En este Primero de Mayo estigmatizado por la crisis, las Centrales Sindicales calculan haber conseguido sacar a la calle a un millón de personas, absolutamente entregadas en levantar la voz contra la Reforma Laboral del Gobierno Rajoy y los recortes practicados en temas sociales, que se verán incrementados en las próximas semanas, si todo sigue como hasta ahora.
Teniendo en cuenta que el desarrollo de los acontecimientos está poniendo en tela de juicio un modelo de Sociedad y que afecta y afrenta gravemente la integridad de la práctica totalidad del pueblo español, la cifra de manifestantes no parece reflejar la realidad de la indignación y desde luego se queda corta, en relación con los que tendrían un motivo para sumarse a la protesta.
Llama significativamente la atención que existiendo casi seis millones de desempleados, los que se encuentran en tal desamparo no abandonen la placidez del hogar para incorporarse de manera inmediata a cualquier convocatoria que luche por mejorar su situación, ni se afanen en colocarse a la cabeza de las concentraciones, exigiendo con voz alta y clara una solución inmediata a sus problemas laborales y una política encaminada a la creación de empleo que les ayude a prescindir del subsidio de cuatrocientos euros aportado por el estado y a retomar la dignidad de poder vivir, gracias al fruto de su propio esfuerzo.
El silencio ensordecedor que rodea a esta inmensa mayoría de españoles, en gran parte nutrida por una juventud sin esperanza de futuro, resulta absolutamente incomprensible e inaceptable, si se entiende por sumisión y aceptación de una degradación personal cada vez mayor, que sucumbe a las reglas impuestas por el poder económico, sin ni siquiera intentar un modo de lucha que les permita recuperar la dignidad, abandonando la esperanza de que las cosas pueden cambiarse.
Atrapados por la estrategia del miedo, en la que son especialistas los Gobiernos europeos y esclavizados intelectualmente por la premisa de que la protesta no sirve para nada, la parte de la población más afectada por la crisis, ha resuelto dejarse vencer y espera aterrorizada una oportunidad de ser explotada por un sistema, que ha terminado por robarle su voluntad e instalarla exactamente donde se quería que estuviese, para poder utilizar su capacidad de trabajo, en beneficio exclusivo de los que detentan el poder.
Está claro que estos parados silenciosos aceptarán cualquier propuesta laboral que se les ofrezca y que acudirán a sus futuros lugares de trabajo admitiendo volver a jornadas de doce o más horas, a cambio de salarios de miseria y que además, probablemente serán alentados a hacerlo por el grueso de su núcleo familiar, como si este tipo de contrato se tratara de un regalo caído del cielo, que viniera a terminar con años de inactividad y hubiera que conservarlo de por vida. Las consecuencias de la miseria abducida por la clase poderosa está empezando a dar sus frutos y esta sumisión tácita es la primera muestra de que el plan ha funcionado a las mil maravillas.
Y sin embargo habría que decir que esta actitud gregaria no es precisamente meritoria en tiempos como éstos y que primordialmente, habría que fomentar una recuperación de la autoestima como prioridad para salir del abismo de terror en que se encuentran éstos desempleados de nuevo cuño, que han perdido toda noción de cuál sería su auténtico poder, si vuelven a recuperar su conciencia de clase.
Es público y notorio que los dueños de la riqueza son, de manera innata, inmensamente codiciosos y que fomentando la crisis han visto un filón para ver triplicados sus beneficios, cosa que conseguirán fácilmente si logran dividir a los ciudadanos enterrando cualquier posibilidad de insumisión, con ofrecimientos pasajeros de una mejoría leve en su miseria.
De ahí la utilización reiterada de los medios de comunicación a su alcance y especialmente de los audiovisuales, para transmitir el mensaje rotundo de que la protesta es inservible. De ahí su afán por conseguir con urgencia convencer a los incautos de que las medidas lesivas para ellos se toman por su bien y su empecinamiento en ir arrebatando sibilinamente los derechos sociales que protegen a los humildes ante la injusticia, para colocarlos frente a la desesperación, sin ningún tipo de arma que pueda paliar su sufrimiento.
De ahí arremeter contra la Educación Universal que ayuda a los hombres a enfrentarse con inteligencia a la injusticia, en el convencimiento de que la ignorancia hace más manejable a la masa, y de ahí volver a establecer diferencias abismales entre los pobres y los ricos, a sabiendas de que la pobreza termina por aniquilar a los individuos, hasta hacerlos volver a la esclavitud de otros siglos.
Que el pueblo tenga carencias básicas hace de él un blanco fácil al que llevar dócilmente en la dirección deseada y esas carencias afectan gravemente, por ejemplo, a la salud o la alimentación, será sencillo comprar su silencio a cambio de pequeñas limosnas disfrazadas de paternalismo.
Que hablen los parados, por favor. La solidaridad ciudadana, en su caso, será puesta en práctica de manera inmediata. Que vuelvan a la unidad con los suyos, con todos nosotros, para escapar de la indignidad de su silencio y manifestar a gritos su negación a ser considerados inferiores o a ser conducidos a la ignorancia. Que hagan visible la extensa sombra de la injusticia que se ceba con ellos, reclamando un lugar en el mundo y un futuro mejor para ellos mismos y para sus hijos. Su rebeldía es indispensable para cambiar el curso de esta historia macabra y su voz imprescindible para retomar el curso de la esperanza.
