Nunca creí que llegara el día, en el que tuviera que ver a los representantes de los Sindicatos, por cuya nueva instauración luchamos duramente en la dictadura franquista, doblegarse a las exigencias de unos empresarios, que no son precisamente modelos de rectitud, en cuanto a sus relaciones con los trabajadores, para firmar que los aumentos salariales, irán, a partir de ahora, ligados a la productividad de las empresas, siempre evaluada bajo criterio de sus dueños.
Aunque no es habitual en mí mirar atrás, noto hoy una sensación de haber estado durante la juventud malgastando mi esfuerzo y arriesgando mi propia integridad, porque en este país se estableciera, sin cortapisas, la posibilidad de afiliarse a corrientes sindicales libres, que aseguraran la defensa de los asalariados, frente al afán de poder, que siempre caracterizó a los dueños de los capitales.
Esta lucha, que costó años de sacrificio y cárcel a infinidad de gente que se movía en la clandestinidad, ha desembocado, finalmente, en una connivencia peligrosa entre las partes que protagonizan el permanente litigio.
Claramente, los empresarios siguen en sus posiciones de siempre, es decir, intentando que en ningún caso, peligre su nivel de beneficios y sin ahorrar esfuerzos por alcanzar cualquier posibilidad de aumentarlos, a costa del sudor de los empleados a su cargo.
No es mayor su catastrofismo de ahora, que el demostrado a lo largo de toda su historia, ni es nada nuevo en ellos, permanecer impasibles en posiciones de fuerza, para lograr los objetivos previstos.
Lo que resulta patético, es ver a nuestros líderes sindicales, arrastrándose en pos de acuerdos, claramente perjudiciales para sus representados y tratar después de salvar su propia imagen, intentando dar fallidas explicaciones de sus inadmisibles actos, con tal de aferrarse a las subvenciones que los mantienen en un status social preferente, a diferencia del que disfrutan, o mejor, padecen, los cinco millones de parados que esperaban su ayuda.
A consecuencia de su ineptitud y servilismo, se ha rebajado el sueldo a los empleados de la función pública, se nos ha subido el IRPF, se ha aumentado la edad de jubilación, se han admitido recortes en el personal sanitario y docente, se han rebajado las indemnizaciones por despido y ahora, se abre una puerta que permite a la saga empresarial, acogerse a un modo fácil de poner a gente “incómoda” en la calle, o incluso a todo el personal, si les viene a bien inventar que la productividad obtenida, no alcanza las expectativas previstas.
No se qué más tendría que pasar para levantar de sus subvencionados asientos a los líderes sindicales, porque la dignidad de los obreros ha sido, literalmente, asesinada con estas medidas y aún no hemos visto, ni se contempla, una sola dimisión o alguna voz disidente, en el seno de nuestras centrales mayoritarias.
Tampoco entiendo que no se produzca una huída masiva de los que todavía permanecen afiliados a tan nefastos organismos, ni que ningún partido político se ponga de parte de las clases trabajadoras, poniendo nombres y apellidos, a la traición que sobre ellas ejercen, a diario, estos sindicatos históricamente incomprensibles, ni que no haya un estallido social que saque a la calle la vergüenza que representa haber perdido cualquier resquicio de ideología, a favor de unas cuantas migajas de poder.
Sin nada más que perder, al trabajador solo le queda la potestad de la protesta, al margen de instituciones corruptas, que reniegan de los principios que llevaron a su propia creación.
Con pactos como este, la indefensión no puede ser mayor, ni quedan ya muchos más pasos atrás que dar, en nuestra carrera hacia el sometimiento total, tan cercano a la esclavitud laboral.
No sé si quisiera tener que vivir ese momento.
Aunque no es habitual en mí mirar atrás, noto hoy una sensación de haber estado durante la juventud malgastando mi esfuerzo y arriesgando mi propia integridad, porque en este país se estableciera, sin cortapisas, la posibilidad de afiliarse a corrientes sindicales libres, que aseguraran la defensa de los asalariados, frente al afán de poder, que siempre caracterizó a los dueños de los capitales.
Esta lucha, que costó años de sacrificio y cárcel a infinidad de gente que se movía en la clandestinidad, ha desembocado, finalmente, en una connivencia peligrosa entre las partes que protagonizan el permanente litigio.
Claramente, los empresarios siguen en sus posiciones de siempre, es decir, intentando que en ningún caso, peligre su nivel de beneficios y sin ahorrar esfuerzos por alcanzar cualquier posibilidad de aumentarlos, a costa del sudor de los empleados a su cargo.
No es mayor su catastrofismo de ahora, que el demostrado a lo largo de toda su historia, ni es nada nuevo en ellos, permanecer impasibles en posiciones de fuerza, para lograr los objetivos previstos.
Lo que resulta patético, es ver a nuestros líderes sindicales, arrastrándose en pos de acuerdos, claramente perjudiciales para sus representados y tratar después de salvar su propia imagen, intentando dar fallidas explicaciones de sus inadmisibles actos, con tal de aferrarse a las subvenciones que los mantienen en un status social preferente, a diferencia del que disfrutan, o mejor, padecen, los cinco millones de parados que esperaban su ayuda.
A consecuencia de su ineptitud y servilismo, se ha rebajado el sueldo a los empleados de la función pública, se nos ha subido el IRPF, se ha aumentado la edad de jubilación, se han admitido recortes en el personal sanitario y docente, se han rebajado las indemnizaciones por despido y ahora, se abre una puerta que permite a la saga empresarial, acogerse a un modo fácil de poner a gente “incómoda” en la calle, o incluso a todo el personal, si les viene a bien inventar que la productividad obtenida, no alcanza las expectativas previstas.
No se qué más tendría que pasar para levantar de sus subvencionados asientos a los líderes sindicales, porque la dignidad de los obreros ha sido, literalmente, asesinada con estas medidas y aún no hemos visto, ni se contempla, una sola dimisión o alguna voz disidente, en el seno de nuestras centrales mayoritarias.
Tampoco entiendo que no se produzca una huída masiva de los que todavía permanecen afiliados a tan nefastos organismos, ni que ningún partido político se ponga de parte de las clases trabajadoras, poniendo nombres y apellidos, a la traición que sobre ellas ejercen, a diario, estos sindicatos históricamente incomprensibles, ni que no haya un estallido social que saque a la calle la vergüenza que representa haber perdido cualquier resquicio de ideología, a favor de unas cuantas migajas de poder.
Sin nada más que perder, al trabajador solo le queda la potestad de la protesta, al margen de instituciones corruptas, que reniegan de los principios que llevaron a su propia creación.
Con pactos como este, la indefensión no puede ser mayor, ni quedan ya muchos más pasos atrás que dar, en nuestra carrera hacia el sometimiento total, tan cercano a la esclavitud laboral.
No sé si quisiera tener que vivir ese momento.

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