Despertando del letargo producido por las fiestas navideñas, los españoles estamos a punto de reencontrarnos con la cruda realidad, que nos ha estado aguardando pacientemente, mientras vivíamos la ilusión de haber alejado todos nuestros fantasmas, en una supuesta armonía familiar.
No ha podido la crisis competir con la tradición, e igual que otros años, nos hemos permitido toda una suerte de excesos culinarios y gastos asfixiantes en regalos intrascendentes, que en muchos casos, serán descambiados por otros mucho más útiles, ahora que han llegado las rebajas.
Pero ni nuestros kilos de más, ni la paciencia de soportar los atascos de la carretera para volver a nuestros lugares de origen, podrán hacer desaparecer de nuestras vidas el panorama desolador que redescubriremos mañana, cuando la magia del encantamiento colectivo termine, hasta el año que viene.
En espera de que nuestro recién estrenado presidente se digne a revelarnos su actual destino y comparezca ante nosotros para explicarnos por qué sus primeras medidas han contradicho radicalmente sus promesas electorales, unos acudiremos a nuestro lugar de trabajo, con la impresión de haber dado un salto hasta un tiempo pasado y otros retomarán con fuerza renovada el empeño de encontrar una salida para su prolongado desempleo, sin que en el horizonte se apunte, desde los medios políticos, una sola esperanza de que se cumplan sus deseos.
La delicada situación en que se encuentran las monarquías, parece haber afectado también a la de los Magos de Oriente, que no han cumplido ninguna de las peticiones que este pueblo exponía en sus cartas y que nos han dejado, a pesar de haber sido realmente buenos y pacientes, unas cuantas bolsas de carbón, que ni siquiera es comestible, como único regalo, en los salones de nuestras casas.
Habíamos puesto muchas esperanzas en recibir, por ejemplo, alguna alternativa que nos mostrara un camino que hiciera factible un futuro menos incierto que el que nos aguarda en este recién empezado año y una pequeña dosis de confianza para poder creer en la palabra de alguno de nuestros representantes en las instituciones, pero el regalo que hemos recibido la mayoría de los españoles, es una subida del IRPF, que mermará, aún más, nuestras posibilidades de supervivencia, y una serie de recortes sociales, que dificultarán hasta extremos insospechados, nuestro esfuerzo por reconstruir un país, que se tambalea sobre la cuerda floja del fracaso.
Enfrascada en una estúpida discusión sobre una posible vuelta al socialismo, la oposición anda proponiendo diversos candidatos que lideren esta legislatura, sin darse cuenta de que el socialismo, como ideología, sigue existiendo como tal, y que son ellos, con sus traiciones flagrantes, quienes han manchado su imagen de pureza y ahora están pagando por ello.
Pero los ganadores parten de un supuesto equivocado, si piensan que les saldrá gratis embaucar a los ciudadanos con medidas “excepcionales” y maquillajes de doctrinas supuestamente centristas. El hambre agudiza el ingenio y las carencias, cada vez más generalizadas, que atenazan a la sociedad, acabarán por hacer saltar algún resorte que la haga salir de su inercia para dar unos cuantos pasos al frente.
De momento, las elecciones andaluzas aguardan detrás de la esquina a los conservadores, con el hacha implacable en la mano, dispuesta a cercenar todas sus ínfulas de poder absoluto, y el candidato Arenas, no goza precisamente del fervor popular, ni está el patio para repetir voto, cuando el que lo emitió siente que lo timaron, a la primera de cambio.
Una vez incorporados, cada cual a nuestra rutina, será útil ir olvidando el receso navideño, para empezar a pensar en qué podemos contribuir, si es que de verdad nos interesa que nuestro panorama cambie.
Yo empezaré por no creer una palabra al señor Rajoy, si volvemos a verle, y trataré de divulgar la verdad de lo que vea, por medio de estas páginas. Por cierto, empiezo a creer que sólo a través de este medio, tenemos acceso a una prensa realmente libre, ya que los periódicos oficiales, últimamente, empiezan a parecerse entre sí, de una manera sospechosa.
