Me despierta el sobresalto de una noticia que me parece oír entre sueños, pensando, por un momento, que no puede ser cierta, en ese extraño estado que produce el tránsito humano hacia la realidad.
La información procede de la Generalitat Catalana, que parce albergar la pretensión de que el Gobierno Central pague los gastos originados por los estudiantes que provengan de otras Comunidades Autónomas del país, en un intento de sufragar el déficit de las Universidades que regentan, con los impuestos de todos los españoles.
Ya sabíamos que el señor Mas y sus correligionarios se declaraban abiertamente nacionalistas y que todas sus gestiones iban siempre encaminadas a una exaltación permanente de un sentimiento plenamente catalanista, pero esta pretensión suya, de llegar a hacerse realidad, introduciría un peligroso elemento xenófobo en la escuela, estableciendo un factor discriminatorio, nada recomendable, colocando a una parte del territorio en una posición demasiado favorable, con respecto a las que habitamos los demás ciudadanos, de lo que, todavía, es este país.
Hemos de incidir nuevamente, sin que haya otro remedio, en la manifiesta cerrazón mental que acarrean los nacionalismos a quienes los practican, cuando se dejan arrastrar por ellos hasta límites que rayan en un fundamentalismo, que empieza a establecer diferencias entre las personas, por el mero hecho de pertenecer a una franja territorial, aunque esta fuera la más poderosa de la tierra.
Establecer barreras económicas que imposibiliten el acceso a las Universidades Catalanas de aquellos que, por la razón que fuere, hubieran decidido formarse en ellas, sea cual sea su lugar de procedencia, impide a la vez, que buenos cerebros puedan, tras terminar sus estudios, establecerse en Cataluña, privando así a su propia comunidad, de poder gozar de excelentes profesionales, cuyo trabajo repercuta en beneficio del bien común.
El radicalismo que demuestran los promotores de esta absurda medida, no cuenta con que, en un futuro, también sus estudiantes podrían encontrar dificultades para matricularse donde decidan, en justo pago a lo que su gobierno hace con los otros y los condenaría a moverse en una especie de gheto académico, que coartaría su libertad para recibir una educación universal, a la que, desde luego, todos tienen derecho.
Mientras los ciudadanos del mundo se proponen derribar cuanto antes las fronteras, para poder acceder a mayores beneficios, sin cortapisas ni yugos represores, estos nacionalismos exacerbados, van cerrando en torno a sí mismos, un círculo cada vez más pequeño, que impide a los hombres crecer, en toda la intensidad que permite, no establecer diferencias culturales, ideológicas o idiomáticas.
Se pierden toda la amplitud de miras que da no hacer distinciones con los demás, aprendiendo las cosas buenas de todos y agradeciendo cualquier aportación que cualquier otro pueda ofrecer, pero quizá, en la pequeñez mental que demuestran, no quepan en ellos, conceptos universales que engrandezcan a la humanidad.
Incomprensible en el SXXI
La información procede de la Generalitat Catalana, que parce albergar la pretensión de que el Gobierno Central pague los gastos originados por los estudiantes que provengan de otras Comunidades Autónomas del país, en un intento de sufragar el déficit de las Universidades que regentan, con los impuestos de todos los españoles.
Ya sabíamos que el señor Mas y sus correligionarios se declaraban abiertamente nacionalistas y que todas sus gestiones iban siempre encaminadas a una exaltación permanente de un sentimiento plenamente catalanista, pero esta pretensión suya, de llegar a hacerse realidad, introduciría un peligroso elemento xenófobo en la escuela, estableciendo un factor discriminatorio, nada recomendable, colocando a una parte del territorio en una posición demasiado favorable, con respecto a las que habitamos los demás ciudadanos, de lo que, todavía, es este país.
Hemos de incidir nuevamente, sin que haya otro remedio, en la manifiesta cerrazón mental que acarrean los nacionalismos a quienes los practican, cuando se dejan arrastrar por ellos hasta límites que rayan en un fundamentalismo, que empieza a establecer diferencias entre las personas, por el mero hecho de pertenecer a una franja territorial, aunque esta fuera la más poderosa de la tierra.
Establecer barreras económicas que imposibiliten el acceso a las Universidades Catalanas de aquellos que, por la razón que fuere, hubieran decidido formarse en ellas, sea cual sea su lugar de procedencia, impide a la vez, que buenos cerebros puedan, tras terminar sus estudios, establecerse en Cataluña, privando así a su propia comunidad, de poder gozar de excelentes profesionales, cuyo trabajo repercuta en beneficio del bien común.
El radicalismo que demuestran los promotores de esta absurda medida, no cuenta con que, en un futuro, también sus estudiantes podrían encontrar dificultades para matricularse donde decidan, en justo pago a lo que su gobierno hace con los otros y los condenaría a moverse en una especie de gheto académico, que coartaría su libertad para recibir una educación universal, a la que, desde luego, todos tienen derecho.
Mientras los ciudadanos del mundo se proponen derribar cuanto antes las fronteras, para poder acceder a mayores beneficios, sin cortapisas ni yugos represores, estos nacionalismos exacerbados, van cerrando en torno a sí mismos, un círculo cada vez más pequeño, que impide a los hombres crecer, en toda la intensidad que permite, no establecer diferencias culturales, ideológicas o idiomáticas.
Se pierden toda la amplitud de miras que da no hacer distinciones con los demás, aprendiendo las cosas buenas de todos y agradeciendo cualquier aportación que cualquier otro pueda ofrecer, pero quizá, en la pequeñez mental que demuestran, no quepan en ellos, conceptos universales que engrandezcan a la humanidad.
Incomprensible en el SXXI

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