Desde que el Partido Popular ha llegado al poder, parece haberse convertido en costumbre reprimir cualquier manifestación de los ciudadanos, con una dureza que recuerda, en exceso, a las cargas policiales durante los años del franquismo.
Los estudiantes valencianos, que ayer salieron a las calles, en contra de los recortes impuestos en educación, han sido los últimos en comprobar, en propias carnes, la violencia ejercida por las fuerzas del orden, en acatamiento del mandato recibido, desde las instancias superiores del ministerio.
Chicos de Instituto, que aún no han cumplido la mayoría de edad, fueron ayer salvajemente agredidos por la policía, que en un abuso de poder reflejado en imágenes que han dado la vuelta al mundo, cargaron contra ellos, e incluso contra una serie de personas que, casualmente, pasaban por allí, totalmente desprotegidas ante tamaño despropósito.
Apelando a una disciplina férrea, que cercena gravemente la libertad de expresión de los pueblos, el retroceso sufrido en esta nueva etapa de gobierno conservador, se hace insostenible para todos aquellos que decidan oponerse de manera pacífica, a cualquiera de las medidas que decida adoptar el grupo en el poder y los coloca en una tesitura, que más parece cercana a la delincuencia, que a su propio derecho a pensar, de la manera que creyese oportuno.
Ya no se conforman con reprimir reiterativamente a los grupos de indignados que se hacen eco en la calle, de las reivindicaciones de todo un país, sino que van a degüello contra los menores, que miran atónitos cómo se va orientando la educación hacia las manos de los poderosos, viendo esfumarse cualquier oportunidad de formación en las escuelas públicas, hasta ahora de una calidad indiscutible y abierta a las personas de cualquier procedencia social.
Las cifras de heridos y detenidos en las escaramuzas de ayer en Valencia, hablan por sí solas de una vuelta atrás, que aterroriza a quienes, por edad, aún recuerdamos este tipo de enfrentamientos, en los tiempos de la dictadura.
Pero tratar de silenciar las voces populares, no suele traer una pacificación de las calles, sino que potencia de una manera feroz el espíritu de los que se sienten atacados, sin razón, generando brotes de extrema violencia, que pueden terminar en un baño de sangre no deseado, sobre todo cuando los agredidos se hallan aún inmersos en la edad de la inocencia.
Habrán de convenir conmigo en que no es de recibo pretender que los ciudadanos acepten de buen grado y sin rechistar, los ajustes impuestos por Rajoy, en sólo dos meses de mandato, y en que, de alguna forma, habrán de manifestar su oposición a tales recortes, que colocan a los trabajadores al borde de una explotación encubierta y sin recursos frente a una patronal, ávida de empezar a practicar el despido libre, el aumento de horas de trabajo y la reducción de salarios.
Si no nos queda, siquiera, la oportunidad de alzar la voz en los espacios de libre tránsito, para que el clamor popular llegue a oídos de las instancias que fueran menester, ¿a qué época del pasado hemos retrocedido, y qué clase de democracia es ésta, que no permite discrepar de la opinión de quienes detentan el poder y que, cuando lo hacemos, nos revienta con las armas que tienen a su alcance?
¿Tampoco puede reclamarse el sostenimiento de una sanidad y educación públicas, que permitan una socialización real de dos sectores tan necesarios, en un país del supuesto primer mundo?
¿Hemos de conformarnos con la privatización paulatina de sectores que, hasta ahora, han sido la envidia de los países más desarrollados, iniciando una vuelta al pasado que coloque al grueso de la población en la imposibilidad de ser atendida cuando enferme, por cuestiones crematísticas, y regresar a los años del analfabetismo del pasado siglo?
Puede que los conservadores alberguen la esperanza de volver a convertirnos en súbditos, pero cuando se ha conocido y disfrutado el sabor de la libertad, no se pone en bandeja de plata su represión, sin presentar batalla. Estas cosas, acostumbran a tener un efecto bumerang, para los que se deciden a dar pasos demasiado imprudentes, en la creencia de que saldrán victoriosos en sus pretensiones, sin contar con las consecuencias que producirán sus “hazañas” sobre los otros. Y a lo peor, esto que hoy hacen contra la ciudadanía, mañana se vuelve en su contra, al menos, en forma de votos.
