Paso el tedioso puente del Día de Andalucía, preparando un viaje de fin de semana que tengo previsto y disfrutando de la compañía familiar, que tan grata resulta, en los escasos momentos de reposo, de que dispone el hombre moderno.
Absolutamente saciada del caso Urdangarín y sin esperanzas de que llegue a resolverse con justicia, centro todas mis expectativas en la ilusión de un esperadísimo reencuentro con amigos de esa clase, que tan difícil resulta describir, incluso a los que, como yo, acostumbramos a movernos entre las palabras, intentando buscar los matices que den a las frases emoción, porque, en definitiva, siempre se trata de eso y no de otra cosa.
Mientras el yernísimo pasa horas en los juzgados, tratando de dar una explicación convincente a su desmesurado enriquecimiento y tomando atajos que no lleven, directamente, hasta las mismas puertas de la Zarzuela, yo me dedico a desempolvar maletas y a meter en ellas lo imprescindible, para romper durante dos días con el resto del mundo y embarcarme en un laberinto de conversaciones íntimas, rodeada de gente a la que quiero de corazón y a la que, por desgracia, no puedo ver tan frecuentemente como me gustaría.
Mis paisanos andan haciendo andalucismo, de ese que tanto detesto, poniéndose los tópicos por bandera y entregando medallas, en actos de elevado costo, que no se corresponden con las negras expectativas que corroen el alma de esta tierra nuestra.
Olvidan la universalidad que, afortunadamente, nos caracteriza, para reivindicar durante unas horas un nacionalismo trasnochado, que no ayuda a lavar la imagen desastrosa que nos encasquetó el franquismo, durante sus largos años de mandato y, en lugar de ponerse a la tarea de acabar con las altísimas cifras de paro que nos acompañan, casi desde hace una eternidad, se pierden en ágapes infructuosos y `procesiones anticipadas, que preludian la llegada de una de las primaveras más amargas, de cuántas nos han tocado vivir.
La cercanía de las elecciones autonómicas, da un cariz cómico a los eventos de todos los años, tiñendo con las ansias de poder los discursos de los políticos y, en especial, los de los dos partidos mayoritarios, que convencidos de la fuerza del bipartidismo, aprovechan todas las ocasiones para envilecer las palabras, sacando los trapos sucios del oponente y guardando celosamente los suyos, en uno de esos armarios de los que uno está deseando perder la llave, para no encontrarla jamás.
Los ciudadanos no les prestan la menor atención y aprovechan la bonanza del tiempo para salir a pasear a las calles y hacer burla, con su pasividad, a todo lo que huela a política, y fundamentalmente, a la machaconería reiterativa de los candidatos, que ahora se vuelven a enredar en promesas de dudoso cumplimiento y en sonrisas programadas, frente a cualquiera que pase a su lado.
Les sale una vena patriótica, que bien quisiéramos ver los españoles cuando los caminos se tuercen y nos asfixian desde otras instancias, pero entonces, la obediencia es la máxima que mueve sus actos y todo es, ponerse a bien con los socios capitalistas, que en definitiva, son a los que hay que rendirles todos los honores, si queremos salir del trance en que nos han metido, los mismos que ahora nos prometen la luna, a cambio de nuestros votos.
Los pobres, no se dan cuenta de que su descrédito no puede llegar a una cota más alta, ni de que la ciudadanía, en el fondo, lo que desea es correr lo más lejos posible de cuánto les recuerde lo mal que están las cosas para todos. Unos lo intentan recluyéndose en la soledad de sus hogares y otros, saliendo de la ciudad para perderse de todo contacto informativo, que les pueda aguar los días de vacaciones, con la amargura de nuevas noticias.
Y otros, como yo, prefieren volar con la imaginación a otro tipo de mundo, que en nada se parece a éste que nos ofrecen los mercaderes del siglo veintiuno, y buscan la compañía de la gente sincera, que les aporta estabilidad emocional y fortaleza para enfrentarse a la verdad, sin necesidad de que nadie se la maquille, in tentando que parezca menos atroz.
Al final, como ya hemos dicho tantas veces, lo que auténticamente importa, no es otra cosa que procurarnos unos momentos de felicidad. Para eso vivimos y para eso luchamos todos los días, cuando hacemos el esfuerzo de mirarnos los unos a los otros.
