martes, 8 de mayo de 2012

La huída

Cuando José María Aznar decidió que su sucesor sería Mariano Rajoy, el candidato Rodrigo Rato, por el que apostaban todas las encuestas, fue compensado con un jugoso premio de consolación que le colocaba como Gerente de Fondo Monetario Internacional y que le apartaba de la política nacional, dejando el campo libre al inesperado ganador para colocarse al frente de un Partido Popular que perdería toda su credibilidad, a causa de los atentados de Madrid.
Al frente de la cartera de Economía, Rato había aprovechado los años de bonanza para crearse una cierta fama de buen gestor que le ayudó en gran manera a abrirse camino en los foros internacionales, a pesar de la facilidad que para cualquiera supone llevar las cuentas de un país, cuando éste se encuentra en plena expansión y sólo se está generando riqueza.
Después de unos años, Rato abandonó la gestión del organismo internacional alegando razones personales y dejando tras de sí una estela de deudas, en un momento en el que ya empezaba a preludiarse que se avecinaba una crisis profunda y regresó a España, probablemente exigiendo un hueco en el que desarrollar una labor política, aún afectado por la forma en que se le había apartado del poder y sin esperanza de poder volver a colocarse en primera línea, asentado ya como estaba Rajoy, en la carrera hacia la Presidencia.
Se le puso entonces al frente de lo que hoy es Bankia, apoyado implícitamente por el grupo de Madrid, encabezado por una Esperanza Aguirre que aún albergaba cierto anhelo de hacer sombra al elegido por Aznar, seguramente buscando apoyo en el renombre que aún tenía Rato en el Partido y convencida de que no había nadie mejor para establecer una correa de transmisión entre las autoridades comunitarias y una banca que avalaba plenamente su gestión en el poder de la Capital.
Pero la crudeza de la crisis no tenía ya nada que ver con el panorama que encontró Rato en sus años de Ministerio y el derrumbe de la burbuja inmobiliaria que se había creado con la aquiescencia del PP, propició una carrera sin retorno hacia la quiebra del organismo, que ayer se materializó en la dimisión de su Director, otra vez apelando a unos motivos personales, y de nuevo dejando a la entidad al borde de la quiebra, aunque sin renunciar a un jugoso retiro premiado con tres millones de euros, que le permitirán volver a la vida privada, sin ningún tipo de ahogos económicos que amenacen los años venideros.
Lo peor es que el gobierno está dispuesto a rescatar la ruinosa entidad con dinero público, al mismo tiempo en que se siguen anunciando recortes que afectan a la calidad de vida de los ciudadanos, y todo ello sin haber ofrecido ningún tipo de explicación convincente al estrepitoso fracaso de Rato y al hundimiento de Bankia, que ahora provoca la necesidad de inyectar fondos para que no se produzca una quiebra que pueda dejar a sus clientes, sin los ahorros que se atrevieron a depositar en la entidad, en un momento dado de sus vidas.
Y sin embargo, nadie se atreve a exigir responsabilidades a quien hasta ayer mismo dirigía el organismo, ni se ofrece a la ciudadanía ninguna explicación de cómo ha podido llegarse a la situación actual de este banco, ni se prevé una solución que no pase por exigir al pueblo más sacrificios para remediar la manifiesta inutilidad de los que gestionaban los recursos de que iba disponiendo esta Caja de la Comunidad de Madrid.
Aún se atreven los dirigentes populares a ensalzar la labor de Rato durante estos años y a crear alrededor de su persona una especie de cortina de humo que esconda la realidad del fiasco que ha supuesto su estancia en el organismo y su acelerada huida del mismo, sin ningún tipo de autocrítica y sin admitir su enorme equivocación.
El caso es permanecer en algún lugar de privilegio que permita capear el temporal que arrecia sobre nuestras cabezas y salir ileso de las consecuencias que a todos nosotros está trayendo este culto al capital, que se ha extendido como la pólvora entre nuestros políticos, convirtiéndose en la única religión que mueve sus vidas y que deja a los ciudadanos inermes ante las continuas agresiones de que son objeto, a causa de su inusitada avaricia.
Si el Gobierno decide por fin rescatar a Bankia con el dinero de todos los españoles, al mismo tiempo que va cercenando la Sanidad y la Educación, con recortes indiscriminados que afectan a la totalidad de la ciudadanía, no le quepa la menor duda de que acabará pagando su gravísimo error más tarde o más temprano, al no tratar de enmendarse en este camino emprendido, al margen de las necesidades básicas de su pueblo y a favor de la especulación ejercida desde los organismos financieros.
La gente de bien espera, al menos, que no se premie de esta vergonzosa manera a quienes conducen a las empresas a la ruina y apremia a un restablecimiento rápido de una justicia que sea capaz de poner en su sitio a estos estafadores del siglo XXI, que no contemplan siquiera la posibilidad de retirarse con la misma pensión que el resto de sus conciudadanos y que aprovechan su paso por la política para enriquecerse de forma vitalicia, con el esfuerzo inconmensurable de toda una nación, que nunca les importó, ni les importará, aunque digan que están a su servicio.

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