domingo, 27 de mayo de 2012

En contra de la resignación

Por muy desolador que resulte el panorama que nos rodea, la resignación es sin duda, la más patética de las salidas, pues lleva a los seres humanos a una especie de triste conformismo, que hace que los que tienen en sus manos las riendas del poder se sientan dueños de los destinos del mundo y endurezcan sus posturas de fuerza, sabiéndose de antemano ganadores, en cualesquiera que fueren sus decisiones y sus actos.
La resignación es la madre del peor de los pesimismos y va minando lentamente la moral de los pueblos, arrastrándolos hacia una docilidad nada deseable, si de lo que se trata es de intentar cambiar aquello que nos parece injusto, conservando la dignidad de luchar por nuestras creencias.
Un pueblo resignado, que baja la cabeza ante la adversidad y se entrega silenciosamente al martirio, sin ser capaz de rebelarse por su propia supervivencia, pierde una preciosa oportunidad de sentar las bases de una verdadera igualdad entre los hombres y sucumbe sin remisión, víctima de su incomprensible silencio.
El hombre tiene la obligación de mejorar sus condiciones de vida, individual y colectivamente, por lo que ha de conservar por todos los medios, la dosis de rebeldía necesaria para demostrar que su racionalidad es capaz de avanzar en el tiempo que le toca vivir, mejorando en la medida de sus posibilidades, su entorno y el de los demás, y negándose a una vuelta atrás, en aquellas cuestiones que ya se consiguieron asentar en otro momento de la historia.
La pereza, o el delegar en otros hombres para que se coloquen en la vanguardia de la lucha, apoyados en la absurda teoría de que de nada servirá el esfuerzo colectivo de los pueblos, no deja de ser un síntoma de feroz cobardía y roba de inmediato el derecho que a la protesta tiene, quién no participa activamente en las labores que generan el cambio.
Es verdad que en el mundo actual se trata continuamente de subyugar a los pueblos con el miedo. Y es verdad que el miedo paraliza las conciencias hasta anularlas, inmovilizándonos hasta convertirnos en marionetas, en manos de los poderes, pero también es cierto que utilizar el miedo para abandonar nuestra parte de responsabilidad para con los demás, termina por hacernos cada vez más pequeños, privándonos de la satisfacción de utilizar nuestra libertad, a favor de causas que favorezcan el porvenir de las mayorías.
Ahora que estamos viviendo el final de lo que nos pareció una época dorada, que estamos siendo sometidos a la crueldad de conocer de cerca las carencias, que somos a diario informativamente manipulados y que empezamos a tener el convencimiento de que no hay para nuestros jóvenes esperanza de futuro, ahora es el momento de no aceptar resignadamente un destino escrito por otros y de encontrar el modo de hacer oír nuestra voz, sea cuál fuere la idea que podamos aportar, para expresar la indignación que sentimos, e intentar protagonizar una historia distinta a la que ya parecen haber escrito para nosotros, los dirigentes de la pantomima política que a nadie representan.
Es el momento de no aceptar que las entidades bancarias se encuentren de forma prioritaria en los programas de todos los gobiernos, de no permitir que se nos prive del derecho a una educación más que merecida y que nos abrirá otros mundos menos oscuros que los que nos ofrece la ignorancia; es el momento de litigar contra la ceguera incurable de una justicia inexistente que nos deja en completa indefensión frente a los emporios económicos y partidistas, sin ser capaz de dirimir de qué parte está la razón o de desenmascarar a los delincuentes. Es el momento de explicar, aunque sea boca a boca, cualquier maniobra fraudulenta que se utilice en nuestro perjuicio y de estar en contra de la continuada represión que se ejerce contra nuestra libertad de expresión y reunión en las calles y también es el momento de reflexionar sobre lo que verdaderamente queremos y de batallar sin descanso hasta conseguirlo.
Solemos olvidar con demasiada frecuencia que nuestros problemas no son, precisamente, sólo nuestros y que las penalidades que soportamos, en el mundo actual, suelen ser compartidas por muchos millones de seres humanos como nosotros.
La unidad es la base en que se asienta la esperanza de abrir otros caminos y la fuerza que da a la razón una vía para establecer las bases de un mundo que podría estar llegando al final de una de sus más oscuras etapas.
Si no somos rebeldes, luchadores, protagonistas de nuestros momentos vitales y capaces de caminar al lado de los que son como nosotros: ¿Qué tipo de sociedad heredarán nuestros hijos y qué ejemplo estaremos dando a los que habiten la tierra inmediatamente detrás de nosotros?





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