No sé por qué tengo la impresión de que los casos de violencia de género, que se han convertido en habituales en nuestro país, no interesan a nuestros nuevos gobernantes, en absoluto.
A pesar de haber empezado el año con varias víctimas, de todas las edades, la relevancia dada a este tema por cualquiera de los populares, a quienes se ofrezca la oportunidad de hacer declaraciones, es nula o empieza a ser llevada por otros senderos absolutamente distintos, amagando un cierto desinterés incomprensible, que en muchos casos es respaldado por parte de los representantes de los jueces.
Cambiar la denominación de violencia de género por la de violencia en el entorno familiar, conlleva un olvido consciente de que nuestras mujeres, en todos los casos, son violentamente asesinadas por el hecho de serlo y, por tanto, constituye un ataque directo a todos los avances conseguidos en este campo, apuntando más bien, en una dirección que pronto podría considerar estos casos como meros accidentes, fruto de un mal momento, y no una cadena de malos tratos, que finalmente acaban con resultado de muerte.
Probablemente, entre los muchos recortes sociales que tienen en la cabeza los conservadores, se encuentre la partida destinada a combatir esta plaga que crece diariamente en nuestra sociedad y haya un cierre masivo, por ejemplo, de las casas de acogida destinadas a ser refugio de las mujeres maltratadas, cuando su situación ya no les permite seguir conviviendo con su verdugo y necesitan con urgencia, un sitio donde esconderse, junto a sus hijos.
Verdaderamente, no se ha conseguido erradicar el problema, a pesar de ser muchas las iniciativas puestas en práctica en los últimos tiempos. Pero no hay que olvidar, que en multitud de ocasiones, las interpretaciones de las leyes hechas por jueces demasiado anclados a posturas machistas, han sido un escollo insalvable, que han dejado a las víctimas en total indefensión y abandono.
Puede ser que entre los integrantes de las altas esferas, a las que pertenecen gran parte de los afiliados al PP, estos casos se resuelvan de una manera muy distinta, dado el alto poder adquisitivo de que disfrutan las señoras de la derecha, y sea fácil para ellas abandonar el hogar, para desplazarse inmediatamente a otra de sus propiedades inmobiliarias, poniendo tierra por medio con el agresor y arropadas por la posibilidad de salir adelante, sin preocuparse de la economía. Pero en las capas humildes de la sociedad, estas relaciones delictivas, se convierten además en un callejón sin salida, del que resulta imposible huir, sobre todo si la mujer no tiene fuente alguna de ingresos y arrastra hijos a su cargo.
Es por eso imprescindible, dar la voz de alerta, para que no se consienta en absoluto, el abandono de los programas de ayuda a las maltratadas y para que se continúe la lucha por conseguir un endurecimiento categórico de las penas para los maltratadores, que en muchos casos han seguido cobrando una pensión, después de haber acabado con la vida de sus parejas.
Si la violencia de género empieza a ser comparada con simples trifulcas de entornos familiares relativamente normales, la carrera emprendida para cortar de raíz el machismo que genera una esclavización en el hogar para muchas mujeres, se habrá perdido y quién sabe si podrá llegar a retomarse algún día.
No estaría mal un recordatorio periódico de las listas de víctimas y una especial atención a casos, como los de los niños desaparecidos en Córdoba, que mantenga viva una llama imposible de apagar, por ningún recorte gubernativo. Tal vez así pudiéramos evitar más de una muerte inútil en el futuro.
A pesar de haber empezado el año con varias víctimas, de todas las edades, la relevancia dada a este tema por cualquiera de los populares, a quienes se ofrezca la oportunidad de hacer declaraciones, es nula o empieza a ser llevada por otros senderos absolutamente distintos, amagando un cierto desinterés incomprensible, que en muchos casos es respaldado por parte de los representantes de los jueces.
Cambiar la denominación de violencia de género por la de violencia en el entorno familiar, conlleva un olvido consciente de que nuestras mujeres, en todos los casos, son violentamente asesinadas por el hecho de serlo y, por tanto, constituye un ataque directo a todos los avances conseguidos en este campo, apuntando más bien, en una dirección que pronto podría considerar estos casos como meros accidentes, fruto de un mal momento, y no una cadena de malos tratos, que finalmente acaban con resultado de muerte.
Probablemente, entre los muchos recortes sociales que tienen en la cabeza los conservadores, se encuentre la partida destinada a combatir esta plaga que crece diariamente en nuestra sociedad y haya un cierre masivo, por ejemplo, de las casas de acogida destinadas a ser refugio de las mujeres maltratadas, cuando su situación ya no les permite seguir conviviendo con su verdugo y necesitan con urgencia, un sitio donde esconderse, junto a sus hijos.
Verdaderamente, no se ha conseguido erradicar el problema, a pesar de ser muchas las iniciativas puestas en práctica en los últimos tiempos. Pero no hay que olvidar, que en multitud de ocasiones, las interpretaciones de las leyes hechas por jueces demasiado anclados a posturas machistas, han sido un escollo insalvable, que han dejado a las víctimas en total indefensión y abandono.
Puede ser que entre los integrantes de las altas esferas, a las que pertenecen gran parte de los afiliados al PP, estos casos se resuelvan de una manera muy distinta, dado el alto poder adquisitivo de que disfrutan las señoras de la derecha, y sea fácil para ellas abandonar el hogar, para desplazarse inmediatamente a otra de sus propiedades inmobiliarias, poniendo tierra por medio con el agresor y arropadas por la posibilidad de salir adelante, sin preocuparse de la economía. Pero en las capas humildes de la sociedad, estas relaciones delictivas, se convierten además en un callejón sin salida, del que resulta imposible huir, sobre todo si la mujer no tiene fuente alguna de ingresos y arrastra hijos a su cargo.
Es por eso imprescindible, dar la voz de alerta, para que no se consienta en absoluto, el abandono de los programas de ayuda a las maltratadas y para que se continúe la lucha por conseguir un endurecimiento categórico de las penas para los maltratadores, que en muchos casos han seguido cobrando una pensión, después de haber acabado con la vida de sus parejas.
Si la violencia de género empieza a ser comparada con simples trifulcas de entornos familiares relativamente normales, la carrera emprendida para cortar de raíz el machismo que genera una esclavización en el hogar para muchas mujeres, se habrá perdido y quién sabe si podrá llegar a retomarse algún día.
No estaría mal un recordatorio periódico de las listas de víctimas y una especial atención a casos, como los de los niños desaparecidos en Córdoba, que mantenga viva una llama imposible de apagar, por ningún recorte gubernativo. Tal vez así pudiéramos evitar más de una muerte inútil en el futuro.

Desgraciadamente, en estas cosas sólo manda el dinero, y ahora las noticias que nos importan para sobrellevar la crisis son el fútbol y los cotilleos. Qué pena.
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