Pasará mucho tiempo hasta que puedan aclararse, en su totalidad, los sucesos ocurridos en la manifestación de los estudiantes de Valencia.
Desaparecido del panorama nacional el periódico Público, el único que relataba la verdad, sin adulaciones partidistas, el negro panorama de la prensa española, queda huérfano de la voz que actuaba como revulsivo de una sociedad, desorientada por las monótonas noticias que llegan a sus manos, maquilladas por los intereses que mueven a los auténticos dueños de la información.
Llama un médico valenciano a un programa nocturno de la radio, la misma noche de los enfrentamientos, denunciando la gravedad de las contusiones sufridas por muchos de los estudiantes agredidos, e indignado porque la policía se había personado en el hospital exigiendo los partes de lesiones de los heridos, a pesar de saber que, por ley, éstos sólo corresponden a la intimidad del enfermo tratado.
Negándose el facultativo a facilitarlos, es conminado a dirigir su protesta a la comisaría, por supuesto después de cumplir la extraña petición que se le hace y observando, a la vez, que un grupo de estos policías, se coloca en las puertas para arrebatar a los atendidos, a su salida del Centro, los susodichos partes de lesiones.
No puede haber otra razón para semejante despropósito, que el de borrar cualquier huella de la agresividad practicada esa noche en las calles, ignorando cualquier atisbo de legalidad para conseguir falsear la auténtica gravedad del asunto, no se sabe bien, si siguiendo órdenes de instancias superiores, o por voluntad propia.
Mientras, el Partido Popular, en el gobierno, trata desesperadamente de desviar la atención ciudadana y acusa directamente al Partido Socialista, de movilizar en su contra a la ciudadanía, que se agrupa, indignada, delante de las sedes de los conservadores, reclamando una explicación a la extrema dureza de la carga. Hablan de policías heridos y, como siempre, de extrañas conspiraciones que tratan de desestabilizar su bien asentado poder, con algaradas de incontrolados, manipulados por la izquierda.
Pero la gravedad de los hechos ocurridos en ese hospital valenciano, supera cualquier información que se nos quiera ofrecer desde los púlpitos de la Moncloa y el desamparo en que esta acción de vileza deja a los ciudadanos, no puede ser más absoluta y terrible.
Solos frente a la agresión desmesurada que todos hemos visto por televisión, los estudiantes valencianos, sin partes de lesión que demuestren la categoría de sus heridas, quedan a merced de la palabra de los agresores, que, para mayor escarnio, se suponen defensores de los derechos del pueblo, y no verdugos de la libertad que cercenan con sus armas de asalto.
Sin los partes, no ha lugar a denuncia, ni nada tienen que ofrecer a los medios de comunicación que se ofrezcan a contar sus historias personales, ni es posible una justicia que castigue el abuso de poder cometido contra estos jóvenes, demasiado inexpertos en este tipo de acciones, como para prever una salida diferente, a la de obedecer las órdenes que les da, valiéndose de su miedo, la misma policía a la que han visto actuar en las calles, esa misma tarde.
El abuso de autoridad es manifiesto y pone por encima del bienestar de los ciudadanos, la necesidad de esconder a la opinión pública la realidad de lo sucedido en Valencia.
Al médico que se atreve a llamar a la radio, le parece haber retrocedido hasta los años del franquismo y siente que su trabajo es censurado y su profesionalidad enterrada por una represión psicológica inexplicable en nuestro tiempo.
La noticia, no aparece en ningún medio de comunicación al día siguiente y sólo se recoge en la grabación que del programa, se encuentra en las redes sociales, como si nada de esto hubiera sucedido.
Pero lo que se esconde conscientemente a los lectores, es más propio de un gobierno tiránico que de uno elegido democráticamente en las urnas y avisa de lo que puede sobrevenir a quienes se atrevan a desafiar el omnipotente poder de estos conservadores, de aciaga mayoría absoluta en el parlamento.
Afortunadamente, el boca a boca de los tiempos modernos, funciona con redes perfectamente organizadas, que llegan a todos los rincones del mundo.
Es nuestra obligación, la de los que nos servimos de ellas para expresar libremente nuestra opinión, denunciar hechos como éste y procurar que no pasen desapercibidos para los pueblos.
No sólo suceden estas cosas en países lejanos, sino que, por desgracia, también se están convirtiendo en algo demasiado habitual en el nuestro.
Si nuestros exigentes socios europeos conocen o no esta realidad y la permiten, es otro de los enigmas que se nos ocultan y que trastornan cualquier idea que pudiera tenerse sobre el funcionamiento de las instituciones y su relación con la ciudadanía, pero es fácil imaginar que el atrevimiento de los populares, estará respaldado por sus hermanos mayores, o no se hubieran atrevido a hacerlo.
