Vergüenza me daría a mí, si yo fuera presidente del Estado español, oír las quejas de las Organizaciones No Gubernamentales, que se duelen de la escasez de recursos con que cuentan para abrir nuevos comedores sociales, en los que alimentar al nutrido grupo de españoles de clase media, a quienes no queda otra opción que acudir a ellos, para llegar a fin de mes.
Vergüenza me daría, exigir a esos mismos españoles aún más sacrificios, mientras entrego la recaudación de los mismos a la Banca insaciable que les despoja a diario de sus viviendas, que no pueden pagar al haber caído de lleno en las garras del paro y premiar con pensiones de tres millones de euros a directivos como Rodrigo Rato, que han dejado perderse los fondos que el Estado les prestó y que pretenden retirarse sin ofrecer explicaciones a los clientes de la entidad que regentaba.
Vergüenza me daría, mirar a otro lado mientras padres y madres de familia de más de cuarenta años son multitudinariamente despedidos por empresarios sin corazón, a sabiendas de que muchos de ellos no tendrán ya ninguna posibilidad de volver a encontrar empleo, en esta nueva España que quieren crear nuestros políticos, a base de ofrecer a los jóvenes salarios de miseria.
Vergüenza me daría pasearme por Europa como un perro faldero, tras los mismos dirigentes que no tienen piedad con el país que habito y obedecer mansamente sus mandatos tiránicos, sin ser capaz de levantar dignamente la cabeza para negarme a exigencias que sólo puedo cumplir, explotando el salario de los trabajadores y borrando del mapa derechos sociales, que hacen a las personas más humanas y a los países mucho más libres.
Vergüenza me daría, despojar a los ciudadanos de una Sanidad Universal que los protege frente a la enfermedad y de una Educación que los hace más fuertes frente a los avatares de la vida, a cambio de pertenecer a un Club de ricos, al que por condición no pertenezco, y cebarme aún más con los humildes que llegaron hasta nosotros buscando una vida mejor, apartándolos de un plumazo de nuestras instituciones, sin una brizna de caridad para con ellos, como si no pertenecieran al género humano.
Vergüenza me daría, ver pasar delante de mis ojos la interminable lista de políticos implicados en casos flagrantes de corrupción y cerrarlos cuando el amago de justicia que debiera mirar por los intereses de todos, los absuelve una y potra vez de sus delitos, a pesar de contar con pruebas condenatorias y sin que hayan devuelto lo sustraído, como si nos sobrara el dinero.
Vergüenza me daría promover una Reforma Laboral escrita sólo en beneficio de las grandes empresas, promoviendo el despido masivo de cualquier trabajador con un sueldo superior a mil euros, sin derecho a indemnización, y regateando en lo que le corresponde por ley, después de toda una vida de esfuerzo.
Vergüenza me daría perdonar a los que sacaron del país incontables riquezas y ofrecerles una garantía de anonimato si regresa el producto de sus operaciones fraudulentas, casi siempre obtenido de la contribución ciudadana a las arcas del Estado y sibilinamente llevado a Paraísos fiscales, con la única intención de un enriquecimiento personal e intransferible.
Vergüenza me daría, manipular los medios de comunicación a favor de mí mismo, intentando monopolizar la ideología que los gobierna, para dar una imagen de tranquilidad inexistente, que lave mis trapos sucios ante Europa y el Mundo, volviendo a la verticalidad de pensamiento que aparentemente reinaba, en los años de la dictadura.
Vergüenza me daría, tener una tasa de paro juvenil del cincuenta por ciento y permitir que universitarios de intachable expediente, se ocuparan como dependientes de grandes almacenes, ante la imposibilidad de hallar otra salida a sus años de estudio y sacrificio.
Vergüenza me daría, llamarme Presidente de todos los españoles que habitan esta tierra, sin haber entendido uno sólo de los mensajes que me lanzan en las múltiples manifestaciones que reprimo con saña, aludiendo a conspiraciones fantasmas de modernas masonerías, y dando carpetazo a sus peticiones, como si su indignación nada tuviera que ver con mi labor, ni estuviera en mi mano tratar de cambiar el camino, para el bien de la mayoría.