Los estudiantes valencianos, que ayer salieron a las calles, en contra de los recortes impuestos en educación, han sido los últimos en comprobar, en propias carnes, la violencia ejercida por las fuerzas del orden, en acatamiento del mandato recibido, desde las instancias superiores del ministerio.
Chicos de Instituto, que aún no han cumplido la mayoría de edad, fueron ayer salvajemente agredidos por la policía, que en un abuso de poder reflejado en imágenes que han dado la vuelta al mundo, cargaron contra ellos, e incluso contra una serie de personas que, casualmente, pasaban por allí, totalmente desprotegidas ante tamaño despropósito.
Apelando a una disciplina férrea, que cercena gravemente la libertad de expresión de los pueblos, el retroceso sufrido en esta nueva etapa de gobierno conservador, se hace insostenible para todos aquellos que decidan oponerse de manera pacífica, a cualquiera de las medidas que decida adoptar el grupo en el poder y los coloca en una tesitura, que más parece cercana a la delincuencia, que a su propio derecho a pensar, de la manera que creyese oportuno.
Ya no se conforman con reprimir reiterativamente a los grupos de indignados que se hacen eco en la calle, de las reivindicaciones de todo un país, sino que van a degüello contra los menores, que miran atónitos cómo se va orientando la educación hacia las manos de los poderosos, viendo esfumarse cualquier oportunidad de formación en las escuelas públicas, hasta ahora de una calidad indiscutible y abierta a las personas de cualquier procedencia social.
Las cifras de heridos y detenidos en las escaramuzas de ayer en Valencia, hablan por sí solas de una vuelta atrás, que aterroriza a quienes, por edad, aún recuerdamos este tipo de enfrentamientos, en los tiempos de la dictadura.
Pero tratar de silenciar las voces populares, no suele traer una pacificación de las calles, sino que potencia de una manera feroz el espíritu de los que se sienten atacados, sin razón, generando brotes de extrema violencia, que pueden terminar en un baño de sangre no deseado, sobre todo cuando los agredidos se hallan aún inmersos en la edad de la inocencia.
Habrán de convenir conmigo en que no es de recibo pretender que los ciudadanos acepten de buen grado y sin rechistar, los ajustes impuestos por Rajoy, en sólo dos meses de mandato, y en que, de alguna forma, habrán de manifestar su oposición a tales recortes, que colocan a los trabajadores al borde de una explotación encubierta y sin recursos frente a una patronal, ávida de empezar a practicar el despido libre, el aumento de horas de trabajo y la reducción de salarios.
Si no nos queda, siquiera, la oportunidad de alzar la voz en los espacios de libre tránsito, para que el clamor popular llegue a oídos de las instancias que fueran menester, ¿a qué época del pasado hemos retrocedido, y qué clase de democracia es ésta, que no permite discrepar de la opinión de quienes detentan el poder y que, cuando lo hacemos, nos revienta con las armas que tienen a su alcance?
¿Tampoco puede reclamarse el sostenimiento de una sanidad y educación públicas, que permitan una socialización real de dos sectores tan necesarios, en un país del supuesto primer mundo?
¿Hemos de conformarnos con la privatización paulatina de sectores que, hasta ahora, han sido la envidia de los países más desarrollados, iniciando una vuelta al pasado que coloque al grueso de la población en la imposibilidad de ser atendida cuando enferme, por cuestiones crematísticas, y regresar a los años del analfabetismo del pasado siglo?
Puede que los conservadores alberguen la esperanza de volver a convertirnos en súbditos, pero cuando se ha conocido y disfrutado el sabor de la libertad, no se pone en bandeja de plata su represión, sin presentar batalla. Estas cosas, acostumbran a tener un efecto bumerang, para los que se deciden a dar pasos demasiado imprudentes, en la creencia de que saldrán victoriosos en sus pretensiones, sin contar con las consecuencias que producirán sus “hazañas” sobre los otros. Y a lo peor, esto que hoy hacen contra la ciudadanía, mañana se vuelve en su contra, al menos, en forma de votos.

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