Desaparecido del panorama nacional el periódico Público, el único que relataba la verdad, sin adulaciones partidistas, el negro panorama de la prensa española, queda huérfano de la voz que actuaba como revulsivo de una sociedad, desorientada por las monótonas noticias que llegan a sus manos, maquilladas por los intereses que mueven a los auténticos dueños de la información.
Llama un médico valenciano a un programa nocturno de la radio, la misma noche de los enfrentamientos, denunciando la gravedad de las contusiones sufridas por muchos de los estudiantes agredidos, e indignado porque la policía se había personado en el hospital exigiendo los partes de lesiones de los heridos, a pesar de saber que, por ley, éstos sólo corresponden a la intimidad del enfermo tratado.
Negándose el facultativo a facilitarlos, es conminado a dirigir su protesta a la comisaría, por supuesto después de cumplir la extraña petición que se le hace y observando, a la vez, que un grupo de estos policías, se coloca en las puertas para arrebatar a los atendidos, a su salida del Centro, los susodichos partes de lesiones.
No puede haber otra razón para semejante despropósito, que el de borrar cualquier huella de la agresividad practicada esa noche en las calles, ignorando cualquier atisbo de legalidad para conseguir falsear la auténtica gravedad del asunto, no se sabe bien, si siguiendo órdenes de instancias superiores, o por voluntad propia.
Mientras, el Partido Popular, en el gobierno, trata desesperadamente de desviar la atención ciudadana y acusa directamente al Partido Socialista, de movilizar en su contra a la ciudadanía, que se agrupa, indignada, delante de las sedes de los conservadores, reclamando una explicación a la extrema dureza de la carga. Hablan de policías heridos y, como siempre, de extrañas conspiraciones que tratan de desestabilizar su bien asentado poder, con algaradas de incontrolados, manipulados por la izquierda.
Pero la gravedad de los hechos ocurridos en ese hospital valenciano, supera cualquier información que se nos quiera ofrecer desde los púlpitos de la Moncloa y el desamparo en que esta acción de vileza deja a los ciudadanos, no puede ser más absoluta y terrible.
Solos frente a la agresión desmesurada que todos hemos visto por televisión, los estudiantes valencianos, sin partes de lesión que demuestren la categoría de sus heridas, quedan a merced de la palabra de los agresores, que, para mayor escarnio, se suponen defensores de los derechos del pueblo, y no verdugos de la libertad que cercenan con sus armas de asalto.
Sin los partes, no ha lugar a denuncia, ni nada tienen que ofrecer a los medios de comunicación que se ofrezcan a contar sus historias personales, ni es posible una justicia que castigue el abuso de poder cometido contra estos jóvenes, demasiado inexpertos en este tipo de acciones, como para prever una salida diferente, a la de obedecer las órdenes que les da, valiéndose de su miedo, la misma policía a la que han visto actuar en las calles, esa misma tarde.
El abuso de autoridad es manifiesto y pone por encima del bienestar de los ciudadanos, la necesidad de esconder a la opinión pública la realidad de lo sucedido en Valencia.
Al médico que se atreve a llamar a la radio, le parece haber retrocedido hasta los años del franquismo y siente que su trabajo es censurado y su profesionalidad enterrada por una represión psicológica inexplicable en nuestro tiempo.
La noticia, no aparece en ningún medio de comunicación al día siguiente y sólo se recoge en la grabación que del programa, se encuentra en las redes sociales, como si nada de esto hubiera sucedido.
Pero lo que se esconde conscientemente a los lectores, es más propio de un gobierno tiránico que de uno elegido democráticamente en las urnas y avisa de lo que puede sobrevenir a quienes se atrevan a desafiar el omnipotente poder de estos conservadores, de aciaga mayoría absoluta en el parlamento.
Afortunadamente, el boca a boca de los tiempos modernos, funciona con redes perfectamente organizadas, que llegan a todos los rincones del mundo.
Es nuestra obligación, la de los que nos servimos de ellas para expresar libremente nuestra opinión, denunciar hechos como éste y procurar que no pasen desapercibidos para los pueblos.
No sólo suceden estas cosas en países lejanos, sino que, por desgracia, también se están convirtiendo en algo demasiado habitual en el nuestro.
Si nuestros exigentes socios europeos conocen o no esta realidad y la permiten, es otro de los enigmas que se nos ocultan y que trastornan cualquier idea que pudiera tenerse sobre el funcionamiento de las instituciones y su relación con la ciudadanía, pero es fácil imaginar que el atrevimiento de los populares, estará respaldado por sus hermanos mayores, o no se hubieran atrevido a hacerlo.

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