Ha bastado una mínima protesta en la calle, a la reforma laboral aprobada por el nuevo gobierno, para destapar cuál será la línea a seguir, a partir de ahora, contra todo aquel que manifieste discrepancias, con lo estipulado por el Partido Popular.
Una represión policial, como no se recordaba desde los años duros del franquismo, reprimió en Madrid, ayer, a los indignados que protestaban pacíficamente, e incluso a miembros de la prensa, que cumplían con sus labores informativas.
Llamar desórdenes callejeros al derecho adquirido de manifestación, es el primer paso contra la libertad de expresión de los ciudadanos, que hasta ahora, podíamos hacerlo, sin incurrir, por supuesto, en ningún tipo de delito.
A la derecha nunca le han gustado estas cosas, excepto cuando ellos mismos se han puesto al lado de los obispos para reclamar un derecho a la vida, que sistemáticamente niegan a los demás, en cuanto la ocasión se presenta. En estos casos, al parecer, hay que acatar sus órdenes, sin levantar la voz, aunque en realidad se discrepe diametralmente con ellas y aceptar con sumisión lo establecido por decreto, aunque se trate de un descomunal retroceso en las condiciones laborales, como es en este caso.
Volver al oscurantismo de los años de la dictadura, a situaciones de precariedad no conocidas por las nuevas generaciones, mientras con medidas represoras se intenta acallar el grito desesperado de todo un país, no parece ser un camino apetecible, para afrontar las muchas dificultades que nos depara el incierto futuro que nos pinta la inacabable crisis.
Un presidente meramente testimonial, que delega aparecer para dar explicaciones a su pueblo, sin permitir discrepancias contra su política, arropado en la mayoría absoluta que le otorgaron las urnas, empieza a recordar demasiado a una época de nuestra historia, que preferiríamos olvidar.
No es conveniente entender que los votos representan un pasaporte para tiranizar la voluntad popular, cometiendo acciones lesivas contra quienes, de buena fe y con una información falsa, pusieron su confianza en un líder, capaz de olvidar sus promesas electorales, a la primera ocasión.
Y aunque se le haya oído admitir, en off, que esperaba una huelga general como respuesta a su reforma, calló conscientemente de qué modo sería recibida tal huelga, de producirse, y con qué contundencia sería afrontada por una policía, ahora bajo su mando, que parece haber recibido órdenes de combatir a todo aquel que decida acogerse a su derecho de protesta.
Si esperaba Rajoy comprensión, por parte de los trabajadores, hacía una reforma descabellada, que pone en manos de los empresarios un poder casi divino, por encima de jueces y ley, se equivocaba hasta la médula.
Hace tiempo que el conformismo y la resignación fueron abandonados como vías para conseguir solventar los problemas que nos atañen. Sellar bocas por medio de la violencia, no conseguirá devolver a un redil que lleva directamente a una explotación laboral descarada, a los ciudadanos de un país, afortunadamente mucho más moderno en mentalidad, que el encontraron sus antecesores, allá por el año 39.
Los trabajadores habrán pues de abordar los mecanismos de defensa que les parezcan oportunos, para frenar el despropósito urdido por los conservadores, maquillado con la palabrería que impone saber que se está partiendo de una gran mentira.
Si de verdad les preocupara la clase obrera, los beneficios otorgados a los empresarios, se habrían puesto en manos de los más desfavorecidos, para ayudarlos a salir, de verdad, de su angustiosa situación.
Tampoco se harían recortes en sectores como el de la sanidad o la enseñanza, intentando llevarlos a pasos agigantados hacia una privatización encubierta, sino que se pondría en igualdad de condiciones al negocio de la banca, con todos los de otras actividades, que asumen el riesgo que conlleva gestionar una empresa.
Si un autónomo emprendedor, por ejemplo, pierde su empresa, no sale el gobierno en su ayuda, inyectándole dinero para que recupere la estabilidad. La banca, al fin y a la postre, no deja de ser, a gran escala, un negocio como otro cualquiera y así, si se produce la quiebra, debe ser tratada en igualdad, permitiendo su cierre inmediato, sin privilegios que la sostengan.
Pero en la España de Rajoy, esa igualdad teórica se ve truncada por la voluntad de estos descarados amantes del sistema capitalista y está claro, que la prioridad que tiene en mente este nuevo gobierno, no esta del lado de los perdedores sociales, sino de las grandes empresas que después de ser salvadas con dinero público, ni siquiera abren nuevas vías de crédito para que remonte la economía del país.
Es evidente que la contestación será contundente, puesto que no queda ya otro remedio que tomar las calles y dejar de producir los beneficios que enriquecen a otros, si es que queremos ser oídos alguna vez.
Porque si los trabajadores dejamos de producir, los jugosos beneficios que esta reforma prevé para las clases pudientes, empezarán a caer en picado, obligándoles a negociar condiciones, más ventajosas para el pueblo.
No queremos volver a ser la España gris, que algunos aún tenemos en la memoria, por mucho que se empeñen en conducirnos a esa situación, Rajoy, su equipo, y una Europa gobernada por un conservadurismo peligrosamente cercano al absolutismo.
