lunes, 26 de marzo de 2012

Resaca electoral

Emulando al ex Presidente Aznar, en su reiterada manía de hacer declaraciones cuando se encontraba lejos del País, Mariano Rajoy se ha pronunciado sobre los resultados electorales en Andalucía y Asturias, desde Seul, restando importancia a lo sucedido, que tanto dista de la mayoría absoluta que daban por segura y que deja a Javier Arenas fuera de la posibilidad de gobernar, en la comunidad que siempre se ha considerado como el granero socialista.
Después de cuatro intentos, el líder popular andaluz, que nunca antes había acariciado con tanta intensidad la Presidencia de su Parlamento Autonómico, queda relegado por la coalición PSOE-IU, que formará finalmente gobierno si, como se espera, llegan a un acuerdo de pacto, para frenar el avance de la derecha, en esta parte del país.
Periódicos tradicionalmente ligados a la ideología conservadora, como ABC, abren sus portadas hablando de un estrepitoso fracaso, que en buena lid, debiera retirar inmediatamente de la política activa al candidato del PP, que acaba de perder la mayor oportunidad de su vida para alzarse con un triunfo contundente y que coloca a su partido en una tesitura difícil, con las izquierdas administrando el poder, en la comunidad más grande de España.
Tratar de restar importancia a que los socialistas hayan conseguido superar, incluso, su implicación en los casos de corrupción de los ERE y negar que la Reforma Laboral de Rajoy haya tenido nada que ver con los resultados electorales, resulta cuando menos, grotesco y deja clara una estrategia mal construida, que acaba con la jugada de haber retrasado la presentación de los Presupuestos Generales del Estado, dando por cierta una victoria que, finalmente, ha quedado frustrada por la opinión soberana del pueblo.
Ésto coloca al candidato Arenas en la cuerda floja y debe tener muy enfadada a la dirección del PP, que podría perfectamente reprocharle su incapacidad para convencer a las masas de que el camino emprendido en Noviembre por los conservadores, es el idóneo para sacarlos de la crisis, augurando así, un futuro difícil para la presente legislatura, salpicado de esas protestas populares, que tanto desquician a las derechas.
Pero achacar toda la culpa al líder andaluz no sería exactamente justo.
Las medidas tomadas por el gobierno central han terminado con la paciencia de los electores, que esperaban con ansiedad un remonte inmediato en el problema del desempleo, sobre todo por los discursos, una y mil veces repetidos por el ahora Presidente de la Nación, que se vanagloriaba de tener en sus manos la solución de la crisis y de estar, precisamente, al lado de los trabajadores que durante los años de Zapatero, habían visto caer su poder adquisitivo hasta las cotas más bajas de toda su historia, y que han podido comprobar, después de cuatro meses de mandato conservador, que las resoluciones del ejecutivo anterior podían empeorarse, y mucho.
El acierto de los regidores andaluces, de no hacer coincidir los comicios autonómicos con los generales, pasa ahora una factura merecida a la gestión de la derecha y, en muchos casos, devuelve al redil a un número de votantes, que no habían hecho otra cosa, que castigar a los socialistas por una mala gestión que ahora se ha visto gravemente empeorada por sus sucesores.
El ascenso de IU, como partido representativo de una izquierda más radical, deja claro que los trabajadores han abandonado cualquier esperanza de ser socorridos, en sus desdichas, por nadie que provenga de una ideología conservadora y vuelven a agruparse alrededor de los que siempre fueron sus supuestos representantes, frente a los que manejan el poder económico.
Esta resaca electoral, que recoloca el mapa político español, en espera de que después de la huelga general del día 29, Rajoy y los suyos lleguen a recapacitar sobre la reforma de la esclavitud, podría ser el reflejo de la opinión de una gran parte de la sociedad, que de ser consultada ahora en el resto del país, probablemente respondiera en el mismo tono, en que lo han hecho Asturias o Andalucía.
Rajoy prueba, después de nadar en pura soberbia durante cuatro meses, el duro y amargo sabor de una derrota, dirigida, directamente, contra su lesiva política económica y contra los recortes sociales que tenía previstos, de haberse convertido en el monarca absoluto que esperaba.
Queda avisado.


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