martes, 13 de marzo de 2012

Austeridad para los otros

La noticia de que la Generalitat de Cataluña ha vuelto a rebajar el sueldo a los funcionarios, en un dos por ciento, coincide en las rotativas con la de que el señor Aznar, ha visto aumentado su patrimonio personal en un millón y medio de euros, procedentes de sus actividades como consejero y orador.
Los españoles asistimos perplejos a este tipo de política que culpabiliza a los ciudadanos inocentes de la crisis que provocaron otros y coloca en un pedestal de poder económico, a cuántos se retiran de un cargo público, de manera vitalicia, sin exigir a estos nuevos ricos, ni un mínimo esfuerzo que contribuya a paliar la difícil situación que atravesamos, y sin pedir explicaciones detalladas de la procedencia de los capitales que les sobrevienen, en unos golpes de fortuna, que nunca son para los trabajadores que costean con su esfuerzo, los excesos de otros.
Los sufridos empleados públicos parecen ser los primeros en ser atacados en su derecho constitucional a un salario digno y vuelven a protagonizar, ahora a manos de los nacionalistas, un nuevo episodio de merma de su poder adquisitivo, en una de las comunidades más endeudadas del país, que encima, parece dar como buenas las terribles reformas propuestas por un PP, antes tan distanciado de sus propuestas políticas y tantas veces criticado, por activa y por pasiva, por los líderes que ahora gobiernan en Cataluña.
La diosa fortuna mientras tanto, se instala en la casa de los Aznar, colocando al ex presidente y a su esposa en una holgadísima situación económica, que en nada se parece a las necesidades que sufren millones de personas en una nación, que poco tiene que agradecer a su pasada gestión, y mucho menos, al persistente pesimismo que demuestra en todas y cada una de sus declaraciones sobre el futuro y que no hacen otra cosa más que sobrecoger al ciudadano con sus tintes catastrofistas.
Pero, en qué contribuyen los Aznar para la resolución de la crisis, es una incógnita incontestable que nunca obtendrá respuesta, pues una vez instalados los suyos en el poder, la realidad será probablemente disfrazada con la teoría de que su enriquecimiento personal tiene mucho que ver con su “esfuerzo” y también con el agradecimiento que la comunidad internacional debe a su contribución a sucesos como la guerra de Irak, sempiternamente recordado, por la famosa foto de las Azores.
Así que el deterioro, la pobreza, la angustia y el desempleo, quedan simplemente reservados para los ciudadanos que con el poco trabajo que queda, colaboran para tapar los enormes agujeros dejados por la corrupción y el despilfarro que nuestros gobernantes, de todo signo, dejan en las instituciones públicas, tras arrasarlas a su paso y sin ningún costo por su parte, ni jurídica, ni económicamente.
¿Es posible resignarse a esta abismal diferencia entre nosotros?
Categóricamente no, por lo que se requeriría un inmediato levantamiento popular, que exigiera minuciosas explicaciones sobre lo que acontece con los políticos cuando terminan su mandato y sobre los destinos que parecen tener reservados, al finalizar su actividad en Parlamentos, Ayuntamientos, Diputaciones, o cualquier otro organismo costeado con la contribución ciudadana y arruinado, en la mayoría de los casos por un desvío de fondos que se ha hecho costumbre y por la mala gestión de los que en ellos gobiernan.
¿Es justo que cinco millones de personas estén al borde de la miseria, mientras otros se lucran vitaliciamente de una actividad que ejercieron en el pasado, gracias al voto que les otorgó la sociedad, en un momento puntual de su historia?
Las rentas que produce el ejercicio de la política, son absolutamente impensables en cualquier otra profesión y vulneran claramente el derecho de igualdad entre los ciudadanos de una nación democrática y hasta debieran ser constitutivas de delito, en el caso de que existiera un justicia real, que investigara a fondo estas veleidades del destino, estableciendo agravios comparativos, con las que aguardan a cualquier trabajador cuando deja una empresa.
Pero está claro que ni existe esa posibilidad, ni está en nuestras manos establecer una reforma integral de la ley, que castigue esta forma de enriquecimiento repentino, tan común para los altos cargos de la nación, cuando les llega la hora de un retiro forzoso.
Aunque, afortunadamente, todavía podemos, al menos, denunciarlo, y alertar a nuestros vecinos, en la proximidad de cada uno de los comicios electorales, sobre la verdad que separa las hermosas teorías que se pregonan en los mítines y la contribución personal de cada cual, a favor del bienestar común, que es lo auténticamente importante.
Hoy hemos sabido cómo se sacrifica el señor Aznar por nosotros. ¿Harán lo mismo todos los miembros de su partido?.

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