lunes, 19 de marzo de 2012

La otra primavera

Empieza a oler a Primavera, en uno de esos años inciertos, en los que las preocupaciones más elementales, parecen restar importancia a estos pequeños detalles de la vida, que nos alegran cuando los tiempos son más proclives a la esperanza.
El discurso ensordecedor de la campaña electoral andaluza, sigue su curso habitual de ataques frontales entre contendientes, sin que ninguno, verdaderamente, ofrezca una salida creíble al durísimo problema que está dejando en la pobreza a las familias de nuestro país, si no es pasando por una serie de drásticas medidas, que más que ayudar, parecen arrastrarnos a un futuro peor, al que no queremos llegar, de ninguna de las maneras.
La gente empieza a liberarse de las ropas y también de los prejuicios que los mantenían atados a un crudo invierno emocional y su despertar los arrastra a las calles para manifestar un descontento generalizado, con un fuerte sabor a indignación, que no hace otra cosa más que exponer a los cuatro vientos su hartazgo por ser manipulados por una naciente clase de políticos poderosos, nada en consonancia con las necesidades de sus pueblos.
Hay ambiente de huelga general exitosa, con independencia de quién la convoque, y aún más, si el resultado de los comicios da como vencedor al PP, que empieza a ser muy cuestionado en sus propios feudos, como pudo verse ayer en las fiestas valencianas, en otro tiempo propicias al lucimiento personal de sus líderes, botando en el balcón del Ayuntamiento, en olor de multitudes.
El periodo en que les ha tocado gobernar, podría decirse, que se ha caracterizado, fundamentalmente, por su intensidad y ha provocado un desgaste importante, que empequeñece el protagonizado por su antecesor Zapatero, al que tan duramente criticaron mientras ejercían aquella oposición desleal, de la que ahora no quieren acordarse.
Están inquietos, porque no queda claro que el veterano Arenas sea, ni aún contando con el caso de los ERE, capaz de acabar con la supremacía socialista en la Comunidad más grande de España, y sacan del arcón sus mejores galas, dejando perlas impagables en su discurso mitinero, como la que afirma que el PP es el partido de los mismos trabajadores, a los que degüellan con sus medidas y recortes, convirtiéndolos en esclavos.
Sólo sus socios catalanes parecen comprender y apoyar el devenir de su nefasta política, cayendo en los mismos errores que deterioran la imagen de esta derecha soberbia, que cree tener la guerra ganada porque se alzó con el triunfo, en unas elecciones de rabietas mayestáticas y de votos de castigo, de los que muchos se han arrepentido ya, a sólo unos meses de haberlos depositado en las urnas.
Brama la ultraderecha contra los disidentes, a los que aún llaman rojos en la intimidad, y se preparan para modificar a su favor la ley de huelga, incluso antes de saber si el pueblo responderá a la llamada de unos sindicatos bastante deteriorados, por su complacencia con los poderes que los subvencionan,
Nadie puede saber qué pasará, pero en previsión de males mayores, conviene seguir recordando que todavía conservamos un mínimo de dignidad y, mientras nos dejen, habremos de continuar alzando la voz en nuestra propia defensa, tan abandonada últimamente por los que, en realidad, debieran representarnos, sobre todo para que podamos conservar una serie de derechos, que costaron sudor y sangre, a lo largo de varios siglos de lucha.
Si llegara también la primavera a nuestros corazones y pudiéramos abandonar la oscuridad que nos impone la contaminación del ambiente político, tal vez el concepto de hombre podría recuperar su sitio, en esta época de discordia, que le condena, sin remisión, al fracaso y al silencio.

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