Ahora nos cuentan que el gobierno Rajoy infló el déficit de 2011, para poder justificar los recortes aplicados, en primera instancia, nada más llegar al gobierno y también como un modo de justificar la espantosa reforma laboral, que nos acaba de imponer por decreto.
El juego de exponer in extremis la necesidad de tomar determinadas decisiones, casi siempre nocivas para el conjunto de los ciudadanos, se está convirtiendo en una insana costumbre, aplicada demasiadas veces por los que, acostumbrados a disfrazar la verdad, se apoyan en los sentimientos de las masas, para tiranizar el poder a su conveniencia.
Aún recordamos con claridad la defensa a ultranza de la autoría de ETA, en los atentados del 11M, incluso sin llegar nunca a acatar la decisión de los jueces que juzgaron el caso y la cara del, entonces en candelero, Aceves, intentando alargar el momento de tener que contarnos la verdad, con tal de no perder las elecciones.
Este gobierno, que tantas veces ha osado alardear de que no engaña a los españoles, que ha paseado el problema del desempleo por todos los púlpitos mitineros del país, apelando a los sentimientos de los ciudadanos, asegurando que tenía la solución de la crisis en la mano, premia a sus votantes, que le han dado una mayoría absoluta en el parlamento, aprovechando la primera ocasión para abultar las cifras del montante que heredan de sus antecesores y declara una urgente necesidad de tomar medidas “excepcionales”, con las que atajar el delicado momento que vivimos.
Muy bonito. Pero parecen olvidar que ya no existe casi ningún secreto y que los medios que a nuestro alcance ha puesto la modernidad, acaban, más pronto que tarde, por destapar cualquier maniobra urdida en la sombra, sacando a relucir la verdad de casi todas las historias.
Y sin embargo, estos populares no parecen aprender absolutamente nada de sus errores del pasado, e incurren una y otra vez en el juego de las mentiras, para atraer a su terreno a un pueblo, al que deben suponer poca inteligencia.
Probablemente creen que adolecemos de una desmemoria colectiva que ha borrado de nuestras mentes episodios como los del Prestige, el Yac 42, las armas de destrucción masiva que nos metieron en la guerra de Irak, y los episodios de los trenes.
Nada más lejos de la realidad. Los españoles sabemos bien qué clase de verdades nos ha contado el Partido Popular, cada vez que ha estado gobernando y hasta dónde podemos creer de los argumentos que utilizan cuando detentan el poder. Sabemos que la reforma laboral no ha sido una necesidad motivada por el déficit, sino un cumplimiento estricto de los mandatos europeos, a los que ahora que gobiernan, obedecen con escandalosa sumisión, sin atreverse, a pesar de su aguerrida valentía, a contradecir en nada.
Sabemos que cuántas promesas se hicieron para llegar a la Moncloa, eran guiones perfectamente orquestados para aprovechar la inocencia de los incautos y que se las llevó el viento que les trajo el triunfo electoral, a los compases de su himno, mientras saludaban con soberbia, desde el balcón de la calle Génova.
Sabemos que no hay excusa para privatizar la sanidad o la enseñanza, ni para fomentar la explotación de los trabajadores poniendo en manos de los empresarios su suerte y su futuro, ni para deshacerse de un plumazo de los convenios colectivos, ni para aumentar el IRPF, ni para mantener la rebaja en el sueldo de los funcionarios, ni para volver a inyectar dinero a la insaciable banca, que no para de generar beneficios, ni para retirar las ayudas de la dependencia, de los centros de mayores, de las guarderías, o de las casas de acogida para mujeres maltratadas.
Sabemos que no hay justificación para la sentencia de Garzón, ni para negarse a que se abran las fosas del franquismo, ni para acabar con la ley del aborto, con los matrimonios entre homosexuales, la ley de últimas voluntades, o para retirar los cuidados paliativos a los enfermos terminales.
Sabemos que adornarán cualquier decisión que tomen en el futuro con frases de doble sentido, que sigan ocultando al pueblo cualquier verdad que le interese de primera mano y sabemos qué clase de política ha sido y será la que practiquen ayer, ahora y siempre.
