Cada nuevo ministro que aterriza en el Ministerio de Educación, sueña con reformas que acerquen a nuestros niños y jóvenes a la ideología de la que procede y se afana en revolver cuánto hizo el anterior, sobre todo si pertenecía a un partido distinto, sin que importe demasiado, si las medidas tomadas favorecían o no, una mejor calidad de la enseñanza para los hombres y mujeres del futuro.
Enzarzados en permanentes discusiones sobre el contenido de las asignaturas, a veces propiciadas incluso, desde organismos ajenos al área, como la Iglesia, tienen la facultad de confundir gravemente educación con adoctrinamiento, y parece que lo único importante, es conseguir presuntos afiliados, para la formación a la que pertenecen.
Pasan por alto, por cierto, la importantísima cuestión de recabar la opinión de los docentes, que en realidad, son el colectivo que se desenvuelve a diario cerca de los afectados, y los únicos que conocen la rutina de las aulas, en las que pasan gran parte de sus vidas, pùdiendo aportar jugosas sugerencias sobre las cuestiones tratadas, no de oídas, como hacen los Ministros, sino como parte protagonista de la historia verdadera.
Para ser sinceros, poco importa inflar los resultados de las encuestas, a costa de pasar de curso a individuos sin la menor formación, año tras año, cargados de asignaturas suspensas, que contenten a los que tienen el poder, porque al final, a pesar de los aparentes resultados, acabaremos teniendo un país de analfabetos.
Ahora llega el señor Wert borrando de un plumazo la incómoda Educación para la Ciudadanía, tan denostada por curas y beatos, e informando de que añadirá un curso al Bachillerato, restando uno de la ESO.
No plantea, desde luego, rebajar la edad de la obligatoriedad de la enseñanza, establecida en los dieciséis, pretendiendo contentar a los ciudadanos, presuponiendo que así los jóvenes adquirirán un mayor nivel de cultura, cuando decidan abandonar la escuela.
Pero la realidad es que un buen número de nuestros jóvenes, al menos hasta ahora, acuden a diario a los institutos, únicamente para obedecer la ley, que les impone su permanencia en ellos, pero sin ningún interés en seguir las explicaciones de sus maestros y, en la mayoría de los casos, alborotando con su postura, a los alumnos verdaderamente interesados en continuar aprendiendo, para labrarse un futuro mejor.
De haber preguntado a los docentes, un cien por cien de ellos, habría sugerido, sin el menor pudor, que los alumnos que a los catorce años, no han mostrado una inclinación clara por seguir formándose, hacen de los dos años restantes de obligatoriedad, un periodo de tiempo en el que dedicarse a otros menesteres, únicamente lúdicos, y en algunos casos, generadores al mismo tiempo, de violencia.
Naturalmente, queda muy bien a los ojos de Europa, presumir de que ningún joven menor de dieciséis anda tirado en las calles, abandonado a su suerte, pero las situaciones de estrés que soportan los profesores españoles, no quedan reflejadas en ninguno de los informes enviados, ni se contemplan los dramas personales, que la mala relación con estos alumnos desmotivados, vienen a traer a estas personas, en el ejercicio de su profesión.
Ante la irresponsabilidad de determinados padres ¿por qué han de pagar los maestros, la inestabilidad emocional de quien no quiere, en modo alguno, estar en las aulas, revolviéndose impunemente contra el sistema que le obliga a hacerlo y contra sus propios compañeros?
Si de lo que se trata es de intentar sacar adelante a estos individuos, para que tengan una salida profesional el día de mañana, ¿Por qué no se adelanta su acceso a la formación profesional y se obliga, de algún modo, a sus progenitores, a responder de su buena conducta, allá dónde decidan ir?
No obstante, con estas medidas que se avecinan, probablemente no se está tratando siquiera, de favorecer la reinserción de estas generaciones perdidas, sino una manera de hacer bajar la calidad de la enseñanza pública, estableciendo a la vez conciertos para Bachiller con centros religiosos, a los que los padres acudirán en tropel, cuando el ambiente sea irrespirable para sus hijos, en los institutos estatales.
De este modo, quedará asegurado el adoctrinamiento de un gran número de jóvenes, volviendo a quedar relegada, una vez más, la libre educación, a un plano inferior, por la acción de los políticos.
No debe esto ser consentido por los magníficos docentes que proceden de la educación estatal, pues su trayectoria profesional no merece jugadas sucias como éstas y su contestación debe ser arriesgada y contundente, para que se conserve un modelo de gratuidad, envidiado por países mucho más desarrollados que el nuestro.
La independencia ideológica de nuestros maestros, hará que la formación de nuestros hijos se desarrolle en un ambiente multidimensional, con la seguridad de que cuando lleguen a la madurez, sean ellos también libres para elegir su propio pensamiento, sin haber sido en sus años más influenciables, guiados, de alguna manera, hacia una doctrina determinada.
Por nada del mundo quisieran los ciudadanos volver a la época en que se nos obligaba a cantar himnos fascistas y a rezar diariamente el rosario, en los patios de las escuelas.

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