lunes, 20 de febrero de 2012

Un toque de frivolidad

De vez en cuando, le sale a una la vena de fémina boba y apetece engancharse, durante un rato, a la pantalla de la caja tonta, para abstraerse de los problemas del mundo, contemplando el glamour que derrochan las estrellas, en la gala de los Goya, por ejemplo.
Está bien no pensar en otra cosa que en criticar desde casa, los modelitos de unas y otras, aunque se tenga claro, que nunca se podrá aspirar a lucir uno de ellos, no sólo por cuestiones obvias de edad, sino también porque, difícilmente, será posible que la inviten a eventos de este porte.
Gusta ponerse al día en las novedades cinematográficas y estar al tanto de quiénes se hacen con los premios, más que nada, porque a menudo cuesta decidir, cuando se va a las salas de proyección, qué historia elegir, sobre todo cuando, por pereza, se frecuentan menos de lo que a una le gustaría.
También es una gozada estar pendiente de los comentarios de los premiados y de los disgustos mayestáticos que, cada año, se llevan los ministros de los respectivos gobiernos, a cuenta de esta gente de la farándula, tan acostumbrada a llamar a las cosas por su nombre, sin el pudor que sería natural, en los que no estamos acostumbrados a defender el pan delante de un público.
Como no podía ser menos, este año, sobre la gala ha planeado el fantasma de la crisis, traído a colación en varias ocasiones, además de otras cuantas reclamaciones, hechas desde el escenario por los premiados, para sofoco permanente del antiguo tertuliano Wert, recién convertido en ministro por Rajoy, y padre de la reforma de una educación, que ha dado por ejemplo, a estos díscolos jóvenes actores, capaces de hacer política, hasta cuando recogen un galardón, en un teatro lleno hasta la bandera.
Porque aunque parezca que las lentejuelas y los cristales semipreciosos que adornan las telas de las largas faldas, no sean, precisamente, el mejor atuendo para hablar de cuestiones serias, cuando llega este día, nadie desaprovecha la ocasión para despotricar abiertamente contra lo que le parece injusto, amén de agradecer a su parentela completa, la concesión de un premio que, en realidad, es únicamente votado por los académicos, sin injerencias de gente ajena a este mundo de fantasía.
Suponemos que Wert se quedó de una pieza cuando Isabel Coixet recogió su premio por un documental titulado “Conversaciones con Garzón” y reivindicó la inocencia del Juez, aludiendo incluso a la injusticia cometida por el tribunal supremo, siendo aplaudida durante varios minutos, por el grueso de la sala.
Y es que a lo mejor, como acaba de aterrizar en estos menesteres, el señor ministro ignoraba, que los actores y directores de este país, suelen cojear del pie izquierdo y no se han hecho para ellos las normas de templanza que suele recomendar el partido popular, que parece haber olvidado demasiado pronto, la que le dieron los artistas, por ejemplo, cuando la guerra de Irak.
Los cámaras, al menos, tuvieron el pudor de no sacar al ministro, durante las intervenciones que apuntaban, directamente, en contra de la política de su gobierno, aunque algunos, yo la primera, hubiéramos dado lo que fuera, por ver qué expresión se pintaba en su rostro, o si vestido de etiqueta, era capaz de soportar estoicamente y sin aspereza, la oposición que se respiraba en el ambiente.
Claro, que una vez vista la sordera demostrada, ante las manifestaciones que por la mañana, habían sacado a la calle a cientos de españoles, en contra de la reforma de la explotación, es de suponer, que reaccionaría con una de esas sonrisas de superioridad con que nos deleitan los conservadores, perdonándonos la supina ignorancia que denotamos los pobres, en cuestiones de alto standing, como la justicia o la economía.
Lo peor, es que fuera como fuese, hubo de escuchar todas y cada una de las críticas, literalmente, pegado a su asiento, pues queda bastante feo, en todo un señor ministro, salir huyendo cuando las cosas se ponen mal para los suyos, o se tuerce una noche que, en principio, se había soñado de glamour y relax, sin ningún contratiempo.
Los premiados, por cierto, bastante predecibles. A mí, en particular, me alegraron los Goya conseguidos por la película de Benito Zambrano “La voz dormida” y, en concreto, el otorgado a la actriz Ana Wagener, que reivindicó la apertura de las fosas del franquismo, para que una de las protagonistas reales de su película, pudiera, a sus ochenta y tantos años, descansar en paz.
En fin, una velada de entretenimiento, no exenta de rabiosa actualidad, que nos ayudó a evadirnos un rato del encabronamiento permanente que sufrimos los españoles, a causa de la inutilidad manifiesta de nuestros políticos.

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