domingo, 6 de mayo de 2012

La esperanza francesa

Los ciudadanos europeos aguardan con expectación los resultados de las elecciones en Francia, en lo que podría ser su última esperanza en un cambio de modelo político, que les devuelva un poco de su dignidad robada, durante los años de idilio entre Merkel y Sarkozy.
Mientras que la desesperación y la angustia estigmatizan los comicios griegos, la ilusión de que la social democracia francesa abra una brecha en el aguerrido conservadurismo que gobierna Europa, podría considerarse como un inicio para encontrar una salida a la desastrosa situación que han instalado entre nosotros, los que vieron en esta crisis una oportunidad de colonización territorial, basada en la hegemonía económica.
El eje franco-alemán, que ha sido el principal promotor de este agresivo sistema que ha colocado a las clases trabajadoras a niveles de hace cincuenta años, puede estar viviendo sus últimas horas, si el controvertido presidente francés es hoy castigado en las urnas por sus conciudadanos y una corriente de oposición, personalizada en la figura de Hollande, sacude con nuevas teorías la ideología neocapitalista que, desde Alemania, se ha intentado implantar paulatinamente en el viejo continente.
Es por eso, que los comicios del país vecino se viven en el nuestro con un inusitado interés, casi similar al que podrían despertar unas elecciones propias, ya que de la victoria del candidato socialista dependen, y mucho, los acuerdos que en un futuro pudieran tomarse en la Comunidad y la manera en que afectarían a los países más perturbados por las consecuencias de la crisis, como es nuestro caso.
Las perspectivas de que Hollande tuviera un enfrentamiento ideológico con la mandataria alemana, constituiría sin duda una forma de división muy favorable a los intereses de las clases populares europeas y conseguiría frenar, al menos momentáneamente, las ínfulas expansionistas que la líder teutona ha estado acumulando durante años, con la aquiescencia de otros representantes conservadores, incluido Rajoy, que han hecho de su política un acto de perpetua sumisión a los mandatos inflexibles de los hermanos más poderosos del Continente.
Sin que Hollande represente un radicalismo de izquierdas, que pudiera romper instantáneamente todas las amarras que nos atan a un sistema perjudicial para los pueblos, sí que se le supone un talante diferente al que nos tienen acostumbrados en los últimos tiempos, estos amigos de la privatización que han aupado a los dueños del dinero a la categoría de Dioses y empujado a las clases trabajadoras a una esclavitud, simplemente incomprensible, para quien proviene de una ideología progresista.
Prácticamente aniquilados por la deshumanización del sistema, los hombres y mujeres que habitan las naciones de Europa, confían hoy en que la sabiduría del pueblo francés sea capaz de aportar un poco de luz a la profunda oscuridad de su incierto futuro y esperan poder empezar a recuperar la alegría que produce volver a disfrutar de una libertad, que últimamente se tambalea continuamente amenazada por la miseria y el miedo.
Por muy justos que sean los resultados numéricos, la victoria de Hollande causará una hecatombe en los planes predefinidos de toda la derecha en Europa y será como una primera piedra colocada, sobre la que poder construir un edificio absolutamente diferente al que tenían proyectado los dueños del poder, cuando nadie se oponía a sus designios, ni osaba contestar a sus malditas arengas.
Si nada se tuerce, quizá hoy estemos empezando a salir del abismo.

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