Se han crecido los empresarios con la nueva reforma laboral, aceptando gustosos el papel de semidioses que les otorga el gobierno Rajoy, por decreto, y han soltado la lengua reclamando nuevas aspiraciones, para tener el control absoluto de la economía del país, naturalmente y siempre, a favor de sí mismos.
Le ha faltado tiempo a Rosell, ahora que se encuentra totalmente amparado por los suyos, para exigir una urgente revisión del Derecho de Huelga, que, según él, coarta las libertades de la mayoría de los ciudadanos para trabajar y queriendo poner fechas a las jornadas de paro, por si son convocados, precisamente, en días que generan- especialmente- buenos beneficios.
La osadía sin límites del empresariado español empieza a rayar en la desvergüenza, desde el mismo instante en que sus pretensiones van por el camino de poder intervenir en un derecho inalienable de los trabajadores, tratando de moldear la única forma de protesta que les queda, a la justa medida de sus propios intereses.
Naturalmente, no le han faltado apoyos inmediatos de parte de algunos elementos del partido popular, en concreto de Esperanza Aguirre, que considera que cuando se decide ir a la huelga, los ciudadanos son “rehenes” de los que se suman a ella, porque se impide que realicen las funciones que deseen, al encontrar las empresas cerradas.
No podía haber salido tamaño disparate de otro tipo de mente, más que del de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, recordada, entre otras cosas, por confundir a Saramago con una mujer, mientras decía no conocerla, una vez separado su apellido (Sara Mago).
Probablemente alineada, por convicción, con los más poderosos empresarios del país, sus ideas carpetovetónicas vuelven a recordarnos a qué facción de su partido pertenece y cómo serían las cosas si, no lo quiera su Dios, alguna vez consiguiera llegar a donde se ha propuesto desde hace tiempo.
En cuanto a sus amigos empresarios, ahora que gozan, ellos sí, de una absoluta libertad para establecer un férreo control sobre los asalariados, aprovechan la coyuntura que les han puesto en bandeja, para acabar de rematar la faena, intentando llevar a la gente a una total indefensión, ante sus malévolos designios, y muestran su disconformidad con cualquier forma de protesta, que pueda poner en peligro la avaricia con que están afrontando esta crisis, de la que, seguro, saldrán victoriosos.
Aún no ha hecho referencia a ello, pero no cabe la menor duda de que pretenderán, más temprano que tarde, que el hecho de secundar una huelga sea considerado como motivo de despido, para poder despeñar por un barranco de oscuridad, la libertad de expresión de los trabajadores y su derecho lícito a recurrir a la huelga en cuestión, si sus condiciones laborales así lo exigiesen.
Tanto hablar de las libertades de los ciudadanos y no caen en la cuenta de que, con estas sugerencias, están atacando la raíz misma de la autonomía de las clases populares, para reivindicar un modo de vida mejor, que el que ellos pretenden ofrecer bajo la explotación descarada que oculta la nueva reforma.
Calla el taimado Presidente, como siempre, sin desvelar cuál será su postura en este asunto, aunque todos sabemos que, en el fondo, debe estar bastante de acuerdo en reprimir de todas las maneras posibles, cualquier alboroto que trunque, su recién estrenado idilio con Europa.
Pero la sola mención de un asunto como éste, debiera haber levantado con presteza, de sus cómodos asientos, a los líderes sindicales, para dar contestación inmediata al desatino de estos nuevos patronos, con ínfulas de todopoderosos.
Esperemos que se imponga la cordura y no sirvan estas observaciones para desencadenar un arranque de necesidad perentoria, que excuse la derogación, por decreto, del derecho a la huelga, como un “medida excepcional”, en “tiempos excepcionales”
Lo que tienen las excepciones, es que acaban convirtiéndose en costumbre y se quedan entre nosotros, para toda la vida.
Le ha faltado tiempo a Rosell, ahora que se encuentra totalmente amparado por los suyos, para exigir una urgente revisión del Derecho de Huelga, que, según él, coarta las libertades de la mayoría de los ciudadanos para trabajar y queriendo poner fechas a las jornadas de paro, por si son convocados, precisamente, en días que generan- especialmente- buenos beneficios.
La osadía sin límites del empresariado español empieza a rayar en la desvergüenza, desde el mismo instante en que sus pretensiones van por el camino de poder intervenir en un derecho inalienable de los trabajadores, tratando de moldear la única forma de protesta que les queda, a la justa medida de sus propios intereses.
Naturalmente, no le han faltado apoyos inmediatos de parte de algunos elementos del partido popular, en concreto de Esperanza Aguirre, que considera que cuando se decide ir a la huelga, los ciudadanos son “rehenes” de los que se suman a ella, porque se impide que realicen las funciones que deseen, al encontrar las empresas cerradas.
No podía haber salido tamaño disparate de otro tipo de mente, más que del de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, recordada, entre otras cosas, por confundir a Saramago con una mujer, mientras decía no conocerla, una vez separado su apellido (Sara Mago).
Probablemente alineada, por convicción, con los más poderosos empresarios del país, sus ideas carpetovetónicas vuelven a recordarnos a qué facción de su partido pertenece y cómo serían las cosas si, no lo quiera su Dios, alguna vez consiguiera llegar a donde se ha propuesto desde hace tiempo.
En cuanto a sus amigos empresarios, ahora que gozan, ellos sí, de una absoluta libertad para establecer un férreo control sobre los asalariados, aprovechan la coyuntura que les han puesto en bandeja, para acabar de rematar la faena, intentando llevar a la gente a una total indefensión, ante sus malévolos designios, y muestran su disconformidad con cualquier forma de protesta, que pueda poner en peligro la avaricia con que están afrontando esta crisis, de la que, seguro, saldrán victoriosos.
Aún no ha hecho referencia a ello, pero no cabe la menor duda de que pretenderán, más temprano que tarde, que el hecho de secundar una huelga sea considerado como motivo de despido, para poder despeñar por un barranco de oscuridad, la libertad de expresión de los trabajadores y su derecho lícito a recurrir a la huelga en cuestión, si sus condiciones laborales así lo exigiesen.
Tanto hablar de las libertades de los ciudadanos y no caen en la cuenta de que, con estas sugerencias, están atacando la raíz misma de la autonomía de las clases populares, para reivindicar un modo de vida mejor, que el que ellos pretenden ofrecer bajo la explotación descarada que oculta la nueva reforma.
Calla el taimado Presidente, como siempre, sin desvelar cuál será su postura en este asunto, aunque todos sabemos que, en el fondo, debe estar bastante de acuerdo en reprimir de todas las maneras posibles, cualquier alboroto que trunque, su recién estrenado idilio con Europa.
Pero la sola mención de un asunto como éste, debiera haber levantado con presteza, de sus cómodos asientos, a los líderes sindicales, para dar contestación inmediata al desatino de estos nuevos patronos, con ínfulas de todopoderosos.
Esperemos que se imponga la cordura y no sirvan estas observaciones para desencadenar un arranque de necesidad perentoria, que excuse la derogación, por decreto, del derecho a la huelga, como un “medida excepcional”, en “tiempos excepcionales”
Lo que tienen las excepciones, es que acaban convirtiéndose en costumbre y se quedan entre nosotros, para toda la vida.

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