Temporalmente tumbada, por un inoportuno catarro, ocupo mi tiempo en hacer lo que me permite el incómodo uso del pañuelo y, por una vez, presto más atención a las imágenes que a las letras, ya que ni siquiera he podido comprar la prensa hoy.
Causa una enorme desazón ver al Juez Garzón sentado entre los que pronto dejarán de ser sus compañeros y el regusto amargo de no creer que exista una sola posibilidad para su absolución, se dulcifica un poco, cuando se comprueba que aún le quedan algunos, que acuden para animarle, a la entrada de los juzgados.
Los que aún conservamos una buena dosis de idealismo, nos sentimos heridos en lo más profundo, seguros de que estas acusaciones que se vierten sobre él, tienen más que ver con su afán por terminar de cerrar las cicatrices de la guerra civil, que con delitos y, sobre todo, nos sentimos trasladados a épocas pasadas, que quisiéramos olvidar, pero que de vez en cuando se nos aparecen para recordarnos, que no trae buenas consecuencias meterse con los dueños de los dineros.
Nos consuela, al menos, la coincidencia de los juicios contra los desahogados, pero bien vestidos, políticos valencianos, sobre cuya implicación en la trama corrupta, no parece haber duda, pero a los que según los acusadores de Garzón, se vulneró en su intimidad, cuando se ordenó grabar las conversaciones que demostraban su culpa.
Antes nos quedaba el alivio de pensar que, pasado el tiempo, la historia pondría a cada cuál en su sitio, pero visto el estado en que se encuentra el mundo actual, cualquiera sabe quién acabará por contar esa historia y qué orientación dará a su futuro relato de los acontecimientos.
En esta época, el que dice la verdad, suele ser relegado al ostracismo, sin que se le de la oportuna libertad de expresión para ser valiente en sus conclusiones y la norma generalizada, de adorar al capital por encima de las personas, está transformando los antiguos valores, para que las masas los entiendan como mera ñoñería.
Las brújulas ya no indican necesariamente el norte, pues son manipuladas a voluntad por quienes las manejan, para que marquen la dirección más oportuna, en cada momento.
El esperpéntico espectáculo del juicio del juez, viene a demostrar que, en realidad, la democracia que creíamos haber instaurado tras la muerte del dictador, solo lo es hasta cierto punto, porque cuando alguien intenta, de algún modo, profundizar en la etapa anterior para dilucidar lo que realmente pasó en nuestra historia, es inmediatamente apartado, sin ahorrar medios para hacerlo, de cualquier vía que pueda sacar a la luz episodios protagonizados por el bando ganador, del que, probablemente, desciende, una gran parte de la derecha actual.
Desengañémonos. Nunca terminaremos de conocer lo que acaeció entonces. No conviene a los poderosos, que cuentan con demasiadas influencias en las instituciones y que nunca arriesgarán su seguridad por el bien común, tal vez, porque no sería agradable que determinados nombres, volvieran de pronto, a las páginas de la actualidad.
Condenarán a Garzón, eso seguro. Y ni el apoyo de los organismos internacionales, ni el clamor popular, harán posible que continúe con su carrera, para desgracia de este pueblo nuestro.
Está demasiado arraigado el conservadurismo, entre los que se sientan ahora como acusadores y su más que probada cerrazón, siempre estará dispuesta a combatir cualquier resquicio de aperturismo, que haga peligrar su hegemonía.
Causa una enorme desazón ver al Juez Garzón sentado entre los que pronto dejarán de ser sus compañeros y el regusto amargo de no creer que exista una sola posibilidad para su absolución, se dulcifica un poco, cuando se comprueba que aún le quedan algunos, que acuden para animarle, a la entrada de los juzgados.
Los que aún conservamos una buena dosis de idealismo, nos sentimos heridos en lo más profundo, seguros de que estas acusaciones que se vierten sobre él, tienen más que ver con su afán por terminar de cerrar las cicatrices de la guerra civil, que con delitos y, sobre todo, nos sentimos trasladados a épocas pasadas, que quisiéramos olvidar, pero que de vez en cuando se nos aparecen para recordarnos, que no trae buenas consecuencias meterse con los dueños de los dineros.
Nos consuela, al menos, la coincidencia de los juicios contra los desahogados, pero bien vestidos, políticos valencianos, sobre cuya implicación en la trama corrupta, no parece haber duda, pero a los que según los acusadores de Garzón, se vulneró en su intimidad, cuando se ordenó grabar las conversaciones que demostraban su culpa.
Antes nos quedaba el alivio de pensar que, pasado el tiempo, la historia pondría a cada cuál en su sitio, pero visto el estado en que se encuentra el mundo actual, cualquiera sabe quién acabará por contar esa historia y qué orientación dará a su futuro relato de los acontecimientos.
En esta época, el que dice la verdad, suele ser relegado al ostracismo, sin que se le de la oportuna libertad de expresión para ser valiente en sus conclusiones y la norma generalizada, de adorar al capital por encima de las personas, está transformando los antiguos valores, para que las masas los entiendan como mera ñoñería.
Las brújulas ya no indican necesariamente el norte, pues son manipuladas a voluntad por quienes las manejan, para que marquen la dirección más oportuna, en cada momento.
El esperpéntico espectáculo del juicio del juez, viene a demostrar que, en realidad, la democracia que creíamos haber instaurado tras la muerte del dictador, solo lo es hasta cierto punto, porque cuando alguien intenta, de algún modo, profundizar en la etapa anterior para dilucidar lo que realmente pasó en nuestra historia, es inmediatamente apartado, sin ahorrar medios para hacerlo, de cualquier vía que pueda sacar a la luz episodios protagonizados por el bando ganador, del que, probablemente, desciende, una gran parte de la derecha actual.
Desengañémonos. Nunca terminaremos de conocer lo que acaeció entonces. No conviene a los poderosos, que cuentan con demasiadas influencias en las instituciones y que nunca arriesgarán su seguridad por el bien común, tal vez, porque no sería agradable que determinados nombres, volvieran de pronto, a las páginas de la actualidad.
Condenarán a Garzón, eso seguro. Y ni el apoyo de los organismos internacionales, ni el clamor popular, harán posible que continúe con su carrera, para desgracia de este pueblo nuestro.
Está demasiado arraigado el conservadurismo, entre los que se sientan ahora como acusadores y su más que probada cerrazón, siempre estará dispuesta a combatir cualquier resquicio de aperturismo, que haga peligrar su hegemonía.

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