La tímida participación en las manifestaciones contra la reforma laboral, podría hacer creer a un observador recién llegado a nuestro país, que la mayoría de los ciudadanos aprueba las medidas adoptadas por el gobierno.
Ya se encargan, a diario, los dueños del poder, de adjudicar calificativos a los que, indignados por la situación actual, dan un paso adelante para tratar de remediarlo y se valen de sus propias teorías para invalidar la postura de los que, por convicción, reprueban su manera de gobernar y tienen la valentía de gritarlo, sin que les asuste la más que posible represión que sobre ellos se lanza desde los ministerios.
Pero el mundo nunca fue de los corderos y todas las revoluciones que acabaron beneficiando al hombre en la exigencia de sus derechos, no partieron, precisamente, de la tranquilidad de los hogares y se pelearon, palmo a palmo, por las esquinas de los pueblos y ciudades.
La terrible sumisión que demuestra el ciudadano moderno, no puede reportar otra cosa, que un aumento de autoridad para los que, resguardados de la tormenta que nos sacude, detentan las riendas de un poder, cada vez más injusto con los humildes de la tierra.
Y no es que los que se deciden a unirse a los movimientos de protesta sean conducidos por manos ocultas que manejan su voluntad sin ser conscientes de ello, sino que han comprendido, como no podría ser de otra manera, que sus posibilidades de conservar los derechos adquiridos, podrían agotarse del todo, si no se olvidan del miedo a que son inducidos por las amenazas diarias de los poderosos y se agrupan con los de su misma procedencia, para hacer frente a la injusticia que con ellos se comete y en defensa de un mundo mejor para sus descendientes.
Por mucho que se empeñen los populares, la primera reivindicación de los que ahora estamos al borde de la calle, son los cinco millones de parados que deambulan por el país, sin encontrar apoyo en ninguna de las fuerzas políticas, porque esos desempleados tan utilizados como moneda de cambio por las argucias de los que, aparentemente, nos representan, son en realidad, nuestros padres, hermanos, hijos o vecinos, y sólo a nosotros pertenecen.
Independientemente de quién convoque las manifestaciones y de lo que hayamos reprobado en el pasado a muchos de los que ahora se unen a ellas, nuestra obligación como clase trabajadora está siempre al lado de los que buscan una salida a nuestros problemas y no en los que, a pesar de estar igualmente descontentos con la situación que padecemos, se conforman con ser oradores de barra de bar, sin atreverse nunca a mezclarse en nada que ponga en peligro su integridad física, dejando a los demás la responsabilidad de abrir un camino, que luego recorrerán cómodamente, cuando esté terminado y no sea tan difícil transitar por él.
Las masas silenciosas, que dan por buena cualquier veleidad de la vida, no merecen ser beneficiarias de otra cosa, más que de las migajas que quieran ofrecerles aquellos, a los que siguen el juego con su silencio.
Y es verdad que cuesta trabajo abandonar a los que, por principio, consideras cercanos a ti, porque sus intereses y los tuyos no dejan de ser exactamente los mismos, pero la postura de indecisión que demuestran permitiendo que la vida transcurra sin ser nunca capaces de levantar la voz, contra lo que es perjudicial para todos, los coloca indefinidamente en los cercados en que habitan los rebaños, sin que nadie pueda evitar que, finalmente, sean conducidos al matadero, con su propia aquiescencia.
No se puede ocultar un hondo sentimiento de lástima por ellos, pues nada hay que haga más feliz al hombre, que lo que se consigue por el propio esfuerzo y que no tiene que ver con lo que sobreviene por la supuesta generosidad de otros, porque, al fin y al cabo, esto no es más que una limosna.
Ya se encargan, a diario, los dueños del poder, de adjudicar calificativos a los que, indignados por la situación actual, dan un paso adelante para tratar de remediarlo y se valen de sus propias teorías para invalidar la postura de los que, por convicción, reprueban su manera de gobernar y tienen la valentía de gritarlo, sin que les asuste la más que posible represión que sobre ellos se lanza desde los ministerios.
Pero el mundo nunca fue de los corderos y todas las revoluciones que acabaron beneficiando al hombre en la exigencia de sus derechos, no partieron, precisamente, de la tranquilidad de los hogares y se pelearon, palmo a palmo, por las esquinas de los pueblos y ciudades.
La terrible sumisión que demuestra el ciudadano moderno, no puede reportar otra cosa, que un aumento de autoridad para los que, resguardados de la tormenta que nos sacude, detentan las riendas de un poder, cada vez más injusto con los humildes de la tierra.
Y no es que los que se deciden a unirse a los movimientos de protesta sean conducidos por manos ocultas que manejan su voluntad sin ser conscientes de ello, sino que han comprendido, como no podría ser de otra manera, que sus posibilidades de conservar los derechos adquiridos, podrían agotarse del todo, si no se olvidan del miedo a que son inducidos por las amenazas diarias de los poderosos y se agrupan con los de su misma procedencia, para hacer frente a la injusticia que con ellos se comete y en defensa de un mundo mejor para sus descendientes.
Por mucho que se empeñen los populares, la primera reivindicación de los que ahora estamos al borde de la calle, son los cinco millones de parados que deambulan por el país, sin encontrar apoyo en ninguna de las fuerzas políticas, porque esos desempleados tan utilizados como moneda de cambio por las argucias de los que, aparentemente, nos representan, son en realidad, nuestros padres, hermanos, hijos o vecinos, y sólo a nosotros pertenecen.
Independientemente de quién convoque las manifestaciones y de lo que hayamos reprobado en el pasado a muchos de los que ahora se unen a ellas, nuestra obligación como clase trabajadora está siempre al lado de los que buscan una salida a nuestros problemas y no en los que, a pesar de estar igualmente descontentos con la situación que padecemos, se conforman con ser oradores de barra de bar, sin atreverse nunca a mezclarse en nada que ponga en peligro su integridad física, dejando a los demás la responsabilidad de abrir un camino, que luego recorrerán cómodamente, cuando esté terminado y no sea tan difícil transitar por él.
Las masas silenciosas, que dan por buena cualquier veleidad de la vida, no merecen ser beneficiarias de otra cosa, más que de las migajas que quieran ofrecerles aquellos, a los que siguen el juego con su silencio.
Y es verdad que cuesta trabajo abandonar a los que, por principio, consideras cercanos a ti, porque sus intereses y los tuyos no dejan de ser exactamente los mismos, pero la postura de indecisión que demuestran permitiendo que la vida transcurra sin ser nunca capaces de levantar la voz, contra lo que es perjudicial para todos, los coloca indefinidamente en los cercados en que habitan los rebaños, sin que nadie pueda evitar que, finalmente, sean conducidos al matadero, con su propia aquiescencia.
No se puede ocultar un hondo sentimiento de lástima por ellos, pues nada hay que haga más feliz al hombre, que lo que se consigue por el propio esfuerzo y que no tiene que ver con lo que sobreviene por la supuesta generosidad de otros, porque, al fin y al cabo, esto no es más que una limosna.

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