Reprimidos o no, igualmente daremos los pasos necesarios para labrarnos un futuro mejor que el que auguran para nosotros las medidas impuestas por las derechas. Nuestros hijos se lo merecen.
Una represión policial, como no se recordaba desde los años duros del franquismo, reprimió en Madrid, ayer, a los indignados que protestaban pacíficamente, e incluso a miembros de la prensa, que cumplían con sus labores informativas.
Llamar desórdenes callejeros al derecho adquirido de manifestación, es el primer paso contra la libertad de expresión de los ciudadanos, que hasta ahora, podíamos hacerlo, sin incurrir, por supuesto, en ningún tipo de delito.
A la derecha nunca le han gustado estas cosas, excepto cuando ellos mismos se han puesto al lado de los obispos para reclamar un derecho a la vida, que sistemáticamente niegan a los demás, en cuanto la ocasión se presenta. En estos casos, al parecer, hay que acatar sus órdenes, sin levantar la voz, aunque en realidad se discrepe diametralmente con ellas y aceptar con sumisión lo establecido por decreto, aunque se trate de un descomunal retroceso en las condiciones laborales, como es en este caso.
Volver al oscurantismo de los años de la dictadura, a situaciones de precariedad no conocidas por las nuevas generaciones, mientras con medidas represoras se intenta acallar el grito desesperado de todo un país, no parece ser un camino apetecible, para afrontar las muchas dificultades que nos depara el incierto futuro que nos pinta la inacabable crisis.
Un presidente meramente testimonial, que delega aparecer para dar explicaciones a su pueblo, sin permitir discrepancias contra su política, arropado en la mayoría absoluta que le otorgaron las urnas, empieza a recordar demasiado a una época de nuestra historia, que preferiríamos olvidar.
No es conveniente entender que los votos representan un pasaporte para tiranizar la voluntad popular, cometiendo acciones lesivas contra quienes, de buena fe y con una información falsa, pusieron su confianza en un líder, capaz de olvidar sus promesas electorales, a la primera ocasión.
Y aunque se le haya oído admitir, en off, que esperaba una huelga general como respuesta a su reforma, calló conscientemente de qué modo sería recibida tal huelga, de producirse, y con qué contundencia sería afrontada por una policía, ahora bajo su mando, que parece haber recibido órdenes de combatir a todo aquel que decida acogerse a su derecho de protesta.
Si esperaba Rajoy comprensión, por parte de los trabajadores, hacía una reforma descabellada, que pone en manos de los empresarios un poder casi divino, por encima de jueces y ley, se equivocaba hasta la médula.
Hace tiempo que el conformismo y la resignación fueron abandonados como vías para conseguir solventar los problemas que nos atañen. Sellar bocas por medio de la violencia, no conseguirá devolver a un redil que lleva directamente a una explotación laboral descarada, a los ciudadanos de un país, afortunadamente mucho más moderno en mentalidad, que el encontraron sus antecesores, allá por el año 39.
Los trabajadores habrán pues de abordar los mecanismos de defensa que les parezcan oportunos, para frenar el despropósito urdido por los conservadores, maquillado con la palabrería que impone saber que se está partiendo de una gran mentira.
Si de verdad les preocupara la clase obrera, los beneficios otorgados a los empresarios, se habrían puesto en manos de los más desfavorecidos, para ayudarlos a salir, de verdad, de su angustiosa situación.
Tampoco se harían recortes en sectores como el de la sanidad o la enseñanza, intentando llevarlos a pasos agigantados hacia una privatización encubierta, sino que se pondría en igualdad de condiciones al negocio de la banca, con todos los de otras actividades, que asumen el riesgo que conlleva gestionar una empresa.
Si un autónomo emprendedor, por ejemplo, pierde su empresa, no sale el gobierno en su ayuda, inyectándole dinero para que recupere la estabilidad. La banca, al fin y a la postre, no deja de ser, a gran escala, un negocio como otro cualquiera y así, si se produce la quiebra, debe ser tratada en igualdad, permitiendo su cierre inmediato, sin privilegios que la sostengan.
Pero en la España de Rajoy, esa igualdad teórica se ve truncada por la voluntad de estos descarados amantes del sistema capitalista y está claro, que la prioridad que tiene en mente este nuevo gobierno, no esta del lado de los perdedores sociales, sino de las grandes empresas que después de ser salvadas con dinero público, ni siquiera abren nuevas vías de crédito para que remonte la economía del país.
Es evidente que la contestación será contundente, puesto que no queda ya otro remedio que tomar las calles y dejar de producir los beneficios que enriquecen a otros, si es que queremos ser oídos alguna vez.
Porque si los trabajadores dejamos de producir, los jugosos beneficios que esta reforma prevé para las clases pudientes, empezarán a caer en picado, obligándoles a negociar condiciones, más ventajosas para el pueblo.
No queremos volver a ser la España gris, que algunos aún tenemos en la memoria, por mucho que se empeñen en conducirnos a esa situación, Rajoy, su equipo, y una Europa gobernada por un conservadurismo peligrosamente cercano al absolutismo.
Reprimidos o no, igualmente daremos los pasos necesarios para labrarnos un futuro mejor que el que auguran para nosotros las medidas impuestas por las derechas. Nuestros hijos se lo merecen.

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