Todos nos preguntamos con cierta inquietud de dónde se sacarán los 7.500 millones que Bankia necesita para ser reflotada y esperamos la llegada del viernes para que Soraya Sainz de Santamaría nos aclare, si esto también es cosa nuestra.
Últimamente, suelen obsequiarnos cada semana con una desagradable sorpresa y como parece que el gobierno tiene muy claro que esta crisis será financiada, en su totalidad, por los trabajadores españoles, se está empezando a convertir en rutina que nos enteremos, a través de la Vicepresidenta, de los nuevos recortes que nos decretan y de en qué parte de nuestra vida nos afectarán, por mucho que nos disguste seguir prescindiendo de cosas que hasta ayer nos eran absolutamente necesarias para seguir viviendo.
De algún modo habrá que sufragar el crasísimo error de Rato en la Banca madrileña y está claro que tratándose de un negocio de tal categoría, nuestros gobernantes no van a permitir que se cierre, como sería de esperar si se tratara de algún otro, montado con el sacrificio de alguna familia, o incluso de alguna fábrica con solera, de ésas que ponen de repente en la calle a dos o tres mil trabajadores, sin que nadie sugiera siquiera una ayuda estatal con que mantener estos empleos.
Pero tratándose de la Diosa Banca, todo es diferente y parece que estemos condenados por una especie de maldición divina a mantener estas entidades en pie y a prescindir hasta de lo más elemental para que no peligre su supervivencia, pues “nada” valdría el mundo actual, si la Banca desapareciese.
En realidad sólo se trata de una cuestión de rutina. Hace años que comenzamos a ser víctimas de una dependencia total de los bancos y nos quedamos enganchados a ellos, sin que ahora sepamos qué hacer, si hipotéticamente dejaran de funcionar, cosa absolutamente improbable.
Y sin embargo, habría vida después de la Banca, e incluso nos ahorraríamos más de un sofocón si no contásemos con ella. Todo empezaría, por ejemplo, por exigir a nuestras empresas el pago en metálico de nuestros salarios, con lo que bien podríamos ahorrarnos también el costo periódico de ese trozo de plástico que llaman tarjeta, pues al conservar nuestro dinero en casa, podríamos abonar en efectivo la cuenta del supermercado y cualquier otra compra que pudiéramos hacer a lo largo del mes, sin depender de si funciona o no el maldito cajero, que en tan malas condiciones está siempre, sin que nadie se preocupe de su puesta a punto.
Si además exigiéramos que volvieran a existir oficinas de cobro para nuestras cuentas de luz, gas, teléfono o agua, por ejemplo, de algún modo estaríamos contribuyendo a la creación de nuevos puestos de trabajo, con lo cual las cifras del paro empezarían también a reducirse, a lo que podría sumarse la buena práctica de pagar en mano todo lo relacionado con nuestros impuestos, léase municipales, o los que se refieren a la Hacienda Pública, por lo que cabría convocar nuevas oposiciones a funcionario, ahora que tanta falta hace atajar el problema del desempleo.
Es evidente, que si la Banca no contara con los ingresos de todos los españoles, tendría que acabar por asumir que ha agotado la paciencia del pueblo, e ir pensando, si sus dueños le tienen amor a esto de los negocios, en abrir otras empresas que nada tuvieran que ver con capitales, hipotecas y toda esta suerte de usura moderna, aunque naturalmente para ello, hubieran de renunciar de una vez, a los jugosos beneficios que durante años les hemos aportado los sufridos ciudadanos a los que atraparon en sus redes, con la intención de no volver a soltarlos jamás.
Créanme, la psicosis que ahora supone volver a tener un rincón para guardar el dinero en casa, es cosa que se cura con el paso del tiempo, e igual que nos fuimos haciendo adictos a este mundo virtual, en el que nunca pasan por nuestras manos los pocos o muchos recursos con los que contamos, sin hacer demasiado esfuerzo, seríamos capaces de salir a la calle cada mañana, sin tener ninguna necesidad de pasar por el banco, usar la tarjeta, o cabrearnos por alguna de esas comisiones fantasmas que de pronto nos cobran, sin haber oído nunca antes hablar de ella.
Si la puta Banca no existiera, nadie hubiera embargado su piso a ningún ciudadano decente, ni el Estado hubiera necesitado desembolsar los cuantiosos capitales que han servido para sacar del pozo de la ruina a los auténticos artífices de esta crisis que nos asfixia. Ahora, no estaríamos preguntándonos quién pagará la deuda de Bankia, ni nos levantaríamos a diario rezando para que no se hunda ninguna otra Caja de alguna Comunidad, ni nos importaría si se unen entre ellos, para seguir sangrando a la ciudadanía, cada vez que fracasan en sus gestiones los economistas de alto standing.
En esto, habría que actuar exactamente igual que cuando entramos en una tienda y somos mal atendidos por sus empleados, o estafados si nos venden un tipo de mercancía defectuosa. Cuando esto nos ocurre, no volvemos a entrar.
Pues bien, ¿acaso no está en estas instituciones la causa de todos nuestros males? ¿No hemos sido vapuleados, ninguneados, estafados en nuestras inversiones, engañados y luego utilizados para reflotar el fracaso que ellos mismos indujeron, autorizando préstamos, que de antemano se sabían incobrables?
