lunes, 12 de marzo de 2012

Si los muertos hablaran

Con el recuerdo de los atentados del 11M aún fresco en la memoria de los españoles, la división entre los familiares de las víctimas ha vuelto a hacerse patente durante los actos organizados en el aniversario de la masacre, demostrando que en muchos casos, son incapaces de olvidar sus diferencias políticas, para honrar, simplemente, a los que perdieron entonces.
Ahora que el Partido Popular vuelve a dudar de las decisiones que tomaron los jueces en relación con este caso, sacando otra vez a la palestra la posibilidad de una autoría de ETA, que ya quedó descartada durante el desarrollo del juicio, los que son afines a su ideología, apoyados por la plana mayor del Ayuntamiento de Madrid, se empecinan en ofrecer actos distintos de los programados por la que fuera abanderada en la lucha por esclarecer la verdad, Pilar Manjón, como si la patata caliente en que se convirtió este asunto para ellos, no hubiera existido jamás, y los sentimientos de los que apostaron por la probada autoría de los islamistas, pudieran ser distintos a los de los conservadores que perdieron a alguien aquella aciaga mañana de Marzo.
Pero si los muertos hablaran, probablemente harían tambalearse, con sus palabras, cualquier intento que se desviara del camino de lo que realmente ocurrió, llamando al orden a todos aquellos, que año tras año, siguen empeñados en disfrazar la verdad, para no tener que admitir que los crímenes fueron una consecuencia directa de la entrada de España en la guerra de Irak, que propició el entonces presidente José María Aznar, en connivencia con sus amigos de la foto de las Azores.
Si lo que verdaderamente importa a los familiares de las víctimas es reivindicar la idea de que esta acción nunca tendría que haber ocurrido, harían bien en permanecer unidos en su dolor a los que nunca temieron enfrentarse a una realidad más que manifiesta y que lucharon hasta la extenuación porque no se dejara de investigar una historia, que sin su participación activa, probablemente, nunca habría sido del todo resuelta.
Los españoles no olvidamos la sobrecogedora intervención de la señora Manjón ante las comisiones del Congreso y su valentía al ser capaz de decir cara a cara a los políticos lo que gran parte de este país pensaba, reprochándoles su pasividad frente a la urgencia que tenían los que estaban viviendo el incomprensible duelo provocado por las muertes injustas de los suyos y exigiendo, con una contundencia admirable, su derecho a conocer detalladamente, las circunstancias en que se habían producido estas pérdidas y la verdad sobre la autoría de las mismas.
Como ya antes había pasado en innumerables ocasiones con las víctimas de ETA, también en esta ocasión, las ideologías políticas intentaron ejercer una manipulación descarada sobre los familiares de las víctimas y pronto empezaron a relacionar las posturas de unos y otros, con las simpatías que demostraban hacia determinadas formaciones, corriendo un cortina de humo sobre lo verdaderamente importante de la causa: que quedara esclarecida totalmente.
Y en ello siguen ocho años después. Y no ha valido que se celebrara un juicio, en el que quedó sobradamente probado cómo, cuándo y quienes organizaron los atentados, ni que muchas de las víctimas directas de la masacre y sus familias, hayan hecho patente su conformidad con lo que, en este caso, dictó la justicia.
Empeñados en demostrar lo indemostrable, otro año más, institucionalizan la conmemoración trayendo a su terreno los actos y mezclando en ellos a personas que nada tuvieron ni tienen que ver con estos acontecimientos y que aprovechan la ocasión para reivindicar un endurecimiento en el proceso de paz con ETA, o para exigir algunos derechos que no son suficientemente colmados, con las medidas que el gobierno anterior estableció para el conflicto de Euskadi.
Pero la verdad es que los que murieron en los trenes, no procedían, ni por asomo, de las poderosas familias a las que suelen pertenecer los conservadores, sino más bien eran parte de los que, como nosotros, no disfrutan de una posición holgada que les permitiera acudir a su lugar de trabajo o de estudio, en otro medio de transporte que no fuera público.
Es por tanto, casi imposible, que los que, en ningún caso, hubieran podido perder a nadie en un tipo de atentado como éstos, entienda de primera mano el dolor que trae consigo esta clase de sucesos, ni pueda estar jamás a la altura que requieren estas circunstancias dolosas, a pesar de lo que se intente aparentar, sólo con fines políticos e interesados.
Pedir que se deje de lado la burda intención de negociar los votos con los muertos, sería el primer deseo de cualquiera que se considere hombre de bien y que apoye, de verdad, a quienes, desgraciadamente, se vieron obligados a convertirse en protagonistas de esta trágica historia.
Los nombres de las casi doscientas víctimas y de los muchos heridos que continúan luchando por deshacerse de tan espantoso recuerdo, están grabados a sangre y fuego en la historia de este país y pertenecen, en su totalidad, a la intimidad de los suyos y, por solidaridad, también a los que los sentimos, en cierto modo, como nuestros.

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