miércoles, 7 de marzo de 2012

Retorno al abismo

Hay quien dice que los pueblos están condenados a repetir sus errores, aunque habría que añadir que tal cosa sólo podría suceder, cuando nada se aprendió de las equivocaciones anteriores, o las antiguas etapas se cerraron en falso, dejando un poso de sed de venganza flotando en el espíritu de los que no estaban dispuestos a pasar página.
Vivimos unos días, sin embargo, en que la sensación de haber vuelto al pasado parece haberse instalado en la mente de los que vivimos la etapa de la dictadura, empezando a recordarnos, por su similitud, episodios que hace mucho creíamos haber enterrado para siempre.
Ya nos pasó hace sólo unas fechas, con las cargas policiales de Valencia. Por un momento, nos pareció que continuábamos sufriendo la persecución permanente de nuestros veinte años y que estos estudiantes de hoy, éramos aún nosotros, acosados sin tregua por la policía del régimen, por el mero hecho de defender nuestra libertad de expresión, como si nunca hubiéramos, todavía, conocido el dulce sabor de la democracia.
Nos vuelve a pasar cuando se habla de la reforma inmediata de la ley del aborto, intentando de nuevo privar a las mujeres de su capacidad de elección, en algo tan serio como la maternidad, o cuando se intenta comparar la violencia de género con escaramuzas familiares sin importancia, que nunca llegarían a un resultado de muerte, como es habitual, en los casos en que los agresores se ensañan en su maltrato a las víctimas.
Y se repite hoy, cuando aparece en la prensa que en Valladolid se va a multar, desde ahora, por ejercer la mendicidad, trayendo a nuestra memoria la antigua Ley de vagos y maleantes, que tanta gente inocente maltrató, durante los años del franquismo.
Desamparados como estamos, ante el abuso de la clase empresarial, sólo faltaría que, además, nos impusieran la exigencia de un sindicato vertical, para que nos pareciera que los últimos treinta y siete años han sido un sueño y que la oscuridad en que comenzamos nuestras vidas, no nos ha abandonado nunca.
Tal vez, los que se hallan ahora en el poder sienten cierta añoranza de aquel pasado en el que ostentaban todos los privilegios, sin que nadie se atreviera, por miedo, a discutir sus decisiones, teniendo que acatarlas con sumisión, ante una amenaza permanente que, teñida de normalidad, daba la sensación de que nunca pasaba nada, pero la realidad era que las innumerables prohibiciones impuestas entonces, igual que las que nos empiezan a imponer ahora, coartaban cualquier atisbo de libertad y hacían de nosotros simples números, a merced de la mano del opresor que nos robaba nuestros derechos.
Pareció durante algún tiempo, que habíamos sido capaces de olvidar y que aquella parte de nuestra historia había quedado atrás, convirtiéndose en un vago recuerdo de algo que nunca debió pasar y que nos ayudaría a no caer en los mismos errores que entonces nos hicieron tanto daño.
Todos estos casos que mencionamos, hacen tambalearse la reflexión y ponen de nuevo en la picota las mismas injusticias que combatimos y que parecen regresar desde el pasado, como si no hubiera pasado el tiempo.
Claramente, una parte de nosotros, se había negado a cerrar las heridas y había guardado celosamente el deseo de volver a la imposición como forma de gobierno. La placidez de la libertad, vuelve a estar amenazada, de forma velada, por los fantasmas de otro tipo de tiranía.
Y no es de ley que se nos intente disfrazar la verdad de lo que está ocurriendo, apelando a que estas cosas se hacen por mera necesidad, ni que se utilicen nuestros votos como patente de corso, para transgredir barreras que habíamos dado por asentadas para siempre. No es de ley que se nos prive de nuevo de la capacidad de pensar, decir, manifestar o hacer aquellas cosas en las que creemos, en un abuso de poder, impensable en cualquier democracia moderna.
La aceptación de este retorno al abismo, sería como pisotear el esfuerzo de cuantos lucharon por darnos la categoría de personas, dejando muchas veces, en ese esfuerzo, años de vida en las cárceles del antiguo régimen.
Aunque solo sea por su memoria, ni podemos ni debemos permanecer inmóviles ante cualquier cosa que nos aparte del camino de nuestra bien ganada libertad, sobre todo si podemos hacer que las cosas cambien y tomamos como una obligación, hacerlo.

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