La crisis del continente europeo, traspasaba ayer la línea del pacifismo, cuando una multitud de atenienses protagonizaban un estallido social de graves consecuencias, mientras sus políticos aprobaban los drásticos recortes exigidos por el eje franco-alemán, para poner en práctica un segundo rescate, que lleva directamente al país, a una ruina moral y psicológica, de imprevisibles consecuencias.
Amenazados en última instancia por los poderes económicos, el ex banquero Papademos, nombrado a dedo Presidente de la nación, conseguía una rendición anunciada del Parlamento, poco menos que entregando a su nación, a las manos de los prestamistas.
La paciencia del pueblo griego, desesperado por su propia impotencia para declarar una tajante negativa a estas medidas, terminó a las puertas mismas del Parlamento, prendiendo fuego a una serie de edificios, directamente relacionados con el consumismo de las doctrinas capitalistas.
Un enfrentamiento durísimo entre manifestantes y fuerzas del órden, se saldó con más de una cincuentena de heridos y una imagen desoladora que da idea, de seguir así las cosas, de la que puede ser en un futuro la de todo este continente, si el empecinamiento de la clase política, sigue haciendo oídos sordos al clamor popular que les reclama un cambio radical de sistema.
Ahogados por los despidos masivos y las rebajas de sueldos y pensiones, los griegos son los primeros en subirse al carro de una violencia anunciada por el desinterés que hacia los ciudadanos demuestran, los que se dicen sus representantes.
Ahora la indignación viene además acompañada de la carencia de productos de primera necesidad, viéndose obligados. los griegos en concreto, a recurrir a vales de comida, para poder mantener el ritmo de sus hogares, ante la imposibilidad de hacerlo con sus salarios rebajados, hasta límites insospechados en un país del primer mundo.
De nada sirvieron los gravísimos hechos de ayer. La reforma fue aprobada, como si las paredes del Parlamento estuvieran insonorizadas o se encontraran en algún lugar lejano, donde la ignorancia de los disturbios fuera supina.
La amenaza continuada de una bancarrota total, propiciada diariamente desde las grandes esferas de poder, atenazaron ayer vergonzosamente la voluntad popular y dejó totalmente aislada a una clase política incompetente y cruel, que ceba su saña contra los más débiles, en lugar de hacer frente a los magnates con la valentía del honor.
Quién sabe qué clase de horrores aguardan ahora a la sociedad griega, que en estos momentos, es el espejo en el que nos miramos, despavoridos, todos aquellos que comprendemos con claridad meridiana esta trama de avaricia, que nos está conduciendo a un camino de difícil retorno.
Los españoles, afectados desde hace unos días por unos inaceptables recortes de derechos laborales, somos conscientes de que nuestro futuro podría ser muy parecido al de este pueblo milenario y nos ponemos a su lado en estos durísimos momentos, justificando su desesperación, porque entendemos el desamparo en que se encuentran.
La voz de los trabajadores europeos es unánime y debe estar hoy, con estas familias desheredadas por sus propios conciudadanos de todos sus derechos fundamentales, en pos de unos intereses económicos que paralizan cualquier amago de desarrollo futuro para este país.
Por ellos, por nosotros y por todos, la unanimidad en las acciones ha de ser absoluta y no debemos permitir, de ningún modo, que nos convenzan de la necesidad de aplicar estas medidas que nos entierran en la negrura de los siglos y nos alienan hasta hacernos perder nuestra esencia de hombres.
Si hay que abandonar el rumbo marcado por los de arriba, si hay que desterrar la idea de una moneda única o empezar desde cero, para alcanzar la estabilidad de las mayorías, esto debemos exigir a nuestros gobernantes, sin posible negociación o consenso.
Ver Atenas en llamas, es mirar cómo se quema nuestra civilización, en manos de un enemigo insaciable, cuya voracidad no conoce límites.