Entonces seamos valientes y demos el primer paso para que esto no pueda repetirse jamás. Si no volvemos a pisar un banco, seguro, seremos mucho más felices.
Últimamente, suelen obsequiarnos cada semana con una desagradable sorpresa y como parece que el gobierno tiene muy claro que esta crisis será financiada, en su totalidad, por los trabajadores españoles, se está empezando a convertir en rutina que nos enteremos, a través de la Vicepresidenta, de los nuevos recortes que nos decretan y de en qué parte de nuestra vida nos afectarán, por mucho que nos disguste seguir prescindiendo de cosas que hasta ayer nos eran absolutamente necesarias para seguir viviendo.
De algún modo habrá que sufragar el crasísimo error de Rato en la Banca madrileña y está claro que tratándose de un negocio de tal categoría, nuestros gobernantes no van a permitir que se cierre, como sería de esperar si se tratara de algún otro, montado con el sacrificio de alguna familia, o incluso de alguna fábrica con solera, de ésas que ponen de repente en la calle a dos o tres mil trabajadores, sin que nadie sugiera siquiera una ayuda estatal con que mantener estos empleos.
Pero tratándose de la Diosa Banca, todo es diferente y parece que estemos condenados por una especie de maldición divina a mantener estas entidades en pie y a prescindir hasta de lo más elemental para que no peligre su supervivencia, pues “nada” valdría el mundo actual, si la Banca desapareciese.
En realidad sólo se trata de una cuestión de rutina. Hace años que comenzamos a ser víctimas de una dependencia total de los bancos y nos quedamos enganchados a ellos, sin que ahora sepamos qué hacer, si hipotéticamente dejaran de funcionar, cosa absolutamente improbable.
Y sin embargo, habría vida después de la Banca, e incluso nos ahorraríamos más de un sofocón si no contásemos con ella. Todo empezaría, por ejemplo, por exigir a nuestras empresas el pago en metálico de nuestros salarios, con lo que bien podríamos ahorrarnos también el costo periódico de ese trozo de plástico que llaman tarjeta, pues al conservar nuestro dinero en casa, podríamos abonar en efectivo la cuenta del supermercado y cualquier otra compra que pudiéramos hacer a lo largo del mes, sin depender de si funciona o no el maldito cajero, que en tan malas condiciones está siempre, sin que nadie se preocupe de su puesta a punto.
Si además exigiéramos que volvieran a existir oficinas de cobro para nuestras cuentas de luz, gas, teléfono o agua, por ejemplo, de algún modo estaríamos contribuyendo a la creación de nuevos puestos de trabajo, con lo cual las cifras del paro empezarían también a reducirse, a lo que podría sumarse la buena práctica de pagar en mano todo lo relacionado con nuestros impuestos, léase municipales, o los que se refieren a la Hacienda Pública, por lo que cabría convocar nuevas oposiciones a funcionario, ahora que tanta falta hace atajar el problema del desempleo.
Es evidente, que si la Banca no contara con los ingresos de todos los españoles, tendría que acabar por asumir que ha agotado la paciencia del pueblo, e ir pensando, si sus dueños le tienen amor a esto de los negocios, en abrir otras empresas que nada tuvieran que ver con capitales, hipotecas y toda esta suerte de usura moderna, aunque naturalmente para ello, hubieran de renunciar de una vez, a los jugosos beneficios que durante años les hemos aportado los sufridos ciudadanos a los que atraparon en sus redes, con la intención de no volver a soltarlos jamás.
Créanme, la psicosis que ahora supone volver a tener un rincón para guardar el dinero en casa, es cosa que se cura con el paso del tiempo, e igual que nos fuimos haciendo adictos a este mundo virtual, en el que nunca pasan por nuestras manos los pocos o muchos recursos con los que contamos, sin hacer demasiado esfuerzo, seríamos capaces de salir a la calle cada mañana, sin tener ninguna necesidad de pasar por el banco, usar la tarjeta, o cabrearnos por alguna de esas comisiones fantasmas que de pronto nos cobran, sin haber oído nunca antes hablar de ella.
Si la puta Banca no existiera, nadie hubiera embargado su piso a ningún ciudadano decente, ni el Estado hubiera necesitado desembolsar los cuantiosos capitales que han servido para sacar del pozo de la ruina a los auténticos artífices de esta crisis que nos asfixia. Ahora, no estaríamos preguntándonos quién pagará la deuda de Bankia, ni nos levantaríamos a diario rezando para que no se hunda ninguna otra Caja de alguna Comunidad, ni nos importaría si se unen entre ellos, para seguir sangrando a la ciudadanía, cada vez que fracasan en sus gestiones los economistas de alto standing.
En esto, habría que actuar exactamente igual que cuando entramos en una tienda y somos mal atendidos por sus empleados, o estafados si nos venden un tipo de mercancía defectuosa. Cuando esto nos ocurre, no volvemos a entrar.
Pues bien, ¿acaso no está en estas instituciones la causa de todos nuestros males? ¿No hemos sido vapuleados, ninguneados, estafados en nuestras inversiones, engañados y luego utilizados para reflotar el fracaso que ellos mismos indujeron, autorizando préstamos, que de antemano se sabían incobrables?
Entonces seamos valientes y demos el primer paso para que esto no pueda repetirse jamás. Si no volvemos a pisar un banco, seguro, seremos mucho más felices.

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