En un futuro, seguramente, el caso de Marta del Castillo quedará escrito, como uno de los más complicados que se dieron en la historia delictiva de nuestro país y la rocambolesca versión que sobre él urdieron un grupo de adolescentes sin formación, como una de las mayores burlas a la justicia, de cuantas se tiene conocimiento hasta ahora.
Rotos aún por el dolor de no haber podido recuperar el cuerpo de su hija, los padres de la niña desaparecida, hace ahora tres años, escuchaban anteayer una polémica sentencia, que señalaba un único culpable de la muerte de su hija, exculpando a otros acusados, a los que los múltiples indicios que se dan en el caso, no han sido suficientes par condenar.
Se cerraba así, un primer capítulo, que en lugar de ayudar a cerrar heridas abiertas, contribuía aún más, si cabe, a la desolación que produce el desconocimiento de la verdad, por parte también, de una sociedad que reclamaba una aplicación rigurosa de la ley, y que había señalado durante varios años, a todos los implicados, como culpables.
Pero la conspiración de silencio que los acusados han mantenido, después de aquel fatídico día de Enero, ha puesto en tela de juicio la capacidad de las investigaciones policiales, que a pesar de contar con unos medios muy superiores a los de otros delitos similares, no ha dado otro fruto, que el de una búsqueda fallida del cuerpo de la chica y una seguridad inquebrantable, a cuántos se vieron, desde el principio, implicados en el desarrollo de esta historia.
Se da también la curiosa circunstancia, de que este caso parece haber creado escuela entre los delincuentes, que han aprendido bien pronto la lección de que sin cuerpo, las penas son mucho más llevaderas, o nulas, para los agresores.
Esto lo sabe bien la policía, envuelta ahora en la desaparición de los hermanos de Córdoba, sin que, de nuevo, sus pesquisas, aporten ninguna luz para esclarecer, lo que parece un nuevo delito contra menores.
Y aunque se planteen los recursos pertinentes y se llegue a las instancias superiores, hasta agotar las vías legales, difícilmente podrán cambiarse las sentencias emitidas, si antes, un milagro o la indiscreción de alguno de los implicados, no ayuda a encontrar el cuerpo del delito y a dilucidar qué pasó, en realidad, con la niña Marta del Castillo y en qué circunstancias fue asesinada.
A pesar de las múltiples contradicciones observadas, entre las dos sentencias ya emitidas, que difieren en el cálculo de la hora del crimen y en muchas otras cosas realmente importantes, la fragilidad de las pruebas fehacientes que conciernen al caso y la obstinación de los encausados en silenciar lo que verdaderamente ocurrió, hacen bastante improbable un giro inesperado que ponga un punto final aceptable, a toda esta suerte de incongruencias, que dejan a las víctimas en una aparente indefensión ante sus agresores.
Desde la serenidad, ni siquiera cabe para los padres, tener una esperanza. La permisividad de las leyes es tal, que el ciudadano a menudo suele decir, no sin cierta razón, que favorecen mucho más a los delincuentes que a las víctimas.
Ojala no tengamos que vernos nunca en situaciones como éstas.
Rotos aún por el dolor de no haber podido recuperar el cuerpo de su hija, los padres de la niña desaparecida, hace ahora tres años, escuchaban anteayer una polémica sentencia, que señalaba un único culpable de la muerte de su hija, exculpando a otros acusados, a los que los múltiples indicios que se dan en el caso, no han sido suficientes par condenar.
Se cerraba así, un primer capítulo, que en lugar de ayudar a cerrar heridas abiertas, contribuía aún más, si cabe, a la desolación que produce el desconocimiento de la verdad, por parte también, de una sociedad que reclamaba una aplicación rigurosa de la ley, y que había señalado durante varios años, a todos los implicados, como culpables.
Pero la conspiración de silencio que los acusados han mantenido, después de aquel fatídico día de Enero, ha puesto en tela de juicio la capacidad de las investigaciones policiales, que a pesar de contar con unos medios muy superiores a los de otros delitos similares, no ha dado otro fruto, que el de una búsqueda fallida del cuerpo de la chica y una seguridad inquebrantable, a cuántos se vieron, desde el principio, implicados en el desarrollo de esta historia.
Se da también la curiosa circunstancia, de que este caso parece haber creado escuela entre los delincuentes, que han aprendido bien pronto la lección de que sin cuerpo, las penas son mucho más llevaderas, o nulas, para los agresores.
Esto lo sabe bien la policía, envuelta ahora en la desaparición de los hermanos de Córdoba, sin que, de nuevo, sus pesquisas, aporten ninguna luz para esclarecer, lo que parece un nuevo delito contra menores.
Y aunque se planteen los recursos pertinentes y se llegue a las instancias superiores, hasta agotar las vías legales, difícilmente podrán cambiarse las sentencias emitidas, si antes, un milagro o la indiscreción de alguno de los implicados, no ayuda a encontrar el cuerpo del delito y a dilucidar qué pasó, en realidad, con la niña Marta del Castillo y en qué circunstancias fue asesinada.
A pesar de las múltiples contradicciones observadas, entre las dos sentencias ya emitidas, que difieren en el cálculo de la hora del crimen y en muchas otras cosas realmente importantes, la fragilidad de las pruebas fehacientes que conciernen al caso y la obstinación de los encausados en silenciar lo que verdaderamente ocurrió, hacen bastante improbable un giro inesperado que ponga un punto final aceptable, a toda esta suerte de incongruencias, que dejan a las víctimas en una aparente indefensión ante sus agresores.
Desde la serenidad, ni siquiera cabe para los padres, tener una esperanza. La permisividad de las leyes es tal, que el ciudadano a menudo suele decir, no sin cierta razón, que favorecen mucho más a los delincuentes que a las víctimas.
Ojala no tengamos que vernos nunca en situaciones como éstas.

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