Arden con ella nuestra moralidad, nuestros valores y cualquier tipo de ética conocida en los tiempos modernos y vuelven la barbarie, la oscuridad, el miedo y la desesperación extrema, que trae consigo este sistema de corrupción y violencia.
Amenazados en última instancia por los poderes económicos, el ex banquero Papademos, nombrado a dedo Presidente de la nación, conseguía una rendición anunciada del Parlamento, poco menos que entregando a su nación, a las manos de los prestamistas.
La paciencia del pueblo griego, desesperado por su propia impotencia para declarar una tajante negativa a estas medidas, terminó a las puertas mismas del Parlamento, prendiendo fuego a una serie de edificios, directamente relacionados con el consumismo de las doctrinas capitalistas.
Un enfrentamiento durísimo entre manifestantes y fuerzas del órden, se saldó con más de una cincuentena de heridos y una imagen desoladora que da idea, de seguir así las cosas, de la que puede ser en un futuro la de todo este continente, si el empecinamiento de la clase política, sigue haciendo oídos sordos al clamor popular que les reclama un cambio radical de sistema.
Ahogados por los despidos masivos y las rebajas de sueldos y pensiones, los griegos son los primeros en subirse al carro de una violencia anunciada por el desinterés que hacia los ciudadanos demuestran, los que se dicen sus representantes.
Ahora la indignación viene además acompañada de la carencia de productos de primera necesidad, viéndose obligados. los griegos en concreto, a recurrir a vales de comida, para poder mantener el ritmo de sus hogares, ante la imposibilidad de hacerlo con sus salarios rebajados, hasta límites insospechados en un país del primer mundo.
De nada sirvieron los gravísimos hechos de ayer. La reforma fue aprobada, como si las paredes del Parlamento estuvieran insonorizadas o se encontraran en algún lugar lejano, donde la ignorancia de los disturbios fuera supina.
La amenaza continuada de una bancarrota total, propiciada diariamente desde las grandes esferas de poder, atenazaron ayer vergonzosamente la voluntad popular y dejó totalmente aislada a una clase política incompetente y cruel, que ceba su saña contra los más débiles, en lugar de hacer frente a los magnates con la valentía del honor.
Quién sabe qué clase de horrores aguardan ahora a la sociedad griega, que en estos momentos, es el espejo en el que nos miramos, despavoridos, todos aquellos que comprendemos con claridad meridiana esta trama de avaricia, que nos está conduciendo a un camino de difícil retorno.
Los españoles, afectados desde hace unos días por unos inaceptables recortes de derechos laborales, somos conscientes de que nuestro futuro podría ser muy parecido al de este pueblo milenario y nos ponemos a su lado en estos durísimos momentos, justificando su desesperación, porque entendemos el desamparo en que se encuentran.
La voz de los trabajadores europeos es unánime y debe estar hoy, con estas familias desheredadas por sus propios conciudadanos de todos sus derechos fundamentales, en pos de unos intereses económicos que paralizan cualquier amago de desarrollo futuro para este país.
Por ellos, por nosotros y por todos, la unanimidad en las acciones ha de ser absoluta y no debemos permitir, de ningún modo, que nos convenzan de la necesidad de aplicar estas medidas que nos entierran en la negrura de los siglos y nos alienan hasta hacernos perder nuestra esencia de hombres.
Si hay que abandonar el rumbo marcado por los de arriba, si hay que desterrar la idea de una moneda única o empezar desde cero, para alcanzar la estabilidad de las mayorías, esto debemos exigir a nuestros gobernantes, sin posible negociación o consenso.
Ver Atenas en llamas, es mirar cómo se quema nuestra civilización, en manos de un enemigo insaciable, cuya voracidad no conoce límites.
Arden con ella nuestra moralidad, nuestros valores y cualquier tipo de ética conocida en los tiempos modernos y vuelven la barbarie, la oscuridad, el miedo y la desesperación extrema, que trae consigo este sistema de corrupción y violencia.

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