jueves, 15 de marzo de 2012

La violencia lícita

La noticia de que ningún policía será expedientado, por los incidentes en la manifestación de los estudiantes de Valencia, corta con un cuchillo helado las conciencias de los españoles de bien y nos advierte de que, de ahora en adelante, se impone un tipo de violencia lícita contra nosotros, cada vez que nos atrevamos a discrepar, de cualquier decisión tomada por este gobierno.
A pesar de los cientos de testimonios gráficos que desvelaban la brutalidad de la carga policial ejercida, en muchos casos contra menores, se decide pasar página, sin dar importancia al incidente y desde el ministerio, se ignora la gravedad de las lesiones de muchos de los heridos, dando por bueno un tipo de represión, que ya creíamos olvidada, desde los años del franquismo.
A sabiendas de que se avecina un periodo de nutridas protestas, el gobierno de Rajoy se atreve a mantener un pulso tácito con los ciudadanos, esbozando una idea de lo que podemos encontrar en las calles, si finalmente nos agrupamos para manifestar cualquier tipo de desacuerdo con su política y nos augura una total indefensión, si persistimos en la actitud de no ceder a la presión que sobre nosotros ejercen las fuerzas del poder, con sus continuadas agresiones sobre nuestros bien ganados derechos.
Esta violencia lícita, permitida y alimentada por el poder, que trata de disuadir por medio del miedo y nos convierte en disidentes perseguidos en nuestro propio país, atenta directamente contra la razón de cualquier territorio democrático y vuelve a abrir una brecha entre la ciudadanía y las fuerzas del orden, a las que desde hace tiempo, contemplábamos como parte de nosotros mismos.
Se camina hacia atrás, si las órdenes dictadas desde arriba llevan directamente al ataque sobre manifestantes indefensos, aplaudiendo la saña que hemos podido contemplar en los reportajes ofrecidos por todas las televisiones del mundo y que de nuevo colocan a nuestro país en el punto de mira de los que nunca creyeron, verdaderamente, en el éxito de la transición, resucitando fantasmas de un pasado todavía cercano, que, tristemente, aún recordamos con claridad, los que tenemos cierta edad.
Ateniéndonos a las últimas declaraciones de los líderes del PP, que culpabilizan a la izquierda de sacar a la gente a la calle como demostración de fuerza contra su llegada al poder, podría pensarse que aún quedan bastantes interesados en recordar el concepto de las dos Españas y que, en cierto modo, estarían dispuestos a retomar el viejo enfrentamiento, que ya nos queda tan lejano en el tiempo y a pesar de que este país se ha declarado abiertamente pacifista en multitud de ocasiones, han bastado dos o tres ejemplos de discrepancia, para desatar esta forma de intimidación, que viene secundada desde arriba, a juzgar por la impunidad en que quedan los que la ejercen.
Y aunque la verdad es que la indignación ciudadana no procede de ninguna formación política, sino del descontento generalizado que provoca la injusticia de estar pagando culpas ajenas, se continúa haciendo creer que los que se unen a estos actos de protesta, están siendo permanentemente manipulados, como si los hombres y mujeres del SXXI no fueran capaces de pensar por sí mismos, ni de tomar decisiones importantes, en relación a aquello que consideran lesivo para sus derechos.
Vaya quedando claro, que con represión o sin ella, no está haciendo el señor Rajoy nada que beneficie a su pueblo y que además, incumple diariamente toda la ristra de promesas electorales que mantuvo en sus apariciones públicas, cuando aún no se había hecho con las riendas del poder.
Desde que llegó, hay más parados, somos más pobres, estamos mucho más desprotegidos ante los delitos, se han terminado las prestaciones sociales, somos aún más esclavos del eje franco-alemán, trabajamos más horas, nos jubilamos más tarde, tenemos menos personal sanitario que nos atienda y menos maestros que nos eduquen y se nos agrede físicamente y con dureza, si osamos salir a la calle a protestar por algo.
Hay que reconocer que ha llegado el cambio, pero a mucho peor.



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