Absolutamente saciada del caso Urdangarín y sin esperanzas de que llegue a resolverse con justicia, centro todas mis expectativas en la ilusión de un esperadísimo reencuentro con amigos de esa clase, que tan difícil resulta describir, incluso a los que, como yo, acostumbramos a movernos entre las palabras, intentando buscar los matices que den a las frases emoción, porque, en definitiva, siempre se trata de eso y no de otra cosa.
Mientras el yernísimo pasa horas en los juzgados, tratando de dar una explicación convincente a su desmesurado enriquecimiento y tomando atajos que no lleven, directamente, hasta las mismas puertas de la Zarzuela, yo me dedico a desempolvar maletas y a meter en ellas lo imprescindible, para romper durante dos días con el resto del mundo y embarcarme en un laberinto de conversaciones íntimas, rodeada de gente a la que quiero de corazón y a la que, por desgracia, no puedo ver tan frecuentemente como me gustaría.
Mis paisanos andan haciendo andalucismo, de ese que tanto detesto, poniéndose los tópicos por bandera y entregando medallas, en actos de elevado costo, que no se corresponden con las negras expectativas que corroen el alma de esta tierra nuestra.
Olvidan la universalidad que, afortunadamente, nos caracteriza, para reivindicar durante unas horas un nacionalismo trasnochado, que no ayuda a lavar la imagen desastrosa que nos encasquetó el franquismo, durante sus largos años de mandato y, en lugar de ponerse a la tarea de acabar con las altísimas cifras de paro que nos acompañan, casi desde hace una eternidad, se pierden en ágapes infructuosos y `procesiones anticipadas, que preludian la llegada de una de las primaveras más amargas, de cuántas nos han tocado vivir.
La cercanía de las elecciones autonómicas, da un cariz cómico a los eventos de todos los años, tiñendo con las ansias de poder los discursos de los políticos y, en especial, los de los dos partidos mayoritarios, que convencidos de la fuerza del bipartidismo, aprovechan todas las ocasiones para envilecer las palabras, sacando los trapos sucios del oponente y guardando celosamente los suyos, en uno de esos armarios de los que uno está deseando perder la llave, para no encontrarla jamás.
Los ciudadanos no les prestan la menor atención y aprovechan la bonanza del tiempo para salir a pasear a las calles y hacer burla, con su pasividad, a todo lo que huela a política, y fundamentalmente, a la machaconería reiterativa de los candidatos, que ahora se vuelven a enredar en promesas de dudoso cumplimiento y en sonrisas programadas, frente a cualquiera que pase a su lado.
Les sale una vena patriótica, que bien quisiéramos ver los españoles cuando los caminos se tuercen y nos asfixian desde otras instancias, pero entonces, la obediencia es la máxima que mueve sus actos y todo es, ponerse a bien con los socios capitalistas, que en definitiva, son a los que hay que rendirles todos los honores, si queremos salir del trance en que nos han metido, los mismos que ahora nos prometen la luna, a cambio de nuestros votos.
Los pobres, no se dan cuenta de que su descrédito no puede llegar a una cota más alta, ni de que la ciudadanía, en el fondo, lo que desea es correr lo más lejos posible de cuánto les recuerde lo mal que están las cosas para todos. Unos lo intentan recluyéndose en la soledad de sus hogares y otros, saliendo de la ciudad para perderse de todo contacto informativo, que les pueda aguar los días de vacaciones, con la amargura de nuevas noticias.
Y otros, como yo, prefieren volar con la imaginación a otro tipo de mundo, que en nada se parece a éste que nos ofrecen los mercaderes del siglo veintiuno, y buscan la compañía de la gente sincera, que les aporta estabilidad emocional y fortaleza para enfrentarse a la verdad, sin necesidad de que nadie se la maquille, in tentando que parezca menos atroz.
Al final, como ya hemos dicho tantas veces, lo que auténticamente importa, no es otra cosa que procurarnos unos momentos de felicidad. Para eso vivimos y para eso luchamos todos los días, cuando hacemos el esfuerzo de mirarnos los unos a los otros.

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