Vergüenza me daría, condenar a mi pueblo al vil garrote de la pobreza y encima decir que lo hago por su bien.
Vergüenza me daría, exigir a esos mismos españoles aún más sacrificios, mientras entrego la recaudación de los mismos a la Banca insaciable que les despoja a diario de sus viviendas, que no pueden pagar al haber caído de lleno en las garras del paro y premiar con pensiones de tres millones de euros a directivos como Rodrigo Rato, que han dejado perderse los fondos que el Estado les prestó y que pretenden retirarse sin ofrecer explicaciones a los clientes de la entidad que regentaba.
Vergüenza me daría, mirar a otro lado mientras padres y madres de familia de más de cuarenta años son multitudinariamente despedidos por empresarios sin corazón, a sabiendas de que muchos de ellos no tendrán ya ninguna posibilidad de volver a encontrar empleo, en esta nueva España que quieren crear nuestros políticos, a base de ofrecer a los jóvenes salarios de miseria.
Vergüenza me daría pasearme por Europa como un perro faldero, tras los mismos dirigentes que no tienen piedad con el país que habito y obedecer mansamente sus mandatos tiránicos, sin ser capaz de levantar dignamente la cabeza para negarme a exigencias que sólo puedo cumplir, explotando el salario de los trabajadores y borrando del mapa derechos sociales, que hacen a las personas más humanas y a los países mucho más libres.
Vergüenza me daría, despojar a los ciudadanos de una Sanidad Universal que los protege frente a la enfermedad y de una Educación que los hace más fuertes frente a los avatares de la vida, a cambio de pertenecer a un Club de ricos, al que por condición no pertenezco, y cebarme aún más con los humildes que llegaron hasta nosotros buscando una vida mejor, apartándolos de un plumazo de nuestras instituciones, sin una brizna de caridad para con ellos, como si no pertenecieran al género humano.
Vergüenza me daría, ver pasar delante de mis ojos la interminable lista de políticos implicados en casos flagrantes de corrupción y cerrarlos cuando el amago de justicia que debiera mirar por los intereses de todos, los absuelve una y potra vez de sus delitos, a pesar de contar con pruebas condenatorias y sin que hayan devuelto lo sustraído, como si nos sobrara el dinero.
Vergüenza me daría promover una Reforma Laboral escrita sólo en beneficio de las grandes empresas, promoviendo el despido masivo de cualquier trabajador con un sueldo superior a mil euros, sin derecho a indemnización, y regateando en lo que le corresponde por ley, después de toda una vida de esfuerzo.
Vergüenza me daría perdonar a los que sacaron del país incontables riquezas y ofrecerles una garantía de anonimato si regresa el producto de sus operaciones fraudulentas, casi siempre obtenido de la contribución ciudadana a las arcas del Estado y sibilinamente llevado a Paraísos fiscales, con la única intención de un enriquecimiento personal e intransferible.
Vergüenza me daría, manipular los medios de comunicación a favor de mí mismo, intentando monopolizar la ideología que los gobierna, para dar una imagen de tranquilidad inexistente, que lave mis trapos sucios ante Europa y el Mundo, volviendo a la verticalidad de pensamiento que aparentemente reinaba, en los años de la dictadura.
Vergüenza me daría, tener una tasa de paro juvenil del cincuenta por ciento y permitir que universitarios de intachable expediente, se ocuparan como dependientes de grandes almacenes, ante la imposibilidad de hallar otra salida a sus años de estudio y sacrificio.
Vergüenza me daría, llamarme Presidente de todos los españoles que habitan esta tierra, sin haber entendido uno sólo de los mensajes que me lanzan en las múltiples manifestaciones que reprimo con saña, aludiendo a conspiraciones fantasmas de modernas masonerías, y dando carpetazo a sus peticiones, como si su indignación nada tuviera que ver con mi labor, ni estuviera en mi mano tratar de cambiar el camino, para el bien de la mayoría.
Vergüenza me daría, condenar a mi pueblo al vil garrote de la pobreza y encima decir que lo hago por su bien.

No hay comentarios:
Publicar un comentario