto nos están relatando es una descripción minuciosa de la verdad, confiando en que los antiguos principios del periodismo son mantenidos, sin excepción, por los profesionales que tenemos delante.
Pero bastaría con hacer un recorrido en profundidad , para descubrir instantáneamente que el mismo suceso podría ser interpretado de manera diametralmente opuesta, según a qué corriente política pertenezca la cadena que hemos decidido elegir y qué ideología tenga el profesional que está en uso de la palabra.
Y esto, que en cierta medida podría enriquecer al espectador, dándole la oportunidad de posicionarse en aquella versión que sea más cercana a su propio pensamiento, suele sin embargo causar una profunda confusión, dado que lo que se persigue fundamentalmente cuando se nos transmite una noticia, es simplemente, conocer la verdad.
Pero,¿es la verdad la misma para todos los seres humanos o está también en el mundo moderno condicionada y manipulada, consciente o inconscientemente, por la postura del interlocutor? ¿Existe en los medios la voluntad inapelable de contrastar exhaustivamente las noticias, profundizando en ellas hasta el último extremo, para satisfacer la necesidad de veracidad que exigimos quienes las recibimos, o se cree por el contrario que es preciso tutelar los contenidos, dudando así de la capacidad de comprensión de los receptores?
En vista de lo que sucede a nuestro alrededor, habrá que pensar que el concepto de verdad ha quedado relegado, en la inmensa mayoría de los casos, a un plano imperceptible y que ha perdido importancia el hecho de considerarla como primer objetivo del informador, para dar paso a una interpretación personal de los hechos, casi siempre relacionada con alguna línea editorial, que favorezca los intereses de algún grupo concreto y, por tanto, que ayude a la manipulación consciente de los receptores, con el fin de hacerlos adeptos al pensamiento que se pregona como cierto.
Podría decirse que la independencia informativa, la imparcialidad que tanto agrada a quienes se acercan a los medios de comunicación con el ánimo de ser informados, se ha perdido para dar paso a un tipo de periodismo en el que el receptor ha de leer necesariamente entre líneas, buscando el equilibrio entre lo que se le ofrece y lo que él piensa, decidiendo en cada momento si creer o no creer en la noticia que se le ofrece y atribuyéndole la dosis de verdad que considere oportuna, tras un análisis exhaustivo del contenido de la misma.
Y aunque es cierto que nadie es verdaderamente independiente, pues todos somos esclavos de nuestras propias creencias y nos colocamos en el sitio que preferimos, en todos y cada uno de nuestros actos, quizá lo mejor que podrían hacer los profesionales de la información es hablar siempre en primera persona y asumir en todo momento que ofrecen noticias de opinión personal y no una narración imparcial de los hechos, como aún se pretende hacer creer cuando erróneamente se defiende la neutralidad de los comunicadores.
Creer o no creer, es pues, una decisión que cada cuál adoptará a solas consigo mismo y que podrá después, por derecho, defender ante los demás, si es que ha llegado al convencimiento de que merece la pena hacerlo.

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