No ha podido la crisis competir con la tradición, e igual que otros años, nos hemos permitido toda una suerte de excesos culinarios y gastos asfixiantes en regalos intrascendentes, que en muchos casos, serán descambiados por otros mucho más útiles, ahora que han llegado las rebajas.
Pero ni nuestros kilos de más, ni la paciencia de soportar los atascos de la carretera para volver a nuestros lugares de origen, podrán hacer desaparecer de nuestras vidas el panorama desolador que redescubriremos mañana, cuando la magia del encantamiento colectivo termine, hasta el año que viene.
En espera de que nuestro recién estrenado presidente se digne a revelarnos su actual destino y comparezca ante nosotros para explicarnos por qué sus primeras medidas han contradicho radicalmente sus promesas electorales, unos acudiremos a nuestro lugar de trabajo, con la impresión de haber dado un salto hasta un tiempo pasado y otros retomarán con fuerza renovada el empeño de encontrar una salida para su prolongado desempleo, sin que en el horizonte se apunte, desde los medios políticos, una sola esperanza de que se cumplan sus deseos.
La delicada situación en que se encuentran las monarquías, parece haber afectado también a la de los Magos de Oriente, que no han cumplido ninguna de las peticiones que este pueblo exponía en sus cartas y que nos han dejado, a pesar de haber sido realmente buenos y pacientes, unas cuantas bolsas de carbón, que ni siquiera es comestible, como único regalo, en los salones de nuestras casas.
Habíamos puesto muchas esperanzas en recibir, por ejemplo, alguna alternativa que nos mostrara un camino que hiciera factible un futuro menos incierto que el que nos aguarda en este recién empezado año y una pequeña dosis de confianza para poder creer en la palabra de alguno de nuestros representantes en las instituciones, pero el regalo que hemos recibido la mayoría de los españoles, es una subida del IRPF, que mermará, aún más, nuestras posibilidades de supervivencia, y una serie de recortes sociales, que dificultarán hasta extremos insospechados, nuestro esfuerzo por reconstruir un país, que se tambalea sobre la cuerda floja del fracaso.
Enfrascada en una estúpida discusión sobre una posible vuelta al socialismo, la oposición anda proponiendo diversos candidatos que lideren esta legislatura, sin darse cuenta de que el socialismo, como ideología, sigue existiendo como tal, y que son ellos, con sus traiciones flagrantes, quienes han manchado su imagen de pureza y ahora están pagando por ello.
Pero los ganadores parten de un supuesto equivocado, si piensan que les saldrá gratis embaucar a los ciudadanos con medidas “excepcionales” y maquillajes de doctrinas supuestamente centristas. El hambre agudiza el ingenio y las carencias, cada vez más generalizadas, que atenazan a la sociedad, acabarán por hacer saltar algún resorte que la haga salir de su inercia para dar unos cuantos pasos al frente.
De momento, las elecciones andaluzas aguardan detrás de la esquina a los conservadores, con el hacha implacable en la mano, dispuesta a cercenar todas sus ínfulas de poder absoluto, y el candidato Arenas, no goza precisamente del fervor popular, ni está el patio para repetir voto, cuando el que lo emitió siente que lo timaron, a la primera de cambio.
Una vez incorporados, cada cual a nuestra rutina, será útil ir olvidando el receso navideño, para empezar a pensar en qué podemos contribuir, si es que de verdad nos interesa que nuestro panorama cambie.
Yo empezaré por no creer una palabra al señor Rajoy, si volvemos a verle, y trataré de divulgar la verdad de lo que vea, por medio de estas páginas. Por cierto, empiezo a creer que sólo a través de este medio, tenemos acceso a una prensa realmente libre, ya que los periódicos oficiales, últimamente, empiezan a parecerse entre sí, de una manera sospechosa.

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