Si alguien se molestara en hacer recuento del número de políticos y personajes públicos que han defraudado de algún modo al Erario Público, una interminable lista de nombres de cierta relevancia aparecería ante nuestros ojos demostrándonos que incluso son muchos más de los que imaginábamos en principio.
Y si a esos nombres siguieran los números exactos de los capitales defraudados, la deuda que Europa reclama a España carecería probablemente de importancia, e incluso puede que hubiera superavit en las arcas del Estado, como para hacer una buena inversión en puestos de trabajo que aliviaran las cifras de desempleo, que son la vergüenza nacional y nuestro problema más urgente.
Ya nos gustaría a los españoles llevar el tren de vida del que gozan nuestros políticos y altos cargos, con sus viajes en primera clase y sus vacaciones en hoteles de lujo, rodeados de comodidades. Ya nos gustaría acudir a los mejores restaurantes, vestir ropa de las mejores marcas, asistir a las fiestas más punteras, y retirarnos con pensiones millonarias que nos aseguraren una plácida vejez, en el lugar que eligiésemos, en viviendas confortables sin problemas de espacio y sin hipotecas vitalicias que heredarán nuestros hijos, a tenor del número de años que se suscriben cuando se firma el contrato de compra.
Lo malo de esta historia, es que este nivel de primera que se permite disfrutar cualquiera que consigue tener un cargo y sabe algo de la famosa picaresca que nos caracteriza, es que en general, no se trata del fruto de un trabajo honrado, sino que suele nutrirse del capital recaudado por medio de los impuestos a todos los españoles, y que en lugar de revertir en mejoras para la sociedad en general, se da la circunstancia de que se desvía, justamente a determinados bolsillos, produciendo enormes beneficios a nuestros supuestos representantes y dejando nuestras carencias en una lista de espera interminable, que en los más de los casos acaba con una intervención judicial y una sentencia absolutoria.
Alce la mano quien no haya tenido noticias en su lugar de residencia, por pequeño que fuere, de algún caso de desaparición de dinero, corrupción o cohecho, por el que algún representante de Ayuntamiento, Diputación, o cualquier otro organismo en el que se manejaran caudales, haya sido señalado, e incluso juzgado, aunque después la ley lo pusiera en libertad, por motivos inteligibles.
Piensen en esos rumores que oyen en las calles de sus pueblos o ciudades, que dan por ciertos determinados fraudes y que, por falta de pruebas, son archivados o simplemente desaparecen de la circulación, cayendo en el olvido.
Y después mírense, y díganme si con su sueldo pueden permitirse siquiera viajar con los niños a la playa, almorzar en el chiringuito de toda la vida, o comprarse algo de ropa en algún lugar que no sea el mercadillo que ponen los martes en el descampado de su ciudad.
Y díganme si existe verdaderamente la justicia, porque nadie puede escapar de los periodos recaudatorios de Hacienda o negarse a pagar la Contribución, los Sellos de los coches, la basura o el alcantarillado y mientras lo hacemos, somos permanentemente maltratados por las exigencias de los mismos que viven a todo trapo a nuestra costa, y que requieren de nosotros más y más sacrificios, bajadas de sueldos, que renunciemos al derecho a la salud o la educación y que encima callemos, para no nublar su tranquilidad bien ganada de gente pudiente.
Y díganme si no les apetecería echarse a la cara a uno solo de estos defraudadores del bien común para decirle lo que verdaderamente piensan de su comportamiento, si no les gustaría verles entre rejas hasta que no liquidasen totalmente el dinero sustraído, si no quisieran traspasarles, aunque fuera por un día, su angustia para que cuadren las cuentas a fin de mes, su miedo a ser despedidos mañana y toda la indignación que les produce ser manipulados y exprimidos por delincuentes de guante blanco, que encima les piden sus votos.
A mí sí. Quiero tener delante de mis ojos la lista interminable de sus nombres, leerlos, pregonarlos, maldecirlos, y exigir su inmediata desaparición del panorama público nacional y del político, en el que muy pocos entran por razones de ideología y muchos por mero afán de enriquecimiento. Quiero saber a cuánto asciende lo perdido y recuperarlo sin amnistías fiscales, exactamente del bolsillo de quién se lo llevó, que regrese a los españoles que trabajaron duramente para conseguirlo y pagarlo y no volver a leer nada sobre viajes al Caribe, mariscadas, zonas Vips de ninguna parte, coches descapotables, trajes de lujo, jubilaciones millonarias, ni ninguna de estas cosas que por culpa de estos impresentables, probablemente, ninguno de nosotros conocerá jamás.