Teniendo en cuenta que el desarrollo de los acontecimientos está poniendo en tela de juicio un modelo de Sociedad y que afecta y afrenta gravemente la integridad de la práctica totalidad del pueblo español, la cifra de manifestantes no parece reflejar la realidad de la indignación y desde luego se queda corta, en relación con los que tendrían un motivo para sumarse a la protesta.
Llama significativamente la atención que existiendo casi seis millones de desempleados, los que se encuentran en tal desamparo no abandonen la placidez del hogar para incorporarse de manera inmediata a cualquier convocatoria que luche por mejorar su situación, ni se afanen en colocarse a la cabeza de las concentraciones, exigiendo con voz alta y clara una solución inmediata a sus problemas laborales y una política encaminada a la creación de empleo que les ayude a prescindir del subsidio de cuatrocientos euros aportado por el estado y a retomar la dignidad de poder vivir, gracias al fruto de su propio esfuerzo.
El silencio ensordecedor que rodea a esta inmensa mayoría de españoles, en gran parte nutrida por una juventud sin esperanza de futuro, resulta absolutamente incomprensible e inaceptable, si se entiende por sumisión y aceptación de una degradación personal cada vez mayor, que sucumbe a las reglas impuestas por el poder económico, sin ni siquiera intentar un modo de lucha que les permita recuperar la dignidad, abandonando la esperanza de que las cosas pueden cambiarse.
Atrapados por la estrategia del miedo, en la que son especialistas los Gobiernos europeos y esclavizados intelectualmente por la premisa de que la protesta no sirve para nada, la parte de la población más afectada por la crisis, ha resuelto dejarse vencer y espera aterrorizada una oportunidad de ser explotada por un sistema, que ha terminado por robarle su voluntad e instalarla exactamente donde se quería que estuviese, para poder utilizar su capacidad de trabajo, en beneficio exclusivo de los que detentan el poder.
Está claro que estos parados silenciosos aceptarán cualquier propuesta laboral que se les ofrezca y que acudirán a sus futuros lugares de trabajo admitiendo volver a jornadas de doce o más horas, a cambio de salarios de miseria y que además, probablemente serán alentados a hacerlo por el grueso de su núcleo familiar, como si este tipo de contrato se tratara de un regalo caído del cielo, que viniera a terminar con años de inactividad y hubiera que conservarlo de por vida. Las consecuencias de la miseria abducida por la clase poderosa está empezando a dar sus frutos y esta sumisión tácita es la primera muestra de que el plan ha funcionado a las mil maravillas.
Y sin embargo habría que decir que esta actitud gregaria no es precisamente meritoria en tiempos como éstos y que primordialmente, habría que fomentar una recuperación de la autoestima como prioridad para salir del abismo de terror en que se encuentran éstos desempleados de nuevo cuño, que han perdido toda noción de cuál sería su auténtico poder, si vuelven a recuperar su conciencia de clase.
Es público y notorio que los dueños de la riqueza son, de manera innata, inmensamente codiciosos y que fomentando la crisis han visto un filón para ver triplicados sus beneficios, cosa que conseguirán fácilmente si logran dividir a los ciudadanos enterrando cualquier posibilidad de insumisión, con ofrecimientos pasajeros de una mejoría leve en su miseria.
De ahí la utilización reiterada de los medios de comunicación a su alcance y especialmente de los audiovisuales, para transmitir el mensaje rotundo de que la protesta es inservible. De ahí su afán por conseguir con urgencia convencer a los incautos de que las medidas lesivas para ellos se toman por su bien y su empecinamiento en ir arrebatando sibilinamente los derechos sociales que protegen a los humildes ante la injusticia, para colocarlos frente a la desesperación, sin ningún tipo de arma que pueda paliar su sufrimiento.
De ahí arremeter contra la Educación Universal que ayuda a los hombres a enfrentarse con inteligencia a la injusticia, en el convencimiento de que la ignorancia hace más manejable a la masa, y de ahí volver a establecer diferencias abismales entre los pobres y los ricos, a sabiendas de que la pobreza termina por aniquilar a los individuos, hasta hacerlos volver a la esclavitud de otros siglos.
Que el pueblo tenga carencias básicas hace de él un blanco fácil al que llevar dócilmente en la dirección deseada y esas carencias afectan gravemente, por ejemplo, a la salud o la alimentación, será sencillo comprar su silencio a cambio de pequeñas limosnas disfrazadas de paternalismo.
Que hablen los parados, por favor. La solidaridad ciudadana, en su caso, será puesta en práctica de manera inmediata. Que vuelvan a la unidad con los suyos, con todos nosotros, para escapar de la indignidad de su silencio y manifestar a gritos su negación a ser considerados inferiores o a ser conducidos a la ignorancia. Que hagan visible la extensa sombra de la injusticia que se ceba con ellos, reclamando un lugar en el mundo y un futuro mejor para ellos mismos y para sus hijos. Su rebeldía es indispensable para cambiar el curso de esta historia macabra y su voz imprescindible para retomar el curso de la esperanza.

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