Hago un paréntesis de cuatro días, para visitar a unos amigos en Barcelona, y estoy empeñada en desconectar de cualquier asunto que tenga que ver con las malas noticias que nos depara últimamente, el panorama desolador que contemplamos.
Sobradamente sé que a la vuelta, podré retomar con facilidad el camino, exactamente dónde lo dejé, pues nada indica que vaya a producirse uno de esos milagros, que consiguen dar la vuelta a situaciones casi irreparables, ni tampoco que nuestro nuevo Presidente tenga la menor oportunidad de traerse de Bruselas, la panacea que ponga remedio a nuestros males, por mucho que se empeñe en convencer a los de allí, de que tiene la solución en las manos, a pesar de que aún necesita más tiempo para sacar a la luz los presupuestos generales del Estado, pues también en Europa están, de seguro, informados de que hasta que se celebren las elecciones andaluzas, Rajoy ocultará ese dato, a costa de lo que sea.
Dada mi incredulidad manifiesta en la palabra de los políticos, me marcho con la convicción de que esta desconexión voluntaria del panorama informativo, probablemente me ahorrará algún que otro disgusto, ya que lo habitual en estos tiempos, es despertarse atragantado por algún recorte urdido, con nocturnidad y alevosía, por los que ahora llevan las riendas del poder en el país, sin que su llegada haya traído ningún parabién a la ciudadanía, sino todo lo contrario.
Esta mañana, sin ir más lejos, nos hemos despertado con la noticia de que han sido destituidos los inspectores que gestionaron la investigación de la trama Gurtel, como era de esperar, ahora que Camps se pasea victorioso por su absolución en el caso de los trajes y los españoles nos vemos obligados a acatar la sentencia, sin que se nos permita expresar nuestra opinión a gritos en la calle, como sería de recibo.
Como las mayorías absolutas no necesitan explicar sus decisiones, habrá que echar la culpa a los incautos que concedieron al PP, con su voto, tal privilegio y aguantar estoicamente las embestidas que nos propinen, en plena cara, aunque nuestros más ocultos deseos se rebelen a diario, con tanta injusticia manifiesta.
También se han propuesto cambiar el subsidio de cuatrocientos euros, que reciben los parados de larga duración, por trabajos comunitarios que acabarán por quitar de en medio a cuantos empleados municipales perciban sueldos superiores a esa cantidad, y de este modo, ayudar a sofocar el incendio que corroe las arcas de los ayuntamientos, casi todos en quiebra, por la mala gestión de sus gobernantes y, otra vez, por los innumerables casos de corrupción que han terminado con el dinero público, sin que, hasta ahora, en ningún caso, se haya exigido aún, la devolución íntegra de lo sustraído, a ninguno de los imputados.
En su lugar, pretenden privar a los desempleados de unas prestaciones que han ganado durante sus años de trabajo, como si la maldición de no conseguir volver a la vida laboral, tuviera que ser penalizada, en la misma medida que se hace con los que provocan un accidente por embriaguez, en los Estados Unidos, a los que tanto admiran nuestros gobernantes.
Nada parecen importar las manifestaciones contra la reforma laboral, que sigue adelante, ni las movilizaciones de estudiantes, médicos o docentes, que se desgañitan en las calles, indignados por los recortes que se están haciendo, de manera encubierta, en prestaciones sociales de vital importancia.
El grito de los ciudadanos, una y otra vez, cae en saco roto, mientras se sigue el camino marcado por la impía Europa, que mancilla el honor de nuestra sociedad, retrasándola al menos dos siglos.
Y aún dice Esperanza Aguirre, que el PSOE está movilizando a las masas para convertir a España en otra Grecia.
¿En qué pretenden convertirla sus correligionarios? En algo parecido a China: doce horas de trabajo por cuatrocientos euros y sin abrir la boca.
A veces es bueno desconectar, antes de sufrir un infarto y encontrar que el hospital más cercano, ahora cierra por las tardes, por orden gubernativa.
Sobradamente sé que a la vuelta, podré retomar con facilidad el camino, exactamente dónde lo dejé, pues nada indica que vaya a producirse uno de esos milagros, que consiguen dar la vuelta a situaciones casi irreparables, ni tampoco que nuestro nuevo Presidente tenga la menor oportunidad de traerse de Bruselas, la panacea que ponga remedio a nuestros males, por mucho que se empeñe en convencer a los de allí, de que tiene la solución en las manos, a pesar de que aún necesita más tiempo para sacar a la luz los presupuestos generales del Estado, pues también en Europa están, de seguro, informados de que hasta que se celebren las elecciones andaluzas, Rajoy ocultará ese dato, a costa de lo que sea.
Dada mi incredulidad manifiesta en la palabra de los políticos, me marcho con la convicción de que esta desconexión voluntaria del panorama informativo, probablemente me ahorrará algún que otro disgusto, ya que lo habitual en estos tiempos, es despertarse atragantado por algún recorte urdido, con nocturnidad y alevosía, por los que ahora llevan las riendas del poder en el país, sin que su llegada haya traído ningún parabién a la ciudadanía, sino todo lo contrario.
Esta mañana, sin ir más lejos, nos hemos despertado con la noticia de que han sido destituidos los inspectores que gestionaron la investigación de la trama Gurtel, como era de esperar, ahora que Camps se pasea victorioso por su absolución en el caso de los trajes y los españoles nos vemos obligados a acatar la sentencia, sin que se nos permita expresar nuestra opinión a gritos en la calle, como sería de recibo.
Como las mayorías absolutas no necesitan explicar sus decisiones, habrá que echar la culpa a los incautos que concedieron al PP, con su voto, tal privilegio y aguantar estoicamente las embestidas que nos propinen, en plena cara, aunque nuestros más ocultos deseos se rebelen a diario, con tanta injusticia manifiesta.
También se han propuesto cambiar el subsidio de cuatrocientos euros, que reciben los parados de larga duración, por trabajos comunitarios que acabarán por quitar de en medio a cuantos empleados municipales perciban sueldos superiores a esa cantidad, y de este modo, ayudar a sofocar el incendio que corroe las arcas de los ayuntamientos, casi todos en quiebra, por la mala gestión de sus gobernantes y, otra vez, por los innumerables casos de corrupción que han terminado con el dinero público, sin que, hasta ahora, en ningún caso, se haya exigido aún, la devolución íntegra de lo sustraído, a ninguno de los imputados.
En su lugar, pretenden privar a los desempleados de unas prestaciones que han ganado durante sus años de trabajo, como si la maldición de no conseguir volver a la vida laboral, tuviera que ser penalizada, en la misma medida que se hace con los que provocan un accidente por embriaguez, en los Estados Unidos, a los que tanto admiran nuestros gobernantes.
Nada parecen importar las manifestaciones contra la reforma laboral, que sigue adelante, ni las movilizaciones de estudiantes, médicos o docentes, que se desgañitan en las calles, indignados por los recortes que se están haciendo, de manera encubierta, en prestaciones sociales de vital importancia.
El grito de los ciudadanos, una y otra vez, cae en saco roto, mientras se sigue el camino marcado por la impía Europa, que mancilla el honor de nuestra sociedad, retrasándola al menos dos siglos.
Y aún dice Esperanza Aguirre, que el PSOE está movilizando a las masas para convertir a España en otra Grecia.
¿En qué pretenden convertirla sus correligionarios? En algo parecido a China: doce horas de trabajo por cuatrocientos euros y sin abrir la boca.
A veces es bueno desconectar, antes de sufrir un infarto y encontrar que el hospital más cercano, ahora cierra por las tardes, por orden gubernativa.

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