Cegados por la indignación, puede que se les haya elegido, como castigo a la traición de los socialistas, pero no por los méritos recordados, del tiempo en que gobernaron el país.
El juego de exponer in extremis la necesidad de tomar determinadas decisiones, casi siempre nocivas para el conjunto de los ciudadanos, se está convirtiendo en una insana costumbre, aplicada demasiadas veces por los que, acostumbrados a disfrazar la verdad, se apoyan en los sentimientos de las masas, para tiranizar el poder a su conveniencia.
Aún recordamos con claridad la defensa a ultranza de la autoría de ETA, en los atentados del 11M, incluso sin llegar nunca a acatar la decisión de los jueces que juzgaron el caso y la cara del, entonces en candelero, Aceves, intentando alargar el momento de tener que contarnos la verdad, con tal de no perder las elecciones.
Este gobierno, que tantas veces ha osado alardear de que no engaña a los españoles, que ha paseado el problema del desempleo por todos los púlpitos mitineros del país, apelando a los sentimientos de los ciudadanos, asegurando que tenía la solución de la crisis en la mano, premia a sus votantes, que le han dado una mayoría absoluta en el parlamento, aprovechando la primera ocasión para abultar las cifras del montante que heredan de sus antecesores y declara una urgente necesidad de tomar medidas “excepcionales”, con las que atajar el delicado momento que vivimos.
Muy bonito. Pero parecen olvidar que ya no existe casi ningún secreto y que los medios que a nuestro alcance ha puesto la modernidad, acaban, más pronto que tarde, por destapar cualquier maniobra urdida en la sombra, sacando a relucir la verdad de casi todas las historias.
Y sin embargo, estos populares no parecen aprender absolutamente nada de sus errores del pasado, e incurren una y otra vez en el juego de las mentiras, para atraer a su terreno a un pueblo, al que deben suponer poca inteligencia.
Probablemente creen que adolecemos de una desmemoria colectiva que ha borrado de nuestras mentes episodios como los del Prestige, el Yac 42, las armas de destrucción masiva que nos metieron en la guerra de Irak, y los episodios de los trenes.
Nada más lejos de la realidad. Los españoles sabemos bien qué clase de verdades nos ha contado el Partido Popular, cada vez que ha estado gobernando y hasta dónde podemos creer de los argumentos que utilizan cuando detentan el poder. Sabemos que la reforma laboral no ha sido una necesidad motivada por el déficit, sino un cumplimiento estricto de los mandatos europeos, a los que ahora que gobiernan, obedecen con escandalosa sumisión, sin atreverse, a pesar de su aguerrida valentía, a contradecir en nada.
Sabemos que cuántas promesas se hicieron para llegar a la Moncloa, eran guiones perfectamente orquestados para aprovechar la inocencia de los incautos y que se las llevó el viento que les trajo el triunfo electoral, a los compases de su himno, mientras saludaban con soberbia, desde el balcón de la calle Génova.
Sabemos que no hay excusa para privatizar la sanidad o la enseñanza, ni para fomentar la explotación de los trabajadores poniendo en manos de los empresarios su suerte y su futuro, ni para deshacerse de un plumazo de los convenios colectivos, ni para aumentar el IRPF, ni para mantener la rebaja en el sueldo de los funcionarios, ni para volver a inyectar dinero a la insaciable banca, que no para de generar beneficios, ni para retirar las ayudas de la dependencia, de los centros de mayores, de las guarderías, o de las casas de acogida para mujeres maltratadas.
Sabemos que no hay justificación para la sentencia de Garzón, ni para negarse a que se abran las fosas del franquismo, ni para acabar con la ley del aborto, con los matrimonios entre homosexuales, la ley de últimas voluntades, o para retirar los cuidados paliativos a los enfermos terminales.
Sabemos que adornarán cualquier decisión que tomen en el futuro con frases de doble sentido, que sigan ocultando al pueblo cualquier verdad que le interese de primera mano y sabemos qué clase de política ha sido y será la que practiquen ayer, ahora y siempre.
Cegados por la indignación, puede que se les haya elegido, como castigo a la traición de los socialistas, pero no por los méritos recordados, del tiempo en que gobernaron el país.

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