Y si a esos nombres siguieran los números exactos de los capitales defraudados, la deuda que Europa reclama a España carecería probablemente de importancia, e incluso puede que hubiera superavit en las arcas del Estado, como para hacer una buena inversión en puestos de trabajo que aliviaran las cifras de desempleo, que son la vergüenza nacional y nuestro problema más urgente.
Ya nos gustaría a los españoles llevar el tren de vida del que gozan nuestros políticos y altos cargos, con sus viajes en primera clase y sus vacaciones en hoteles de lujo, rodeados de comodidades. Ya nos gustaría acudir a los mejores restaurantes, vestir ropa de las mejores marcas, asistir a las fiestas más punteras, y retirarnos con pensiones millonarias que nos aseguraren una plácida vejez, en el lugar que eligiésemos, en viviendas confortables sin problemas de espacio y sin hipotecas vitalicias que heredarán nuestros hijos, a tenor del número de años que se suscriben cuando se firma el contrato de compra.
Lo malo de esta historia, es que este nivel de primera que se permite disfrutar cualquiera que consigue tener un cargo y sabe algo de la famosa picaresca que nos caracteriza, es que en general, no se trata del fruto de un trabajo honrado, sino que suele nutrirse del capital recaudado por medio de los impuestos a todos los españoles, y que en lugar de revertir en mejoras para la sociedad en general, se da la circunstancia de que se desvía, justamente a determinados bolsillos, produciendo enormes beneficios a nuestros supuestos representantes y dejando nuestras carencias en una lista de espera interminable, que en los más de los casos acaba con una intervención judicial y una sentencia absolutoria.
Alce la mano quien no haya tenido noticias en su lugar de residencia, por pequeño que fuere, de algún caso de desaparición de dinero, corrupción o cohecho, por el que algún representante de Ayuntamiento, Diputación, o cualquier otro organismo en el que se manejaran caudales, haya sido señalado, e incluso juzgado, aunque después la ley lo pusiera en libertad, por motivos inteligibles.
Piensen en esos rumores que oyen en las calles de sus pueblos o ciudades, que dan por ciertos determinados fraudes y que, por falta de pruebas, son archivados o simplemente desaparecen de la circulación, cayendo en el olvido.
Y después mírense, y díganme si con su sueldo pueden permitirse siquiera viajar con los niños a la playa, almorzar en el chiringuito de toda la vida, o comprarse algo de ropa en algún lugar que no sea el mercadillo que ponen los martes en el descampado de su ciudad.
Y díganme si existe verdaderamente la justicia, porque nadie puede escapar de los periodos recaudatorios de Hacienda o negarse a pagar la Contribución, los Sellos de los coches, la basura o el alcantarillado y mientras lo hacemos, somos permanentemente maltratados por las exigencias de los mismos que viven a todo trapo a nuestra costa, y que requieren de nosotros más y más sacrificios, bajadas de sueldos, que renunciemos al derecho a la salud o la educación y que encima callemos, para no nublar su tranquilidad bien ganada de gente pudiente.
Y díganme si no les apetecería echarse a la cara a uno solo de estos defraudadores del bien común para decirle lo que verdaderamente piensan de su comportamiento, si no les gustaría verles entre rejas hasta que no liquidasen totalmente el dinero sustraído, si no quisieran traspasarles, aunque fuera por un día, su angustia para que cuadren las cuentas a fin de mes, su miedo a ser despedidos mañana y toda la indignación que les produce ser manipulados y exprimidos por delincuentes de guante blanco, que encima les piden sus votos.
A mí sí. Quiero tener delante de mis ojos la lista interminable de sus nombres, leerlos, pregonarlos, maldecirlos, y exigir su inmediata desaparición del panorama público nacional y del político, en el que muy pocos entran por razones de ideología y muchos por mero afán de enriquecimiento. Quiero saber a cuánto asciende lo perdido y recuperarlo sin amnistías fiscales, exactamente del bolsillo de quién se lo llevó, que regrese a los españoles que trabajaron duramente para conseguirlo y pagarlo y no volver a leer nada sobre viajes al Caribe, mariscadas, zonas Vips de ninguna parte, coches descapotables, trajes de lujo, jubilaciones millonarias, ni ninguna de estas cosas que por culpa de estos impresentables, probablemente, ninguno de nosotros conocerá jamás.

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