Como no podía ser de otra manera, Madrid, con Esperanza Aguirre y Ana botella a la cabeza, comienza a poner en práctica los recortes establecidos por el PP, negando la tarjeta sanitaria a los más humildes de nuestra sociedad, es decir, a los emigrantes sin papeles, que antes la conseguían simplemente tramitando su empadronamiento.
Esta obediencia radical, que tan poco tiene que ver con el declarado cristianismo de ambas líderes conservadoras, empieza aponer en peligro la estabilidad de nuestro sistema sanitario y pone en evidencia la calidad humana de quien acata con sumisión, a pesar de saber que perjudica gravemente a los que menos recursos tienen y que a partir de ahora se verán obligados a poner su salud en manos de la medicina privada, con el consiguiente gasto que esto originará en su muy deteriorada economía.
Pero no duelen prendas a las dirigentes madrileñas y se aplican son solicitud a cumplir unas leyes establecidas sólo unas fechas atrás, dejando al descubierto, en principio, una falta de caridad más propia de los regímenes totalitarios, que de los líderes políticos de cualquier sociedad moderna que presuma de ser democrática.
Afincadas en un claro posicionamiento a favor de su Iglesia Católica, a menudo se las ha visto acompañando al primado madrileño Rouco, en las manifestaciones que reclamaban el derecho a la vida para los no nacidos, o en contra de los matrimonios gay, que tanto daño parecían hacer a sus recatadas conciencias de católico-apostólico-romanas.
Y sin embargo, saltarse los derechos de los nacidos, de los que llegaron a nuestro país buscando un hueco para forjarse un futuro mejor y en muchos casos para escapar de la miseria y la muerte que les perseguía en sus lugares de origen, no parece importar a tan devotas señoras y no dudan en negarles asistencia en caso de enfermedad, sin tener aparentemente, ningún problema de conciencia.
Da lo mismo si se trata de niños o ancianos, el caso es conseguir que cuánto antes decidan volver al sitio de donde vinieron, empujados por el desamparo en que quedan, a causa de esta medida, claramente discriminatoria y xenófoba.
Aludiendo a un turismo sanitario, que representa un bajísimo porcentaje en el caso de nuestro país y a una necesidad de recortar que en ningún caso afecta, por ejemplo, a los privilegios de la curia eclesiástica, abandonan a su suerte a los desheredados de la tierra y les cierran, de un plumazo, cualquier posibilidad de supervivencia, si tienen la mala suerte de ser atacados por una grave enfermedad y no disponen del montante necesario para poder afrontarla en el sector privado.
Afortunadamente, esta locura no ha alcanzado a todo el mundo por igual y ya se han oído voces, como la de Patxi López, que se niegan rotundamente a la aplicación de estas medidas y que apelan a la soberanía autonómica para desembarazarse del mandato central y seguir atendiendo a los extranjeros cada vez que lo necesiten.
La manera en que el Partido Popular está afrontando la resolución de la crisis, no hace otra cosa que terminar de convencernos de su aproximación a las posturas de una derecha radical, que nada tienen que ver con el discurso centrista que vendieron durante la campaña electoral, a golpe de populismo.
Ni son de centro, ni desde luego son cristianos, aunque tal vez piensan que basta con confesar para ser perdonados por tan extraordinaria vileza y con disfrazar a diario la realidad, para engañar a este sufrido pueblo nuestro.
Pero la verdad es que quien tenga ojos para ver lo que está sucediendo a su alrededor y una mínima capacidad mental para entender lo que contempla, no tiene por menos que alzar la voz en contra de lo que representa una de las mayores injusticias contra el género humano que se han cometido en nuestra Nación, incluidos los tiempos de la dictadura. La descarada exclusión social que representa esta ley, no es otra cosa que marcar un camino de retorno a los más necesitados para devolverlos a la miseria, la muerte y la desolación que los trajo hasta aquí buscando un poco de esperanza.
Ningún Dios desde luego, y mucho menos ningún hombre, podría perdonar eso.

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